La arrogancia sigue


Yo quería ser centro delantero y domador de dragones rojos y piloto y todas esas cosas que queremos ser de niños. ¿Piloto de qué? Piloto de cualquier cosa, de lanchas que rompan el mar o de aviones de guerra que maten gente.
¿Por qué no conseguiste serlo? Por dios, por la crisis, por mi familia, por la KGB, por Estados Unidos, por el Triángulo de las Bermudas, por el papa. Y por Todo Lo Demás. ¿A qué te refieres con Todo Lo Demás? Bueno, todos saben que por una parte está lo que uno quiere y por otra parte está Todo Lo Demás.
¿Y ahora qué te gustaría ser? Centro delantero y domador de dragones rojos y piloto. Creí que con los años tus sueños se ajustarían a la realidad. Bueno, los sueños que se ajustan a la realidad no pueden ser sueños, se llaman comerciales de televisión y los pasan para joderte tus programas favoritos.
¿Y has coleccionado nuevos sueños? No sé si puedan considerarse sueños pero hay ciertas cosas que no esperas y llegan y te hacen sentir bien y al mismo tiempo mal y es como si tuvieras al enemigo dentro. ¿Y qué tiene que ver eso con los sueños? No creo que tenga nada que ver pero es como me hace sentir ella. ¿Y ella es un sueño? Yo no estoy diciendo eso.
Creo que solo eres cobarde. Bueno, cobarde es lo que siempre quise ser cuando fuera grande. ¿Ella es tu nuevo sueño? No podría decir que sí pero sí podría decir que caminar juntos, borrachos y de madrugada, por este perro mundo es mejor que ser piloto de guerra o domador de dragones rojos o centro delantero.
Eso suena estúpido y cursi, creo que has llegado a un punto en que ya no tienes remedio. Eso lo sé. Creo que cuando ella lea esto se burlará de nosotros. Tal vez de ti, yo ni siquiera existo, solo soy alguien a quien te inventaste para escribir este texto. Quizás ella sonría un poco. ¿Y es bonita cuando sonríe? Como un jodido dragón rojo.
¿Entonces cuál es el problema? El problema siempre es el mismo. Que nada dura para siempre. Lo inevitable de los finales. Y que siempre sean tan humillantes. Eso me parece una desgracia pero también me parece que es solo una desgracia más, y una desgracia no hace menos el promedio total de las desgracias.

El bullicio te pone de malas. Que la galería esté atestada con señoras de Polanco empeora lo anterior. Nos buscamos a los ojos y coincidimos: a esto no se le puede llamar arte contemporáneo.
Deduzco, entonces, tu gesto de molestia y pienso en algo ocurrente. Me dices: “Nadie se deslumbraría con tu dialéctica.” Y tras aceptar la validez de ese espontáneo argumento, renuncio a cualquier refutación y concluyo que tienes razón. Nadie creería estas charlatanerías.
Vaya, insisto, he intentado escribirte unas líneas. Escribir sobre los viajes pendientes con gente diferente, elogiar las tiranías que solemos imponernos, del daño que deberíamos hacernos. De agonizar y reír.
Vaya, continúo, he intentado escribirte una historia incompleta. Tirar todos mis puntos (finales) e improvisar unas líneas que te expliquen mi obsesión con el problema del método. Confeccionar un párrafo que termine, elocuentemente, con una cita de Ambrose Bierce. Escribir de tinieblas y silencio.
Con pertinencia, me interrumpes. Tomas mi mano y salimos del lugar. Afuera el aire recobra su ligereza y, por un viento cómplice, somos empujados. Siento tu vestido de flores rozar mi mano y pienso que tienes razón. Nadie creería estas charlatanerías.

Hay días así. Días en que sientes que todo se está acabando. Arcoíris muertos. Escaleras que solo están bajando. Miedo. ¿Sabes de lo que estoy hablando?
Ya sé que nadie dijo que fuera fácil. Me refiero a comenzar a disparar y luego escondernos. Tratar de querer a alguien, hacer que alguien te quiera, despertar, o por lo menos soñar que un día despiertas.
Y sobre todo nadie dijo que fuera fácil no confundirte con toda esa mierda de necesitar que alguien esté a tu lado. Nadie dijo que fuera fácil esquivar las balas y nadie dijo que fuera fácil no terminar enamorado.
Lo que trato de decir es que podría tatuarme tu cara en mi brazo, pero no estoy seguro de que las mujeres quieran vivir grabadas en los brazos de unos hombres que tal vez, algún día, no serán sus brazos.
Entonces tatuarme tu cara sería decir para siempre y nadie nos obliga a decir para siempre, porque después, algún día, solo quedará el daño que hicimos y el que nos hicieron, lo que robamos y lo que no pudimos robarnos. Y yo solo digo que las canciones suenan mejor en el pasado.

Ezequiel no sabía por qué, pero en cuanto avistó el primer relámpago sintió ganas de orinar. Adormilado, abandonó el sillón y caminó al baño. Afuera comenzaba a llover.
En el trayecto al sanitario, otro relámpago se suscitó a la distancia. Ezequiel, al percibir el destello violeta que se desprendía de miles de venas en el cielo, titubeó. Aún quería orinar pero algo en ese resplandor le pedía auxilio.
Empujado por la lozanía recién recuperada, Ezequiel postergó la evacuación que lo orilló a pararse primeramente. Nunca cruzó por su cabeza la incontinencia que los doctores tanto vaticinaban y acudió a la azotea.
El lugar estaba atiborrado por una mezcolanza de objetos olvidados: tabiques rotos, tendederos oxidados, antenas de televisión satelital, láminas enmohecidas, cisternas negras y cajas de Coca Cola. Aún así, Ezequiel encontró un halo de gracia en aquel desperdicio.
Mientras la lluvia se precipitaba amablemente, un escalofrío le penetró la piel. No era un síntoma de éxtasis pero la corriente que trepaba dentro de él le causaba una leve satisfacción.
Aunque Ezequiel no se inclinaba suicida, el filo del edificio lo cautivaba. Escuchar la resonancia de las gotas, rebotando en el asfalto, le daba confianza. Con cierto alarde, Ezequiel trepó la orilla, bajó la cremallera y soltó los diques.
Abajo, un franelero se aproximaba a la fachada del edificio en busca de refugio. Ezequiel, todavía orinando, observó algo familiar en el sujeto. La torpe oscilación de su caminar era inconfundible. El franelero patizambo trabajaba a una cuadra del edificio de Ezequiel y en ocasiones solían toparse sin mucho interés el uno sobre el otro.
Justo antes de interrumpir su pequeño momento escatológico, Ezequiel contempló un relámpago crecer en todos los hilos de lluvia que se tejían en la atmósfera. Su vista, súbitamente, fue llenada con un violeta tan profundo que lo cegó.
En los tres segundos de oscuridad, un diminuto flujo de orina cayó sobre el franelero. El flujo fue imperceptible. Le siguió otro destello violeta de menor intensidad que ocupó el cuerpo del franelero y lo hizo capaz de correr.
Al arreciar la lluvia y tras recuperar la vista, Ezequiel notó que el escalofrío había desaparecido. El franelero, que tampoco advirtió nada extraordinario, culpó a la fuerte tormenta de su nuevo andar.
Ezequiel subió la cremallera y regresó al departamento ignorando la panacea que poseía en la entrepierna. Que un hombre como él tuviera un don tan particular no se prestaba a debates esquivos, sino a ese mandato que impide a los marginados convertir agua en vino.
Lo de hoy es la nostalgia: retazos de otras épocas para tapar el vacío intelectual y espiritual de éstos, nuestros tiempos. Math rock, post punk, electro revival. Instagam con filtro vintage. Arte pop. LSD. Retro bike. Cardigans y zapatos de ante; y un montón de imbéciles escribiendo en una moleskine. Posmodernidad es la apatía que se esconde en la vanguardia.
Murió el rocanrol. Y todos quieren ser rockstars que tienen orgías y orinan en la calle; en una ciudad que ya apesta a meados.
El mundo se mueve a un ritmo, y siento que no voy con él. Como en una resaca…
Lo viejo es nuevo; lo nuevo es mierda. Alguien ya lo dijo, pero de otra forma.
Señor apatía, sin uñas para rascarse los güevos; desde la comodidad de su asiento, lanza un tiro al aire con su revólver para ver a quién le cae: Estoy lejos de hacer algo más que criticar. Quedé vacío.

Ella conoce mis noches de a la mierda todo el mundo. Y yo conozco sus noches de nunca dejaré que me hagan daño. Nos hemos visto perdidos. Y nos hemos visto desnudos o con nuestra mejor ropa bailando con una estúpida sombra.
Y también hemos aceptado un montón de mentiras porque queríamos estar juntos. Eso hacemos cuando alguien nos importa: soportamos el engaño. Eso hacemos: aquí nada ha pasado. Eso hacemos: para estar juntos.
Entonces solo teníamos diecisiete años y no importaba dónde estuviéramos porque siempre queríamos estar en otro lado. Y había una especie de ruido en nuestras cabezas que llegó a ser tan familiar que nos asustábamos si dejábamos de escucharlo.
Luego ella se fue, se fue algunos años. Y ahora regresa y cree que todo es tan sencillo. Ella dice: venga, nada ha cambiado. Ella dice: venga, solo fue un descuido. Ella vuelve y quiere borrar mis pasos. Y tampoco quiero decir que haya dado demasiados. Es posible que ni siquiera haya avanzado.
El caso es que creo que puedo soportarlo. Porque eso hacemos: soportamos el engaño. Eso hacemos: aquí nada ha pasado. Eso hacemos: para estar juntos.
Y supongo que se irá de nuevo, igual que cuando teníamos diecisiete años. Y supongo que regresará un día y dirá: venga, nada ha cambiado.
Entonces me daré cuenta de que lo más probable es que yo esté roto la mayoría del tiempo pero es cuando ella aparece que reconozco mis pedazos.

En una antigua vecindad cerca de la Ciudadela, un inquilino recién instalado rompe la maceta ubicada justo afuera de su departamento. Esta maceta, que apenas muestra rastro de vegetación, esconde una caja de madera.
La caja está carcomida por la humedad y el tiempo pero ha preservado el contenido en buen estado. Dentro de la caja se halla un sobre y una bolsa negra de plástico forrada con cinta canela. El nuevo inquilino, como lo haría usted o yo, no resiste el enigma y primero abre el sobre, el cual contiene la siguiente nota:
Al que leyere, he de advertirle que éste es un último acto de subversión. Mas esa actitud beligerante no lo exime de su verdadera naturaleza: un tributo a lo pusilánime.
Consciente de que la rutina nos domestica, escojo esperar una explosión cada vez que enciendo el automóvil. Morir en esas estupideces que llamamos tragedias: kamikazes con delirio de persecución, perros callejeros con miedo a cazar, hombres satisfechos por comer carroña.
¿Y no es eso lo que todos buscan: tres comidas, una línea telefónica y envidia? ¿No son las drogas un recordatorio de lo que perdimos? Una pausa en un juego sin riesgo, con seguros de vida, café descafeinado, cerveza sin alcohol. Una maldita colmena de abejas pretendiendo ser águilas.
Los días se acaban y como una amnesia endémica, quemamos todo vestigio de agitación. Olvidamos que excavar epifanías de la incertidumbre es aletargar el ingreso a un tumulto de gracias y porfavores.
Y si esta declaración le infunde una impresión de insubordinación, tírela de inmediato y aproveche el regalo anexo. Haga que no ría tan pronto la aspidistra.
W. G.
Tras concluir con la nota, el nuevo inquilino, desconfiado por la frase de cierre, regresa al departamento. Al entrar, despeja un espacio entre el escombro y se sienta. Contempla el paquete en sus manos y con un aspaviento de catador, palma el contenido.
En cuanto termina de examinar, confirma su sospecha. Entonces, un punzante cosquilleo le abarrota los pómulos. Con los años, el inquilino percibirá este hecho aislado como un patrón.
Aquel cosquilleo, con aura de virgen recuperada, se le presentará 20 años después. El inquilino, instalado en otro refugio, observará caer una maceta de una terraza aledaña y será sobrecogido por una sensación de agradecimiento y derrota. La olvidará en seguida, como parte de todo lo inconcluso que se impregna en las arrugas.

“El silencio me está deprimiendo. No el silencio del silencio. Sino mi propio silencio”. Eso dice el libro que estoy leyendo.
También dice: “Cierro los ojos y todo el mundo cae muerto; los abro y todos nacen de nuevo”. Y también dice: “Morir es un arte. Y yo lo hago excepcionalmente bien”. Y también dice: “Llevo la vida cosida a mí como un órgano raro”.
Y dice un montón de cosas por el estilo. Lo escribió una mujer atractiva y fascinante que un día, temprano, abrió la llave del gas y decidió matarse. Pero esto es solo una introducción para lo que realmente quiero contarte.
Tengo una cerveza en la mano. Y eso está bien. Si estuvieras aquí este momento sería perfecto, pero si no estás tampoco es tan malo. Tengo una cerveza en la mano. Y ya. Y tengo un secreto que darte, como se dice en estos casos.
Mi problema es que pienso demasiado en todas las cosas que están allá afuera, todas esas cosas que son aparentemente inocentes pero que podrían volvernos locos en cualquier momento.
Pienso en todas esas cosas en las que no quiero pensar: refrigeradores, agujetas, focos, estampas, el papa, publicidad, puentes colgantes. Y te juro que no quiero pensar en eso.
Y tal vez creas que solo soy antipático. O pesimista. Pero yo no quería ser pesimista. Ser pesimista era lo último que yo hubiera querido. El problema son todas esas cosas que en las pienso antes de quedarme dormido.
Y tengo que pensar en ellas porque de otro modo tengo la manía de pensar en curvas, pendientes y precipicios. O en cualquier figura que caiga. En descensos. En saltos al vacío.
Si no pienso en esas cosas aparentemente inocentes entonces pienso en cómo escapar de este país y de mis amigos. Falsos amigos a los que voy a defraudar. Y pienso en pistolas que se van a trabar cuando las quiera disparar. Y pienso en todos esos sueños de miedo que ahora mismo no recuerdo muy bien.
En fin, lo que quería decirte es que ahora todas las noches antes de dormir pienso en ti. Y quería contarte que funciona: la mierda desaparece un poco y pienso menos en esas cosas aparentemente inocentes. Y supongo que eso está bien.
¿Y eso qué tiene que ver?, preguntas quisquillosamente. Todo, respondo. Como el polvo rojo que se pasea en las venas o el aliento que se escurre en la noche y congela un sueño en Belgrado.
Nunca he visitado Europa, dices. No hace falta, respondo. Basta imaginar una onda errante que de no ser por nuestro miedo a la nada, vagaría hasta extinguirse. Algo así como tú y yo: dos flamas apagándose de tanto calor.
¿Y eso qué tiene que ver?, insistes con la mirada pausada. Absolutamente todo, repito. Como un remordimiento perforándote un riñón o como aquel hombre que quería suicidarse con una bala perdida y nunca murió.
No hables de finitud, me dices mientras se derrumban los minutos a tu alrededor. Es mi forma de boicotear la trascendencia, explico. De hacer una fogata en un depósito de pólvora. Algo así como tú y yo: una estalactita en una cueva sin gravedad.
¿Y eso qué tiene que ver?, cuestionas un tanto exasperada. Definitivamente todo, digo. Como aquel mago que sólo desaparece cosas invisibles o como descubrir poesía en un crucigrama. Algo así como tú y yo: dos galimatías en perfecta sincronía.