Mal de ojo
A Beatriz siempre le suceden cosas extrañas. No hablo de eventos fantásticos o milagros comprados. Quiero decir que es como si Beatriz fuera un imán de seres improbables, como si gozara de una gravedad particular que solo atrae encuentros inciertos.
Durante el tiempo que he estado con ella, Beatriz me ha contado todo tipo de cosas: vagos que tiran billetes, personas enfermas de lunes, esquiroles en clubes de optimismo que lloran en su hombro. Este tipo de sucesos, más que asustarme, me causan interés.
Beatriz logra conectar en sus narraciones eventos que parecen no tener relación alguna. Yo creía entonces que Beatriz gustaba de inventar cosas. Que más que nada, gustaba de contarme estas historias y que yo las escuchara admirado. Como si fuera su espectador favorito.
Sus relatos siempre me habían parecido rompecabezas a punto de concluir. O eso pensé hasta que me contó el encuentro con su doble. El día que me contó esto, recuerdo que algo cambió en mí respecto a la forma de entender sus relatos. No sé si fue la sinceridad de su narración o simplemente, por unos instantes, logré ver con los ojos de Beatriz, pero aquella vez observé el rompecabezas completo.
Ese día quedamos de vernos en la tarde. Venía apresurada y pálida, como si trajera un muerto encima. Bastaba verla para pensar lo peor. Cuando le pregunté qué le había pasado no me contestó. Tampoco insistí y la hice pasar. Se sentó en una silla cerca de la mesa.
Mentiría si dijera que me tragué la historia la primera vez. Había dicho que Beatriz llegó a la casa con cara de espanto, pues bueno, quizás fue eso lo que me condicionó a no prestarle atención, a menospreciar su estado emocional. La sorpresa fue que, aunque Beatriz se encontraba semi catatónica, narró fluidamente todo el relato.
Beatriz me contó su historia mientras sorbía un café. Me dijo que esa mañana había salido de su casa y pese que ese parecía un día común y corriente, nada mas pisó la banqueta sintió un miedo extraño, un miedo punzante. Así dijo ella: punzante. No entendí a lo que se refería con punzante pero hice cara como de que sabía perfectamente a lo que se refería.
Ese miedo, me dijo, la desvió de su ruta habitual al trabajo. Un mercado donde se suponía debería estar el edificio gris de su oficina hizo que notara su error. Había tomado el autobús en sentido opuesto, cosa que, vale decirlo, nunca le había pasado. Ella sabía que con tomar la dirección contraria se encaminaría de nuevo a su oficina pero no fue así. Quise dar una vuelta, me dijo Beatriz como si al decir esto me revelara la causa por la cual no fue a trabajar, causa que a mí, la verdad, me venía sin cuidado.
En el mercado caminó por varios minutos. Nunca dijo cuántos, pero aclaró que sus pies terminaron por dolerle. El momento en que se detuvo a descansar, exhausta por una sensación de pesadez que no lograba quitarse, fue suficiente para escuchar una voz femenina que pregonaba los beneficios de una medicina alternativa. No fue el timbre de la voz o el estilo de pregonar lo que le llamó la atención, sino la familiaridad tan añeja que envolvía a aquel discurso.
La joven mujer dueña de la voz era la encargada de un consultorio dentro del mercado y mientras explicaba lo que era la iridología, regalaba volantes con la impresión de un diagrama ocular. La verdad es que yo nunca había oído hablar de una medicina con ese nombre, pero Beatriz me dijo (ella tampoco lo sabía) que la iridología consistía en hacer diagnósticos a través del ojo.
Hasta este punto, Beatriz había contado la historia sin ninguna interrupción. El café se había enfriado y la palidez en su rostro había disminuido. En eso y sin razón aparente, Beatriz hizo una pausa a la mitad de una palabra. Gracias a esta pausa noté que sus ojos se habían ausentado. No tardó mucho en regresar al relato. Su mirada también volvió pero de vez en cuando se podía ver en sus ojos el ritmo que sus palabras describían. Me dijo, y aquí Beatriz fue más dramática, que la joven mujer, la iridóloga, si se le puede llamar así, era idéntica a ella pero mucho más joven. Como diez años, dijo.
Me contó que se había acercado a su doble joven para que ésta le explicara a fondo los beneficios de la iridología. Durante toda la conversación, Beatriz no dijo una sola palabra. Me quedé muda, aclaró Beatriz que no creía que la joven mujer no la reconociera.
Aunque su asombró no delató a Beatriz, dio pie a que la iridóloga continuara con la venta. En ese momento, Beatriz observó todos los detalles del rostro de su doble y recordó, felizmente, la cara tersa y cabello largo que poseía hace una década. Notó, sobre todo, que la expresión de la iridóloga, aunque fundida con otro fuego, era la misma que aún veía en ella misma.
Beatriz afirmó con la cabeza cuando su doble joven la cuestionó sobre agendar una cita. Con un volante en la mano, Beatriz salió de ahí caminando. De regreso a su casa, sin haber pisado nunca la oficina, Beatriz temía que su encuentro resultara un espejismo. Una de esas ilusiones que aparecen por necesidad. Por eso vine a verte, me confesó.
No recuerdo si Beatriz me pidió que la acompañara, o fui yo quien quiso, con el fin de comprobar con mis propios ojos lo que creía otra locura de Beatriz, pero una semana después, busqué el mercado. Lo encontré sin dificultad. Caminé por el mercado a paso lento. Cuando di con el puesto, me detuve a lo lejos, en un puesto más lejano. Mientras fingía que compraba un desodorante, alcancé a ver a la iridóloga salir de su local y dirigirse hacia mí. Cuando la pude mirar de frente, vi el rostro de Beatriz. Tenía razón. Eran idénticas. Incluso en la forma de caminar, con las piernas rectas y la cintura balanceándose en mudos vaivenes.
Son pocas las fotos que he visto de Beatriz cuando era joven. Podría decirse que tampoco la conozco desde hace mucho, pero cuando la vi, con un porte renovado, o más bien, lozano, solo pensé en lo bien que nos veríamos juntos. Pensé, inmediatamente después, que diez años es mucho.
Beatriz no retomó el tema de nuevo. Yo no quise corroborar su historia tampoco. La existencia de este pequeño misterio nos hace bien. Hoy veré a Beatriz y mañana, como desde hace un par de semanas, tengo cita con la iridóloga. Me he estado tratando con ella, por si las dudas, para prevenir cualquier mal de ojo.


Me encantan los detalles no explícitos en tus historias, Sergio. Quiero decir, me puedo imaginar casi todo el escenario sin que tengas que llevarme de la mano. A seguir seduciendo con los textos 🙂