Cualquier día de trabajo
Con insignificantes diferencias, todo empieza igual. Se despierta a las 7:03 sin la intromisión de algún retraso impertinente. El primer espejismo del día al que cae rendido es el reloj, objeto chantajista y timador.
(El hombre sabe que cada hora es la misma hora. Ha comprobado que las personas mienten, que las verdades son accidentes a las que no sobrevivimos y que somos la repetición ineludible de errores ancestrales.)
Toma prestada la energía desmayada en el colchón y se levanta. Las cobijas son olas de apatía que obstruyen sus movimientos frontales. Brazalea fuertemente hasta quedar libre; regresa a tierra y pone los pies en el piso. Trota en dirección al inodoro a tirar los recuerdos hediondos del alcohol de anoche.
(Tiene el hábito secreto de cagar temprano. Intuye que esta vida está empapada de mierda como para, tan temprano, derramar aún más.)
Llena una cubeta roja con agua del lavabo (la bomba del tanque no sirve) y la vacía sobre la taza azul mohosa. En el espejo con el marco oxidado, mientras remoja sus manos con jabón Golden Hills, observa su cara aburrida y encogida. Las lagañas recorren las comisuras en sus párpados como canicas verdes. El rostro presume el cochambre inamovible que dejan las frustraciones. Todavía amodorrado, abre la regadera y se baña con agua fría.
(Espera que algún día, con esas pequeñas dosis de baja temperatura, sus remordimientos se congelen y le permitan trabajar felizmente.)
Seca la humedad con la toalla, souvenir indestructible de un solitario viaje a la playa: delfines, tortugas y peces se pasean por la entrepierna y axila anhelando el regreso a casa. Con la toalla amarrada a la cintura, coge el cepillo de dientes y cepilla con una tranquilidad pasmosa.
(Para él, esa tranquilidad nunca sería pasmosa. Piensa que los adjetivos delatan la filosofía de cada individuo y obsequiarle uno tan pretencioso al simple hecho de limpiar la suciedad de su boca con una escoba de mano, le parece innecesario.)
Del clóset, casi sin ver, saca su uniforme de gente común. Los pantalones Dockers y una playera polo cumplen sus requisitos de vestimenta. Se coloca la chamarra de poliéster negra, único refugio del perfume Estée Lauder que usaba su esposa.
(Ella, su mujer, insistía en mejorar su look. Él cree que la ropa es un adorno que sólo combina con el suelo y desperdiciar su batería de decisiones con el atuendo diario, no es un costo que esté dispuesto a presupuestar.)
Ya vestido, mira de nuevo el reloj en su cuarto. Es hora de salir. Se cerciora de traer consigo las llaves con el llavero de La Virgen. Finalmente, viéndose en el reflejo de la puerta, insufrible conexión con la frivolidad citadina, mete su mano derecha en la bolsa interior de su chamarra de poliéster negra para sentir la cacha de su nueve milímetros, la misma que utilizó su mujer para suicidarse.
(Heredero de un conocimiento otorgado exclusivamente a gente podrida, admite que la verdadera muerte es el olvido y no quiere vivir sin ella.)
Cierra la puerta del departamento y sale a trabajar. Por último, improvisa una visión: sus ojos chatos y viejos se insertan en la mirada transparente que sólo se puede extirpar de un persona a punto de morir.
(Realmente, antes de abandonar su casa, intenta descifrar si las Chivas juegan el sábado o el domingo.)


No termina de convencerme tu estilo… es muy parecido al de Carlos… pero me gusta el proyecto…