
O tantas drogas de joven dejaron secuela o su petición se había cumplido. En cuanto escuchó aquel grito, Domingo dudó de la honestidad del pregonero. Escudriñó en su álbum de proclamas un sonido que se asimilará fonéticamente al que lo había despertado. Descartó todos aquellos que, ya sea por nostalgia -“¡Ropa vieja por loza!”-, hambre -“¡Tamales calientitos!”- o herencia -“¡A fierro las paletas de limón!”-, no se acercaran a la eufonía requerida.
Esperó la repetición. Percibió el tránsito, el viento, ladridos, gemidos y una leve gotera. Mientras una puerta del exterior se azotaba, la exclamación ocurrió de nuevo.
—¡Esposas usadas que venda!—, gritó el pregonero desde la banqueta. Domingo, al confirmar el potencial milagro, corrió a la ventana para localizar al pregonero. Los árboles de jacaranda le obstruían la visión. Con el cuello estirado hacia fuera y la cabeza dirigida a su derecha, alcanzó a distinguir al pregonero alejándose presurosamente.
Domingo, sin tiempo para reflexionar, concluyó que salir a discutir con el comerciante los detalles del negocio sería la mejor opción. Sabía que su esposa no estaba en casa esa mañana; un desayuno u otra estupidez que no recordaba o que no quiso escuchar. Tomó una sudadera deportiva, las sandalias azules y apresuró el paso hacia las escaleras que lo conducirían a la puerta de salida.
En la banqueta, aún se podía observar al pregonero. Si bien ambos estaban alejados uno del otro, Domingo, que aún poseía una condición física decente, lo alcanzaría sin dificultad.
Conforme la distancia entre ellos disminuía, Domingo se dio cuenta de algo que no había percatado desde la ventana: el pregonero empujaba una enorme jaula cúbica sobre cuatro ruedas. Domingo imaginó que dentro de la jaula cabría un elefante, por lo que su esposa no sufriría de claustrofobia.
Cuando Domingo alcanzó al pregonero, pudo advertir su aspecto. Notó que no le pesaba la jaula aunque tampoco se veía entusiasta de empujarla. El pregonero era un hombre gordo y alto, como oso de circo. Su tez morena brillaba por el sudor. Vestía camisa blanca, chaleco negro de nylon y un pantalón marrón de vestir.
En la enorme jaula, había dos mujeres durmiendo. Domingo admiró la serenidad y delicadeza que emanaban esas dos especies en cautiverio. Una tendría 39 años y la otra 55. La más joven era agradablemente voluminosa, la adulta era delgada y resistente. Ambas estaban en piyamas que no vale la pena describir.
Domingo conversó con el pregonero sobre la operación comercial. Cuando terminó de resolver sus dudas, extrajo de su agenda mental una fecha en la cual coincidieran su esposa y el pregonero. Determinó que la siguiente semana se hiciera la transacción y se retiró. Cuando Domingo volteaba para regresar a casa, el pregonero le habló:
—Señor, no se vaya—, dijo sosegadamente el pregonero pero su voz grave semi estertórea hacía que cualquier frase sonara como una orden. Domingo se detuvo. —Su mujer afirmó que yo no tendría que ir a buscarle, que usted vendría por su cuenta. Así que por favor suba a la jaula—, añidió el pregonero. Domingo no se inmutó, sabía que su matrimonio era un juego de matar o morir.
Distraído por el aturdimiento que provocan las hazañas, Domingo no escuchó al pregonero cuando éste hizo las respectivas distinciones de género. Es posible que su esposa haya insinuado que lo quería vender. Lo cierto es que él la ignoraba frecuentemente.
Domingo aceptó la resolución de los hechos y entró a la jaula. El pregonero se puso en marcha de nuevo y Domingo se recostó entre las dos mujeres. Durante el viaje durmió tranquilo.