Tarde
«Otra vez tarde», reclamas. Empiezas a hablar de la importancia de la puntualidad, de cómo soy un cínico, un egoista. Te esfuerzas en hacer tu cara de enojo, con los labios muy cerrados y tus ojos negros dispersos. Rechazas mi proximidad con una altivez extinta, lo cual sólo provoca que me acerque de nuevo.
Moviendo el pie derecho, me indicas que explique, que justifique mi retraso. Pienso en decirte que vomité toda la madrugada, que el refrigerador está vacío desde hace dos meses, que Hacienda me busca, que bañarme con agua fría me entume las ideas. Pienso en todo eso y decido callarme.
Y este silencio que nos rodea, que nos ahoga y revuelca, este silencio extravía cualquier dialéctica. Y nos miramos, nos miramos fijamente, como si buscáramos un pretexto escondido para doblegarnos y caer. Rendirnos y aceptar que estamos aquí y que el reloj sólo es un placebo para sobrevivir a la ansiedad.
Entonces, una leve brisa se pasea en tu cuerpo y tú bailas con ella, sometiendo su vehemencia. Y en esa distracción, yo quisiera explicarte que el tiempo nos domestica para al final abandonarnos en un matadero. Quisiera explicarte que no hay peor horror que el vacío. Quisiera explicarte que mirar tu rostro molesto me da tranquilidad. Quisiera explicarte tanto pero se hace tarde.

