Apodos y amantes
Éste era el día más importante en la vida de Carlos Castellanos. La fecha en que dejaría de ser otro oficinista vendedor de tarjetas de serotonina, de pedacitos de papel con pensamientos insulsos narrados por un perverso locutor de radio, capaces de provocar reflexiones baratas en los crédulos oyentes.
Con más de 10 años laborando en ese infierno de teléfonos y corbatas, hoy, como resultado de su constante esfuerzo, llegaría a ocupar un puesto gerencial, con un cubículo propio y lugar de estacionamiento para el automóvil compacto que no tenía.
Desde que llegó a este edificio, sin que lo notara, fue perdiendo el sentido común. Nada más letal que 10 horas de llamadas cordiales a desconocidos mientras se finge comodidad en una silla secretarial que apenas soporta unas nalgas de tamaño regular.
Pese a su obvia degradación humana, nunca perdió la motivación, sustancia extraída de las autoterapias de aplausos que practicaba antes de salir. Esta actitud positiva le consentía una estúpida confianza canalizada en bromas de administrador. Si alguien, en una ráfaga de lucidez, menospreciaba la puntualidad burocrática, Carlos Castellanos, con un aire de superioridad vacía, ladraba un buenasnoches. Reflejo fiel de la extinción del buen humor.
El malabarismo del marcatextos, interpretado torpemente por sus dedos, descubría su nerviosismo. “Falta una hora”, dedujo al ver el reloj en la lenta computadora. Al medio día, momento mesiánico para concretar su ascenso, entraría a hablar con el jefe.
Concentrado en su prometedor futuro, no advirtió el barullo suscitado en la cocina. Otro colega, uno con un nombre parecido a tantos, le extendió una rebanada de pastel. Era el cumpleaños de Conchita -siempre hay una Conchita-. “Felicidades”, susurró para la cumpleañera y para él.
Tan pronto como terminó el pedazo de pastel, miró de nueva cuenta el reloj. Era hora. El jefe, un señor de 50 años adicto al Excel, lo estaba esperando. Carlos, el ya casi gerente, se percató de un escalofrío en su cuerpo. El sudor que siguió esta acción recorrió sus brazos, espalda y estómago. “Los nervios”, concluyó inseguro.
El jefe, convertido en un ilustre mensajero, le indicó con una mirada que se sentara. Castellanos, aún sudando, hizo caso. Una corriente eléctrica le sacudió el estómago. El jefe empezó a hablar sobre esfuerzo, compromiso y recompensa. Él sintió el aterrador retortijón que tanto temía. ¿De qué era el pastel? Olvidó preguntar, error imperdonable en la protección de su frágil metabolismo. ¿Tres leches, rompope? “¡Puta madre!”, se injurió a sí mismo.
Él conocía el desenlace: o liberaba una flatulencia o tendría que usar el repuesto de calzón que secretamente guardaba en su cajón. Cruzó las piernas como si le cerrara la puerta a un vecino indeseable. No logró apaciguar su angustia. Poseído por una punzada que le acalambraba todo su ser, corrió salvajemente al baño. El jefe se quedó callado.
Carlos Castellanos consiguió el puesto. También adquirió, como lección extra, una leve revelación: “Hay dos cosas que todas las personas saben sin decirlas: tus amantes y tus apodos”. A dos años de su ascenso, considera preferible ser conocido como el “Gerente CaCas” a volver todos los días a casa sin ser mirado a los ojos.

