Una historia con un mal final I

Ayer compré un revólver. Un viejo cacharro de manufactura estadounidense, con la madera desgastada y el metal raído. Debía tener unos 60 años, aunque su letal función continuaba intacta, al menos eso dijo el tipo que me lo vendió por dos mil pesos.

Recuerdo que en la escuela me decían que los finales de mis historias eran malos, sin chiste. Mi madre, que yo era un irresponsable, porque todo comenzaba y nada terminaba. Pensé que un lunes sería un buen día para cambiar. Había un montón de historias inconclusas moviéndose por la calle. Muchas eran de tristeza. Todas podían tener un final decoroso y yo podía encargarme de eso.

Me guardé el arma, la atoré con el cinturón. Sentí el esplendoroso poder de la conclusión en la cadera, su frialdad. Caminé. La noche me pareció preciosa.

Me vino a la cabeza un viejo pasaje mitológico: El Rey Midas busca al sátiro Sileno, quien tenía el don de la sabiduría cuando estaba ebrio, para preguntarle qué es lo mejor que le puede pasar al hombre. El sátiro, renuente, tuvo que ceder a la mundana y avariciosa insistencia del Monarca: “Lo mejor para todos los hombres y mujeres sería no nacer. Si nacen, lo mejor que les puede pasar es morir pronto”.

Podía remediar el error de Dios fácilmente, y estaba buscando a quién concederle la gracia, antes de concedérmela a mí. Venimos a hacer el bien ¿no?

La vieja mierda

La historia sigue y es fundamentalmente una putada. Big Bang. La Gran Explosión. De cómo nació el universo. Nueva teorías acerca de la vieja mierda.

Tenemos a un dios parapléjico y drogadicto. Tenemos el reino de los cielos y también campeonatos de futbol. Padre Nuestro. Genocidios. Siete plagas. Enanos prostitutos. Y todo eso a lo que llamamos amor.

Tenemos callejones envejecidos sin pena. Avenidas llenas de santos e indigentes. De cínicos y borrachos. Llena de nosotros, un poco. Pero nos falta un corazón que no se rompa. Pero nos falta aprender a olvidar el triste amor que nos inspiran las personas que no nos quisieron querer.

Tenemos lo que dijeron los ciegos. Anillos y bodas. Ingenieros. Todas las violaciones del mundo. Y todavía sueños. Plataformas. Intereses que crecen. Tenemos guerras y eso está bien. Gente que se mata y eso está bien.

Vale. Pues sigan sin mí. Yo sólo quiero que se me caiga un diente y esconderlo debajo de mi almohada, y revisar al día siguiente y que aparezca Ella ahí.

Tarde

«Otra vez tarde», reclamas.  Empiezas a hablar de la importancia de la puntualidad, de cómo soy un cínico, un egoista. Te esfuerzas en hacer tu cara de enojo, con los labios muy cerrados y tus ojos negros dispersos. Rechazas mi proximidad con una altivez extinta, lo cual sólo provoca que me acerque de nuevo.

Moviendo el pie derecho, me indicas que explique, que justifique mi retraso. Pienso en decirte que vomité toda la madrugada, que el refrigerador está vacío desde hace dos meses, que Hacienda me busca, que bañarme con agua fría me entume las ideas. Pienso en todo eso y decido callarme.

Y este silencio que nos rodea, que nos ahoga y revuelca, este silencio extravía cualquier dialéctica. Y nos miramos, nos miramos fijamente, como si buscáramos un pretexto escondido para doblegarnos y caer. Rendirnos y aceptar que estamos aquí y que el reloj sólo es un placebo para sobrevivir a la ansiedad.

Entonces, una leve brisa se pasea en tu cuerpo y tú bailas con ella, sometiendo su vehemencia. Y en esa distracción, yo quisiera explicarte que el tiempo nos domestica para al final abandonarnos en un matadero.  Quisiera explicarte que no hay peor horror que el vacío. Quisiera explicarte que mirar tu rostro molesto me da tranquilidad. Quisiera explicarte tanto pero se hace tarde.

Una historia donde la gente muera

¿Sorprendido? Pues claro que estoy sorprendido. No esperaba a nadie y de repente escuché que tocaron la puerta. Abrí y era ella.

Ahora está aquí, parada frente a mí y dice que le cuente una historia donde la gente muera, un cuento que la haga reír de veras. Y tiene una pistola y me apunta por encima de la oreja. O empiezo a contarle la historia o me vuela la cabeza.

Y yo intento tranquilizarme. Entender lo que está pasando. Cuento hasta diez. Cuento hasta mil. Le digo que ahora mismo no se me ocurre nada, que debería volver el fin de semana. Pero ella está irritada. Dice que a la cuenta de tres dispara.

Y yo estoy sudando y tiemblo como un perro con miedo. Un paréntesis: ¿has tenido una pistola sobre tu oreja? Bueno, es fría y apesta, como el fierro húmedo del pasamanos en el metro.

Entonces me dice que me siente frente a la computadora. Y yo obedezco. Ella tiene el arma. Ella manda. Dice que abra un maldito documento y escriba una historia donde la gente muera. Sí. Un cuento que la haga reír de veras. Tienes quince minutos, me dice, o pongo una bala en tu cabeza.

Y yo escribo algo, cualquier cosa, lo primero que se me ocurre:

«¿Sorprendido? Pues claro que estoy sorprendido. No esperaba a nadie y de repente escuché que tocaron la puerta. Abrí y era ella…».

Siempre te harás daño

Todo lo que necesito es una habitación pequeña donde pueda encontrar mi estúpida sombra. Y quizás algunas cervezas. Pero si no tuviera cerveza, igual estaría bien. Porque lo que realmente necesito es una habitación pequeña. Y entender algunas cosas.

Por ejemplo que debe existir un lugar hacia donde podamos mirar para que amanezca más rápido. Por ejemplo en el nombre de todas esas venganzas que caminan por los pasillos del mundo. Por ejemplo que me siento más identificado con la gente que está muerta que con la que camina a mi lado. Entender ese tipo de cosas que a nadie le preocuparía demasiado.

El caso es que estaba pensando en esas cosas idiotas cuando comenzaron a gritar desde afuera. Desde la calle, quiero decir. Nada importante, sólo uno de esos gritos que de vez en cuando escuchas y piensas que no es nada, que sólo es la calle gritándole a nadie. Entonces no haces caso. Entonces te haces el sordo.

Pero si escuchas ese grito una y otra vez, comienzas a desesperarte. Porque ese grito que era para nadie de pronto comienza a ser familiar y molesto (como todas las cosas familiares). Y aquel grito que antes estaba en la calle ahora está parado junto a la ventana, claro y potente.

Y asomado por la ventana, El Grito dice: «Tarde o temprano saldrás. Sabemos que no puedes pasar los viernes en casa. Nos disfrazaremos de alguna chica agradable que te hable de películas francesas, que te hable de Céline y de Dostoievski, si hace falta. Traeremos vino. Y te haremos daño».

Cuando un grito te dice ese tipo de cosas, lo más recomendable es cerrar la ventana, seguir buscando tu sombra y pensar en el nombre de las venganzas que recorren los pasillos del mundo. El problema es que el grito ahora está dentro, bajo la cama, en todas las paredes, gritando en el piso y en el puto techo.

Entonces El Grito dice: «No te resistas. Es inútil que evites escucharnos. No estamos en la calle. No estamos en la ventana. No somos tu puto techo. Estamos dentro. Somos tú. Grita tu cuerpo. Y te haremos daño».

Bien, en este momento piensas que has bebido demasiado, que necesitas dormir algunas horas, que si vomitas todo se aclarará un poco. Pero no. El grito son tus oídos. El grito son tus labios. Así que no te hagas el sordo. Así que no voltees hacia otro lado.

Y El Grito dice: «Venga, ya; sabemos que la echas de menos. Sabemos que Ella es la diferencia entre agonizar o estar muerto. Venga, ya; sabemos que la sombra que buscas y no encuentras es Ella. Venga. Venga. Venga. Venga, ya. Sabemos que siempre la seguirás llamando. No hay gritos. No hay sombra. Y siempre te harás daño».

Y eso está bien, piensas. Y sigues gritando.

Domingo de pregones y milagros extraños

O tantas drogas de joven dejaron secuela o su petición se había cumplido. En cuanto escuchó aquel grito, Domingo dudó de la honestidad del pregonero. Escudriñó en su álbum de proclamas un sonido que se asimilará fonéticamente al que lo había despertado. Descartó todos aquellos que, ya sea por nostalgia -“¡Ropa vieja por loza!”-, hambre -“¡Tamales calientitos!”- o herencia -“¡A fierro las paletas de limón!”-, no se acercaran a la eufonía requerida.

Esperó la repetición. Percibió el tránsito, el viento, ladridos, gemidos y una leve gotera. Mientras una puerta del exterior se azotaba, la exclamación ocurrió de nuevo.

—¡Esposas usadas que venda!—, gritó el pregonero desde la banqueta. Domingo, al confirmar el potencial milagro, corrió a la ventana para localizar al pregonero. Los árboles de jacaranda le obstruían la visión. Con el cuello estirado hacia fuera y la cabeza dirigida a su derecha, alcanzó a distinguir al pregonero alejándose presurosamente.

Domingo, sin tiempo para reflexionar, concluyó que salir a discutir con el comerciante los detalles del negocio sería la mejor opción. Sabía que su esposa no estaba en casa esa mañana; un desayuno u otra estupidez que no recordaba o que no quiso escuchar. Tomó una sudadera deportiva, las sandalias azules y apresuró el paso hacia las escaleras que lo conducirían a la puerta de salida.

En la banqueta, aún se podía observar al pregonero. Si bien ambos estaban alejados uno del otro, Domingo, que aún poseía una condición física decente, lo alcanzaría sin dificultad.

Conforme la distancia entre ellos disminuía, Domingo se dio cuenta de algo que no había percatado desde la ventana: el pregonero empujaba una enorme jaula cúbica sobre cuatro ruedas. Domingo imaginó que dentro de la jaula cabría un elefante, por lo que su esposa no sufriría de claustrofobia.

Cuando Domingo alcanzó al pregonero, pudo advertir su aspecto. Notó que no le pesaba la jaula aunque tampoco se veía entusiasta de empujarla. El pregonero era un hombre gordo y alto, como oso de circo. Su tez morena brillaba por el sudor. Vestía camisa blanca, chaleco negro de nylon y un pantalón marrón de vestir.

En la enorme jaula, había dos mujeres durmiendo. Domingo admiró la serenidad y delicadeza que emanaban esas dos especies en cautiverio. Una tendría 39 años y la otra 55. La más joven era agradablemente voluminosa, la adulta era delgada y resistente. Ambas estaban en piyamas que no vale la pena describir.

Domingo conversó con el pregonero sobre la operación comercial. Cuando terminó de resolver sus dudas, extrajo de su agenda mental una fecha en la cual coincidieran su esposa y el pregonero. Determinó que la siguiente semana se hiciera la transacción y se retiró. Cuando Domingo volteaba para regresar a casa, el pregonero le habló:

—Señor, no se vaya—, dijo sosegadamente el pregonero pero su voz grave semi estertórea hacía que cualquier frase sonara como una orden. Domingo se detuvo. —Su mujer afirmó que  yo no tendría que ir a buscarle, que usted vendría por su cuenta. Así que por favor suba a la jaula—, añidió el pregonero. Domingo no se inmutó, sabía que su matrimonio era un juego de matar o morir.

Distraído por el aturdimiento que provocan las hazañas, Domingo no escuchó al pregonero cuando éste hizo las respectivas distinciones de género. Es posible que su esposa haya insinuado que lo quería vender. Lo cierto es que él la ignoraba frecuentemente.

Domingo aceptó la resolución de los hechos y entró a la jaula. El pregonero se puso en marcha de nuevo y Domingo se recostó entre las dos mujeres. Durante el viaje durmió tranquilo.

La broma infinita

Cuando termines de leer esto no esperes tener una sonrisa idiota en el rostro. No es una de esas cosas que te suben la autoestima o te deja la impresión de haber leído algo genial y asombroso. Porque siempre me estoy desviando del tema. Así que no esperes tener una sonrisa idiota en el rostro.

Todo esto es un juego, la broma infinita, escapar al tedio. Todo esto. Todas estas mañanas y noches en las que estamos desarticulados, como muñecos de cartón y trapo, como cuerpos humanos a los que hay que montar pieza por pieza. Vejiga, corazón, tendones. Muñecos desarticulados.

Y todo es tan triste. Lo que trato de decir es que la tristeza es duradera. Como el sonido de las televisiones a lo lejos. Como todos esos regalos de cumpleaños que no te causan ninguna ilusión. Como la espera. Comenzar a sentirte normal cuando empezabas a sentirte distinto.

Todo es tan triste. Como tener que dormir solo sin estar drogado. Como descubrir que nada se parece a todas esas cosas que has leído. Y todo se reduce a esto: la gente nunca ha entendido de qué se trata el amor.

Pero me estoy desviando del tema, te lo dije. De lo que quería hablarte es de miles de cosas imposibles para un cuento de niños. Entonces te hablo de libros que no sepan leerse, de una luna absurda y depresiva.

Y te hablo de finales que no terminan, de una historia que no se quiere contar. Y cuadernos que se comen lo que escribes. De televisiones apagadas en las que el espectáculo es ver nuestro reflejo en sus pantallas oscuras, de abismo y vacío. Miles de cosas imposibles para un cuento de niños.

Todo el tiempo me estoy desviando del puto tema. Escribir como David Foster Wallace. Eso estaría bien. Porque todo es tan triste, en medio de la broma infinita.

( ¿1155? – ¿1204? )

En algún momento de lo que hoy, rigurosos discípulos de las cronologías y la estadística, dimos en llamar Siglo XII, un anónimo aprendiz del judío Maimónides tomó papel y dejó por escrito lo siguiente:

¿Qué es el alma? Es un territorio virgen porque casi nadie, puede que nadie en absoluto, ha llegado hasta él jamás. Pero la hemos construido imaginándola. Afirmamos que ahí está, hablamos de ella, la juzgamos, la consolamos, lastimamos, la acusamos culpable de todo, de los genocidios y de la literatura, incluso la negamos indignados, clamando que no existe porque nada podría alojar tanta miseria y tanto horror, por grande que fuera. Nadie contesta diciendo que si en algun lugar cabe todo aquello, es precisamente al interior de un ser humano. Al final nos convencemos solos de que existe, nos olvidamos de haberla inventado alguna vez. Y lloramos cuando se quiebra. O se va. Nadie advierte el instante silencioso en que el alma, a fuerza de imaginarla, se vuelve real.

La misma noche de su escritura, otorguémonos licencia de afirmar que apenas unos minutos después de haber escrito lo anterior, el joven, sin saber a ciencia cierta que acababa de partir en dos el camino del pensamiento religioso de occidente adelantando en casi cinco siglos el atropellado inicio de la modernidad, fue asesinado ante la puerta de su casa por un atribulado lío de faldas. Al día siguiente el manuscrito se perdió, entre la basura primero, entre escombros después, entre la historia al fin y al cabo, sin que nadie mas que su asesinado autor hubiera leído una sola línea jamás.

Todo esto es miedo

Esto es un camión del transporte público. Tú vas sentada junto a la ventana y vas mirando a la calle. Y no sé desde dónde vengas. El caso es que yo acabo de subir y me busco en las bolsas del pantalón dinero para pagar el pasaje.

Y entonces me doy cuenta de que mi billete es falso. Y las monedas que llevo también son falsas. Pero no es sólo el dinero. Todo lo que veo, en este camión del transporte público, es falso. Personas falsas con sus culos puestos sobre asientos falsos pensando en sus falsos destinos: sus trabajos: sus familias: sus vidas.

Y pago con dinero falso al chofer falso y me siento a tu lado. Y tú y yo no nos conocemos, pero vamos en este camión porque estamos obligados a movernos a diario: para no morir aplastados por el tiempo, para ser algo.

Y me siento a tu lado y en las manos llevo un libro falso que no leo, pero lo abro para quitarme el miedo. Esto hago a diario: abro un libro para no tener miedo.

Y tú vas a mi lado, sentada junto a la ventana, mirando a la calle. Y de pronto te volteas y me preguntas qué leo. Te digo que nada, que sólo tengo miedo. Y te ríes.

Y me dices que esto no es un camión del transporte público, que son nuestras vidas, que son falsas y que es todo lo que tenemos. Después nos callamos. Y miramos a la calle por la ventana.