Miss Catastrophe
//sergio solís
Lo decidió previamente. Con certeza sabía de la farsa montada entre soledad y silencio. De las justificaciones a largo plazo y los dolores viejos. Su altivez, se deducía con solo verla, no era una soberbia habitual, sino la retribución moral que se obligaba a exhibir. Tempranamente, solía decirme, había descubierto la victoria de su cuerpo sobre la argumentación de cualquier sujeto.
Desde que entró supuse sus términos. En esta diplomacia oculta no tenía nada que perder: ¿qué imbécil rechazaría el triunfo a domicilio? Bajo sus condiciones resolvimos que a su mutismo necesario yo opondría una entrevista casual e imaginaria. Concluimos, fácilmente, que yo inventaría respuestas a preguntas extraídas de su mirada inquisitiva.
Tu problema es que piensas demasiado las cosas, me dice o pienso que me dice. Y entonces le replico, sin pensarlo, que ella podría ser la perfecta Edie Sedgwick pero al final moriría. Que aunque pudiéramos encontrarle algún sentido a todo esto, hablar de realidad es obsoleto. Le digo, mientras su rostro reposa sobre el brazo derecho, que podemos revivir nuestras versiones preferidas, compartir un secreto mutuo o ser personas relevantes y anónimas. Podemos ser, si quisiéramos, el error impetuoso que se busca repetir.
Un movimiento de párpados me distrae. La pequeña revelación de sus ojos la interpreto como señal de aprobación. Las palabras que digo, o que pienso que digo, no responden a una estrategia planeada. Suceden atinadamente como en un caos coordinado. Y justo ahí, en el momento menos pensado, realmente me escucho decir que podría soportar toda la furia del mundo con sus ojos a mi lado.
Inmediatamente después, como si lo anterior hubiera surtido un tipo de efecto, con la mano izquierda se recoge el cabello y sé que está lista. Me mira, o imagino que me mira, y le digo, convencido de la certidumbre de la imagen frente a mí, que será una excelente Miss Catastrophe. Y entonces ella sonríe, veo que sonríe, y el cuadro no podría ser mejor. Y callamos. Es decir, callo yo y su voz que imagino que también decide callar. Y el silencio no nos incomoda. Ni la soledad. Ni nada.








