Una historia con un mal final I
Ayer compré un revólver. Un viejo cacharro de manufactura estadounidense, con la madera desgastada y el metal raído. Debía tener unos 60 años, aunque su letal función continuaba intacta, al menos eso dijo el tipo que me lo vendió por dos mil pesos.
Recuerdo que en la escuela me decían que los finales de mis historias eran malos, sin chiste. Mi madre, que yo era un irresponsable, porque todo comenzaba y nada terminaba. Pensé que un lunes sería un buen día para cambiar. Había un montón de historias inconclusas moviéndose por la calle. Muchas eran de tristeza. Todas podían tener un final decoroso y yo podía encargarme de eso.
Me guardé el arma, la atoré con el cinturón. Sentí el esplendoroso poder de la conclusión en la cadera, su frialdad. Caminé. La noche me pareció preciosa.
Me vino a la cabeza un viejo pasaje mitológico: El Rey Midas busca al sátiro Sileno, quien tenía el don de la sabiduría cuando estaba ebrio, para preguntarle qué es lo mejor que le puede pasar al hombre. El sátiro, renuente, tuvo que ceder a la mundana y avariciosa insistencia del Monarca: “Lo mejor para todos los hombres y mujeres sería no nacer. Si nacen, lo mejor que les puede pasar es morir pronto”.
Podía remediar el error de Dios fácilmente, y estaba buscando a quién concederle la gracia, antes de concedérmela a mí. Venimos a hacer el bien ¿no?

