La poesía evidente

Una sombra nos sigue. Nos cubre la cara y no sabemos, al menos yo, de dónde viene. Tampoco importa mucho porque la sombra nos sienta bien. Esta sombra, más que otra cosa, nos hace igual de idiotas y, si la memoria no me falla, los idiotas ciegos se mantienen unidos.
Descifrar el fin de la sombra, pues, no es un asunto capital. Quizá por eso aprovecho la flaqueza en que te encuentras y te describo el mundo que recuerdo. Pero decir mundo sería mentirte anticipadamente. Realmente te cuento las cosas que nunca has sido, las pequeñas ficciones apiladas en el suelo.
Todo esto que te digo sacude la sombra un poco y hace que por unos instantes recuperemos la vista. Pero no es que la recuperemos de verdad, sino que empezamos a ver los segundos en un montaje impredecible. De la sombra emergen risas furtivas y azoteas rojas, martillos con mango de piel y piedras pendencieras.
Pero lo raro, lo verdaderamente raro, no es que lo vemos, sino lo que la sombra nos hace sentir. Porque estar ciegos es estar cerca todo el tiempo. Porque esta sombra logra encerrar la poesía evidente: y las hipérboles irresponsables cobran sentido, y tus parábolas escondidas emiten sonido, y los árboles encendidos mecen sus nidos.
Una sombra nos sigue. Nos cubre la cara y no sabemos, al menos yo, cuánto vaya a durar. No es que importe demasiado, pero en cuanto la sombra se extravíe, quizá solo seamos un par de idiotas unidos.
