Que no ría tan pronto la aspidistra

En una antigua vecindad cerca de la Ciudadela, un inquilino recién instalado rompe la maceta ubicada justo afuera de su departamento. Esta maceta, que apenas muestra rastro de vegetación, esconde una caja de madera.
La caja está carcomida por la humedad y el tiempo pero ha preservado el contenido en buen estado. Dentro de la caja se halla un sobre y una bolsa negra de plástico forrada con cinta canela. El nuevo inquilino, como lo haría usted o yo, no resiste el enigma y primero abre el sobre, el cual contiene la siguiente nota:
Al que leyere, he de advertirle que éste es un último acto de subversión. Mas esa actitud beligerante no lo exime de su verdadera naturaleza: un tributo a lo pusilánime.
Consciente de que la rutina nos domestica, escojo esperar una explosión cada vez que enciendo el automóvil. Morir en esas estupideces que llamamos tragedias: kamikazes con delirio de persecución, perros callejeros con miedo a cazar, hombres satisfechos por comer carroña.
¿Y no es eso lo que todos buscan: tres comidas, una línea telefónica y envidia? ¿No son las drogas un recordatorio de lo que perdimos? Una pausa en un juego sin riesgo, con seguros de vida, café descafeinado, cerveza sin alcohol. Una maldita colmena de abejas pretendiendo ser águilas.
Los días se acaban y como una amnesia endémica, quemamos todo vestigio de agitación. Olvidamos que excavar epifanías de la incertidumbre es aletargar el ingreso a un tumulto de gracias y porfavores.
Y si esta declaración le infunde una impresión de insubordinación, tírela de inmediato y aproveche el regalo anexo. Haga que no ría tan pronto la aspidistra.
W. G.
Tras concluir con la nota, el nuevo inquilino, desconfiado por la frase de cierre, regresa al departamento. Al entrar, despeja un espacio entre el escombro y se sienta. Contempla el paquete en sus manos y con un aspaviento de catador, palma el contenido.
En cuanto termina de examinar, confirma su sospecha. Entonces, un punzante cosquilleo le abarrota los pómulos. Con los años, el inquilino percibirá este hecho aislado como un patrón.
Aquel cosquilleo, con aura de virgen recuperada, se le presentará 20 años después. El inquilino, instalado en otro refugio, observará caer una maceta de una terraza aledaña y será sobrecogido por una sensación de agradecimiento y derrota. La olvidará en seguida, como parte de todo lo inconcluso que se impregna en las arrugas.
