Minotauros

No somos las dudas,
ni los escepticismos cobardes.
No somos un baile improvisado,
ni las flamas vulgares.

No somos astros transparentes,
ni lunas de fuego.
No somos un adiós,
ni un hasta luego.

No somos las páginas que nunca leeremos,
ni las pausas en un soneto.
No somos palabras de consuelo,
ni la gravedad en tu senos.

No somos, ni siquiera, un recuerdo;
ni la nada que pretendo.
Y aunque no seamos uno solo,
somos minotauros, amor.
Y siempre lo seremos.

Laura

Laura dice que ni el ruido de todas las ciudades del mundo podría opacar el sonido de sus tacones. Y dice la vejez es como morirte sin que te avisen que has muerto. Laura es lo peor que me ha pasado en la vida. Por eso la quiero.

Ella dice que el amor es un doctor que receta enfermedades y que el optimismo es veneno para pendejos. Dice que debemos considerar la posibilidad de que nadie nos quiera, de que incluso todas las personas que vemos a diario nos odien.

Laura tiene unas tetas espectaculares. Y ese tipo de piernas largas que son un descanso para no suicidarte. Y una risa de niña idiota y bonita. Y sus ojos.

Dice que nada importa demasiado, que vivir está sobrevalorado, que no entiende cómo la gente puede pasar días enteros respirando: inhalando, exhalando.

Laura dice que soy imbécil, que no estoy enamorado de ella. Dice que sólo soy un niño con miedos queriendo parecer un hombre con odios y celos. Y se ríe como niña idiota y bonita. Ustedes ya saben cómo. Mordiendo el labio inferior un poco.

Laura no es mucho de pláticas y divagaciones. Ella dice: «Mi amor, déjate de filosofía, ¿al hotel o a tu casa?, sabes que son 650 de cualquier modo».

Apodos y amantes

Éste era el día más importante en la vida de Carlos Castellanos. La fecha en que dejaría de ser otro oficinista vendedor de tarjetas  de serotonina, de pedacitos de papel con pensamientos insulsos narrados por un perverso locutor de radio, capaces de provocar reflexiones baratas en los crédulos oyentes.

Con más de 10 años laborando en ese infierno de teléfonos y corbatas, hoy, como resultado de su constante esfuerzo, llegaría a ocupar un puesto gerencial, con un cubículo propio y lugar de estacionamiento para el automóvil compacto que no tenía.

Desde que llegó a este edificio, sin que lo notara, fue perdiendo el sentido común. Nada más letal que 10 horas de llamadas cordiales a desconocidos mientras se finge comodidad en una silla secretarial que apenas soporta unas nalgas de tamaño regular.

Pese a su obvia degradación humana, nunca perdió la motivación, sustancia extraída de las autoterapias de aplausos que practicaba antes de salir. Esta actitud positiva le consentía una estúpida confianza canalizada en bromas de administrador. Si alguien, en una ráfaga de lucidez, menospreciaba la puntualidad burocrática, Carlos Castellanos, con un aire de superioridad vacía, ladraba un buenasnoches. Reflejo fiel de la extinción del buen humor.

El malabarismo del marcatextos, interpretado torpemente por sus dedos, descubría su nerviosismo. “Falta una hora”, dedujo al ver el reloj en la lenta computadora. Al medio día, momento mesiánico para concretar su ascenso, entraría a hablar con el jefe.

Concentrado en su prometedor futuro, no advirtió el barullo suscitado en la cocina. Otro colega, uno con un nombre parecido a tantos, le extendió una rebanada de pastel. Era el cumpleaños de Conchita -siempre hay una Conchita-. “Felicidades”, susurró para la cumpleañera y para él.

Tan pronto como terminó el pedazo de pastel, miró de nueva cuenta el reloj. Era hora. El jefe, un señor de 50 años adicto al Excel, lo estaba esperando. Carlos, el ya casi gerente,  se percató de un escalofrío en su cuerpo. El sudor que siguió esta acción recorrió sus brazos, espalda y estómago.  “Los nervios”, concluyó inseguro.

El jefe, convertido en un ilustre mensajero, le indicó con una mirada que se sentara. Castellanos, aún sudando, hizo caso. Una corriente eléctrica le sacudió el estómago. El jefe empezó a hablar sobre esfuerzo, compromiso y recompensa.  Él sintió el aterrador retortijón que tanto temía. ¿De qué era el pastel? Olvidó preguntar, error imperdonable en la protección de su frágil metabolismo. ¿Tres leches, rompope? “¡Puta madre!”, se injurió a sí mismo.

Él conocía el desenlace: o liberaba una flatulencia o tendría que usar el repuesto de calzón que secretamente guardaba en su cajón. Cruzó las piernas como si le cerrara la puerta a un vecino indeseable. No logró apaciguar su angustia. Poseído por una punzada que le acalambraba todo su ser, corrió salvajemente al baño. El jefe se quedó callado.

Carlos Castellanos consiguió el puesto.  También adquirió, como lección extra, una leve revelación: “Hay dos cosas que todas las personas saben sin decirlas: tus amantes y tus apodos”. A dos años de su ascenso, considera preferible ser conocido como el “Gerente CaCas” a volver todos los días a casa sin ser mirado a los ojos.

Sólo estamos improvisando

La película va de un superhéroe sin poderes que intenta salvar a una mujer que no sabe que debe ser salvada. Y el reparto es horroroso. Tú y yo somos los protagonistas pero ni siquiera lo sabemos.

También somos nuestros propios antagonistas. Y somos al mismo tiempo nuestros dos mejores amigos. Y amantes de un día y medio. Nosotros dos somos todos los actores de esta película que va de un superhéroe sin poderes y una mujer que no sabe que tiene que ser salvada.

Y la escenografía es un lugar de ésos que sólo podríamos imaginar drogados. Y debemos grabar en cámara lenta. Porque sólo así detendremos al mundo un momento.

Y el final del guión se lo comió un dinosaurio. Por eso estamos improvisando. Esto se parece mucho a la vida diaria. Estamos improvisando. Y esto se parece a lo que hiciste ayer y a lo que yo haré pasado mañana.

Y aunque mis diálogos en esta película son más ingeniosos, basta con que aparezcas para que robes cámara. Y parpadeas en cámara lenta. Y tu sonrisa en un mecanismo perfecto.

Y aunque en este guión no hay besos, bueno, la verdad es que estamos improvisando y aquí puede pasar lo que nosotros queramos.

Porque esta película es tan enferma como la realidad misma. Y soy un superhéroe sin poderes que intenta salvarte aunque no sabes que debes ser salvada. Pero aquí sólo estamos improvisando.

Apunte de sincera ingenuidad

J. es un tipo ignorante, alguien que no sospecha la escasez de las cosas buenas porque nunca ha tenido cosas buenas. Prueba de ello es el boleto de entrada al espectáculo que está a punto de presenciar, regalo tardío de una suerte ebria y dadivosa.  Él, excluido de delirios de aniquilamiento, se sienta en la esquina del colchón forrado de sábanas rojas. Asume su posición como espectador de primera fila. Y piensa:

“Esto no puede pasarme a mí.”

El desfile de pequeñas muertes inicia. Ella abre la puerta del baño y libera de su cárcel de mezclilla a dos seres altivos que se pavonean de su perfección. J. es incapaz de refutar este argumento, también ve algo irrepetible en ese par. Se advierte a sí mismo:

“No digas nada.”

Su mirada escapa y persigue las intermitentes luces impregnadas en los dos seres-piernas que repentinamente, se tiñen de placer. ¿Quién es el cínico altruista culpable de este sueño? El contexto indica que un dios en rehabilitación. J. reacciona a tiempo y evita la interrupción de cualquier pensamiento religioso en la incuestionable obra de arte de la cual es testigo. Reflexiona:

“De lo que me he perdido.”

Resueltos y a la vez vulnerables, los dos seres-piernas caminan hacia él. J. no recuerda haber visto antes tanto esplendor en un ente vivo. Cuando los dos seres-piernas se sitúan frente a J., éste se sabe finalmente recompensado. Confiado, un impulso en sus manos le ordena un contacto de bienvenida. Los dedos trazan la respuesta al acertijo oculto en los tres lunares que exhibe el integrante izquierdo de este dúo devastador. Y confiesa:

“Qué suave piel.”

Rendido ante la supremacía del momento, J. se llena de valor y rodea con sus manos a los dos seres-piernas. Apunto de decidir coser sus palmas a aquella existencia, la insinuación de una curva lo hace mover sus dedos hacia arriba. Lo inimaginable sucede y sus ojos lo confirman. Cualquier incertidumbre sobre su actual estado de gracia queda eliminada. J., ajeno por completo a la retórica pero dueño de una sincera ingenuidad, declara:

“Tu culo es poesía.”

Un mundo idiota

Venga, cariño, vamos a dejar de ser dos idiotas en un mundo idiota. Vamos a inventar el planeta otra vez. Un mundo de abecedario, pequeño y seguro. Un planeta donde todo vaya al revés. Donde las horas no encuentren relojes ni los días calendarios. Donde los meses no se junten en años. ¿Y luego qué? Y luego nada.

Porque al final nada de esto tiene demasiada importancia. Nada de lo que escribo. Nada de lo que haces. Nuestras preocupaciones ya las han tenido otros. Y nuestros sueños. Somos lo que ya hemos sido. Somos la repetición del desconsuelo. ¿Y eso qué? Y eso nada.

Míralos a ellos. Míralos en cualquier avenida. Caminando. Son gente cansada. Preocupados. Pero de algún modo todos hemos caído en la trampa. De algún modo todos creemos que las cosas que hacemos tienen relevancia. ¿Y para qué? Y para nada.

En realidad, la mitad de las cosas que decimos son mentira. Y la mitad de las cosas en las que creemos también son mentira. La gente dice que más vale prevenir que lamentar. La gente dice que después de la tormenta viene la calma. Y en general la gente dice un montón de estupideces. Pero después de la tormenta vienen otras tormentas. Y luego un día nos morimos. ¿Y después qué? Y después nada.

Y lo malo es la incertidumbre del día. No saber qué pasará mañana. No estar seguros de casi nada. Y nunca lo estaremos. ¿Y eso qué? Y eso nada.

Pero no te preocupes, cariño. Nada de esto tiene demasiada importancia. Si al final del día piensas que todo es una mierda, que la realidad es una fragilidad, estaré ahí para decirte que me pasa lo mismo y que no tengo remedios caseros con magia. ¿Y al final qué? Y al final nada.

Cualquier día de trabajo

Con insignificantes diferencias, todo empieza igual. Se despierta a las 7:03 sin la intromisión de algún retraso impertinente. El primer espejismo del día al que cae rendido es el reloj, objeto chantajista y timador.

(El hombre sabe que cada hora es la misma hora. Ha comprobado que las personas mienten, que las verdades son accidentes a las que no sobrevivimos y que somos la repetición ineludible de errores ancestrales.)

Toma prestada la energía desmayada en el colchón y se levanta. Las cobijas son olas de apatía que obstruyen sus movimientos frontales. Brazalea fuertemente hasta quedar libre; regresa a tierra y pone los pies en el piso. Trota en dirección al inodoro a tirar los recuerdos hediondos del alcohol de anoche.

(Tiene el hábito secreto de cagar temprano. Intuye que esta vida está empapada de mierda como para, tan temprano, derramar aún más.)

Llena una cubeta roja con agua del lavabo (la bomba del tanque no sirve) y la vacía sobre la taza azul mohosa. En el espejo con el marco oxidado, mientras remoja sus manos con jabón Golden Hills, observa su cara aburrida y encogida. Las lagañas recorren las comisuras en sus párpados como canicas verdes. El rostro presume el cochambre inamovible que dejan las frustraciones. Todavía amodorrado, abre la regadera y se baña con agua fría.

(Espera que algún día, con esas pequeñas dosis de baja temperatura, sus remordimientos se congelen y le permitan trabajar felizmente.)

Seca la humedad con la toalla, souvenir indestructible de un solitario viaje a la playa: delfines, tortugas y peces se pasean por la entrepierna y axila anhelando el regreso a casa. Con la toalla amarrada a la cintura, coge el cepillo de dientes y cepilla con una tranquilidad pasmosa.

(Para él, esa tranquilidad nunca sería pasmosa. Piensa que los adjetivos delatan la filosofía de cada individuo y obsequiarle uno tan pretencioso al simple hecho de limpiar la suciedad de su boca con una escoba de mano, le parece innecesario.)

Del clóset, casi sin ver, saca su uniforme de gente común. Los pantalones Dockers y una playera polo cumplen sus requisitos de vestimenta. Se coloca la chamarra de poliéster negra, único refugio del perfume Estée Lauder que usaba su esposa.

(Ella, su mujer, insistía en mejorar su look. Él cree que la ropa es un adorno que sólo combina con el suelo y desperdiciar su batería de decisiones con el atuendo diario, no es un costo que esté dispuesto a presupuestar.)

Ya vestido, mira de nuevo el reloj en su cuarto. Es hora de salir. Se cerciora de traer consigo las llaves con el llavero de La Virgen. Finalmente, viéndose en el reflejo de la puerta, insufrible conexión con la frivolidad citadina, mete su mano derecha en la bolsa interior de su chamarra de poliéster negra para sentir la cacha de su nueve milímetros, la misma que utilizó su mujer para suicidarse.

(Heredero de un conocimiento otorgado exclusivamente a gente podrida, admite que la verdadera muerte es el olvido y no quiere vivir sin ella.)

Cierra la puerta del departamento y sale a trabajar. Por último, improvisa una visión: sus ojos chatos y viejos se insertan en la mirada transparente que sólo se puede extirpar de un persona a punto de morir.

(Realmente, antes de abandonar su casa, intenta descifrar si las Chivas juegan el sábado o el domingo.)

Fuga de talento

Hoy huí de ti y terminé en una cantina. Sabes que no soy sociable, que me molesta si me preguntan una dirección, que sólo puedo conversar con el libro de mi bolsillo, que prefiero caminar los domingos en las noches y que si te conocí fue por mutua introversión.

A esta hora, ya te veo ahogada en Jack Daniels, aferrándote a un par de hielos salvavidas. Tus ojos se convierten en burbujas; primero observan hacia arriba pidiéndome que no los deje de mirar, después me ven hacia abajo compadeciendo mi nula fuerza de voluntad.

El salero de cristal reclama atención. Los granos en la mesa forman un ejército de mal augurio Una megalomanía súbita impulsa mi mano hacia el salero, ejecutando, en un movimiento, una leva accidental. Las pizcas blancas se mantienen quietas, atentas a un próximo ataque. Las yemas de los dedos ejercen un holocausto y en un soplido, La Fina desaparece de la mesa.

Inmune a ideas pesimistas, juego a hacer las cosas mal. A comprar expectativas rotas, a salirme de la línea cuando coloreo, a contar las páginas que me faltan por leer. No suelo jactarme de mis buenas acciones: el reconocimiento es una puta de aparador.

Producidos en serie, los tragos nunca abandonan mi mano. Como método de financiamiento, empeño mi hígado. El mesero es un ignominioso valuador: con el préstamo que recibo compro un poco de consuelo.

Antes de que mi cuerpo boicoteé mis ideas, escribo un párrafo en una servilleta. Justo en el verbo disculpar cae una gota de whiskey. El alcohol diluye la apología y mis reivindicaciones. El ruido y el mosaico de olores asustan mi equilibrio. Entre tanto barullo, me refugio en tu colección de sonrisas: las minimalistas que dibujabas al despertar, las conspiradores cuando maquilabas un piropo, las astronautas cuando salías de este mundo en mi cama y esas violetas, cosecha  directa de los fragmentos de colores que sembrabas en mi espalda.

Las canciones de cantina me ahuyentan. La gravedad está enardecida. Salgo y noto que estás en mis venas. Me llenas la sangre de una estupidez encantadora. Resultado: la resonancia de tus tristezas me tambalea de izquierda a derecha, nunca al revés para no atentar contra tus tendencias políticas. En ese vaivén, la luna se ensalza como un acosador faro. La persigo como una mosca estafada que visita un foco y fallece electrocutada.

En mi peregrinar, las señales de tránsito me advierten de no seguir, de dar vuelta en u, de detenerme, de no acelerar. La noche embriagada de cotidianidad, vomita las frustraciones de la ciudad.  El verdadero burdel está en las calles. El miedo y la nostalgia fornican sin pudor. La memoria es un hotel barato. Y yo, el conserje que limpia la porquería que deja el amor.

El aire pegajoso y la necedad insoslayable de seguir caminando, sugerencia subliminal del Johnny Walker en mi blazer azul oscuro, generan una falla mecánica en mis piernas. Un alto es impostergable. Descanso sobre la reja de un estacionamiento público. El intermedio requerido suscita un recuento histórico de la travesía noctura. En síntesis: no recuerdo el porqué de mi huída. Repaso algunos escenarios proclives a enojos sulfurantes, propios de una relación más que fraternal: cuando tú y yo peleábamos, nos callábamos; las letras no tenían que sufrir nuestras molestias; si caíamos en el recurso fácil de proclamarnos soeces zalamerías, lo hacíamos en lenguas muertas para no revivir cariños pasados y si te escribía cartas de perdón, borraba los espacios entre palabras para darme la ilusión, al menos ahí, de que aún estábamos juntos.

Tomo aire y camino cinco o diez minutos. Las grandes puertas grises de metal me dan la bienvenida. Saco la llave y quitó el candado de la reja. Entro. Dejo 50 pesos en la caseta de Caronte, personaje con un sobrenombre adjudicado a tu inventiva pero que en realidad, el apodo, era herencia robada de Molkas, Fabricio y Palinuro.

Mis pasos ligeros detonan el lodo en el piso. El rectángulo isósceles al frente confirma mi acertada localización. De nuevo estoy aquí, hablándole a tu tumba. Esperando que mis palabras sean lombrices mensajeras, que tu ausencia no me pese tanto, que este cementerio sepulte la culpa, la maldita culpa de no haberme muerto primero.

Aún me gusta hablarte mientras duermes. Ansío el silencio y me permito inventarte respuestas, mentiras de alquimia recomendadas para no olvidar. Cuando el alcohol se termina, el resumen noticioso también. Alzo los ojos para interceptar una señal: tu epitafio es la alarma que anuncia el final de un sueño. Me cubro la cara con el cuello del blazer azul oscuro y camino. Antes de irme, volteo y leo de nuevo. “Siempre seremos minotauros”. Sonrío y sigo caminando.

Amamos odiar

Mírame. No dejes de verme. Soy un escritor real contando una historia real. Una historia de amor fea. No tendrá un final feliz. La gente odia los finales felices. Amamos odiar.

Ésta es la clase de historia que uno cuenta sólo para recordar lo idiota que ha sido. Que es. Y que será siempre. Contar ciertas historias es suicidarse. Amamos quejarnos. Amamos nuestro drama. Pero nunca jamás lo admitiremos.

Soy un escritor real contando una historia real. Mírame. No dejes de verme. El día que desaparezca para siempre será el primer día que no me veré desaparecer. Todos los días somos menos. Cumplir años no significa crecer. Hay miles de cosas que nos disminuyen: el tiempo, la gente, el ruido, el miedo. Y además no quiero crecer.

Madurar es en realidad aceptar el deterioro. Un viejo es un joven necio. Un muerto es aprender a nacer. Todo está en nuestra contra: la fuerza de gravedad y el sentimiento de culpa. Todo nos mata: respirar y estar vivos.

Siempre habrá demasiado calor o demasiado frío. El humor de tus padres nunca será lo que quieres. Tus amigos te defraudarán. Siempre habrá mucho aire o estará lloviendo. Siempre tendremos alguna excusa para no vivir la vida que quisiéramos vivir.

Y luego está Ella: mirarla es detener el tiempo: parar el deterioro: crecer hacia atrás. Y luego estoy yo: todo eso que no he aprendido a ser. Ella. Yo. Hacernos niños hasta envejecer.

Rompecabezas/V

El cuarto en el que estoy es gris. La ventana a mi derecha mide, aproximadamente, cuatro metros. Es un día nublado, ha llovido toda la semana. Siento un ancla en mi espalda. Estos 28 años pesan como nunca.

Esa ventana permite la entrada de algunos rayos de sol. Uno se pasea en mi cara, particularmente en mi ojo derecho, el que decías que guardaba girasoles cuando estaba feliz. La posición en la que me mantengo, la cabeza recargada en una almohada, otorga una vista panorámica pero estática. Consigo reconocer el sucio techo, la mesa frente a mí con una jarra de agua y un florero con un alcatraz marchito, el sillón individual en la esquina derecha y el biombo de plástico azul a la izquierda.

No logro escuchar con claridad. Algún tipo de máquina, un reloj o una radio, emite un aullido constante. Escasamente se advierte el estertor de ese aparato moribundo.

Entras, no volteas a verme. Te diriges directo al sillón. Sentada, sacas de tu bolsa un libro. Por la portada arrugada verde azulosa, me parece que es la antología de Felisberto Hernández que te regalé y nunca leíste. Noto algo distinto: tu cabello está peinado con una cola de caballo y fleco levantado, con un poco de crepé; soy fanático de esa composición. Te sientas y lees. Intento hablarte, no respondes.

No insisto en llamar tu atención y me concentró en otras distracciones. Huele a enfermo. El olor es molesto, no por el recordatorio forense, sino por la paranoia cristalina. Nos imagino agonizando en terapia intensiva, empiezo a diagnosticarnos posibles males de salud: tus senos padecerían síndrome de Estocolmo como daño colateral de mis manos enfermas de Parkinson, nuestras lenguas contraerían, a la par, dislalia; mientras las pelvis serían clasificadas como siameses.

Dejas el libro en la mesa. Comienzas a cantar en voz baja: sé que estás nerviosa. Aquel método lo empleas como calmante, un placebo. Tarareas una tonadita que recuerdo de memoria, los susurros se hacen serenata: “I’ve got a cupboard with cans of food, filtered water, and pictures of you and I’m not coming out, until this is all over.” Te levantas a cerrar las persianas. Tu cuello se sincroniza con tus labios:… “And we´ll become silhouettes when our bodies finally go.”

Una fantasmal bata blanca entra seguida por un comité de mujeres en cofias. Entablas un debate con la bata blanca. Una seriedad fulminante inunda el cuarto. Los sonidos se transforman en códigos difusos e indecifrables. En un silencio pasmoso, veo ahogarse un “ya”, un “así”, un “sufriendo” y un “amo”.

La bata blanca se acerca a mí ocupando un lado de mi cabeza. Tú te quedas junto a la mesa. Tus ojos se ven más claros que nunca, parecen tranquilos y perturbados. Te fijas en los míos y veo mi reflejo en ellos.

—Desconéctelo, doctor— solloza Regina.