Fuga de talento

Hoy huí de ti y terminé en una cantina. Sabes que no soy sociable, que me molesta si me preguntan una dirección, que sólo puedo conversar con el libro de mi bolsillo, que prefiero caminar los domingos en las noches y que si te conocí fue por mutua introversión.

A esta hora, ya te veo ahogada en Jack Daniels, aferrándote a un par de hielos salvavidas. Tus ojos se convierten en burbujas; primero observan hacia arriba pidiéndome que no los deje de mirar, después me ven hacia abajo compadeciendo mi nula fuerza de voluntad.

El salero de cristal reclama atención. Los granos en la mesa forman un ejército de mal augurio Una megalomanía súbita impulsa mi mano hacia el salero, ejecutando, en un movimiento, una leva accidental. Las pizcas blancas se mantienen quietas, atentas a un próximo ataque. Las yemas de los dedos ejercen un holocausto y en un soplido, La Fina desaparece de la mesa.

Inmune a ideas pesimistas, juego a hacer las cosas mal. A comprar expectativas rotas, a salirme de la línea cuando coloreo, a contar las páginas que me faltan por leer. No suelo jactarme de mis buenas acciones: el reconocimiento es una puta de aparador.

Producidos en serie, los tragos nunca abandonan mi mano. Como método de financiamiento, empeño mi hígado. El mesero es un ignominioso valuador: con el préstamo que recibo compro un poco de consuelo.

Antes de que mi cuerpo boicoteé mis ideas, escribo un párrafo en una servilleta. Justo en el verbo disculpar cae una gota de whiskey. El alcohol diluye la apología y mis reivindicaciones. El ruido y el mosaico de olores asustan mi equilibrio. Entre tanto barullo, me refugio en tu colección de sonrisas: las minimalistas que dibujabas al despertar, las conspiradores cuando maquilabas un piropo, las astronautas cuando salías de este mundo en mi cama y esas violetas, cosecha  directa de los fragmentos de colores que sembrabas en mi espalda.

Las canciones de cantina me ahuyentan. La gravedad está enardecida. Salgo y noto que estás en mis venas. Me llenas la sangre de una estupidez encantadora. Resultado: la resonancia de tus tristezas me tambalea de izquierda a derecha, nunca al revés para no atentar contra tus tendencias políticas. En ese vaivén, la luna se ensalza como un acosador faro. La persigo como una mosca estafada que visita un foco y fallece electrocutada.

En mi peregrinar, las señales de tránsito me advierten de no seguir, de dar vuelta en u, de detenerme, de no acelerar. La noche embriagada de cotidianidad, vomita las frustraciones de la ciudad.  El verdadero burdel está en las calles. El miedo y la nostalgia fornican sin pudor. La memoria es un hotel barato. Y yo, el conserje que limpia la porquería que deja el amor.

El aire pegajoso y la necedad insoslayable de seguir caminando, sugerencia subliminal del Johnny Walker en mi blazer azul oscuro, generan una falla mecánica en mis piernas. Un alto es impostergable. Descanso sobre la reja de un estacionamiento público. El intermedio requerido suscita un recuento histórico de la travesía noctura. En síntesis: no recuerdo el porqué de mi huída. Repaso algunos escenarios proclives a enojos sulfurantes, propios de una relación más que fraternal: cuando tú y yo peleábamos, nos callábamos; las letras no tenían que sufrir nuestras molestias; si caíamos en el recurso fácil de proclamarnos soeces zalamerías, lo hacíamos en lenguas muertas para no revivir cariños pasados y si te escribía cartas de perdón, borraba los espacios entre palabras para darme la ilusión, al menos ahí, de que aún estábamos juntos.

Tomo aire y camino cinco o diez minutos. Las grandes puertas grises de metal me dan la bienvenida. Saco la llave y quitó el candado de la reja. Entro. Dejo 50 pesos en la caseta de Caronte, personaje con un sobrenombre adjudicado a tu inventiva pero que en realidad, el apodo, era herencia robada de Molkas, Fabricio y Palinuro.

Mis pasos ligeros detonan el lodo en el piso. El rectángulo isósceles al frente confirma mi acertada localización. De nuevo estoy aquí, hablándole a tu tumba. Esperando que mis palabras sean lombrices mensajeras, que tu ausencia no me pese tanto, que este cementerio sepulte la culpa, la maldita culpa de no haberme muerto primero.

Aún me gusta hablarte mientras duermes. Ansío el silencio y me permito inventarte respuestas, mentiras de alquimia recomendadas para no olvidar. Cuando el alcohol se termina, el resumen noticioso también. Alzo los ojos para interceptar una señal: tu epitafio es la alarma que anuncia el final de un sueño. Me cubro la cara con el cuello del blazer azul oscuro y camino. Antes de irme, volteo y leo de nuevo. “Siempre seremos minotauros”. Sonrío y sigo caminando.

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