Agua en vino

Ezequiel no sabía por qué, pero en cuanto avistó el primer relámpago sintió ganas de orinar. Adormilado, abandonó el sillón y caminó al baño. Afuera comenzaba a llover.

En el trayecto al sanitario, otro relámpago se suscitó a la distancia. Ezequiel, al percibir el destello violeta que se desprendía de miles de venas en el cielo, titubeó. Aún quería orinar pero algo en ese resplandor le pedía auxilio.

Empujado por la lozanía recién recuperada, Ezequiel postergó la evacuación que lo orilló a pararse primeramente. Nunca cruzó por su cabeza la incontinencia que los doctores tanto vaticinaban y acudió a la azotea.

El lugar estaba atiborrado por una mezcolanza de objetos olvidados: tabiques rotos, tendederos oxidados, antenas de televisión satelital, láminas enmohecidas, cisternas negras y cajas de Coca Cola. Aún así, Ezequiel encontró un halo de gracia en aquel desperdicio.

Mientras la lluvia se precipitaba amablemente, un escalofrío le penetró la piel. No era un síntoma de éxtasis pero la corriente que trepaba dentro de él le causaba una leve satisfacción.

Aunque Ezequiel no se inclinaba suicida, el filo del edificio lo cautivaba. Escuchar la resonancia de las gotas, rebotando en el asfalto, le daba confianza. Con cierto alarde, Ezequiel trepó la orilla, bajó la cremallera y soltó los diques.

Abajo, un franelero se aproximaba a la fachada del edificio en busca de refugio. Ezequiel, todavía orinando, observó algo familiar en el sujeto. La torpe oscilación de su caminar era inconfundible. El franelero patizambo trabajaba a una cuadra del edificio de Ezequiel y en ocasiones solían toparse sin mucho interés el uno sobre el otro.

Justo antes de interrumpir su pequeño momento escatológico, Ezequiel contempló un relámpago crecer en todos los hilos de lluvia que se tejían en la atmósfera. Su vista, súbitamente, fue llenada con un violeta tan profundo que lo cegó.

En los tres segundos de oscuridad, un diminuto flujo de orina cayó sobre el franelero. El flujo fue imperceptible. Le siguió otro destello violeta de menor intensidad que ocupó el cuerpo del franelero y lo hizo capaz de correr.

Al arreciar la lluvia y tras recuperar la vista, Ezequiel notó que el escalofrío había desaparecido. El franelero, que tampoco advirtió nada extraordinario, culpó a la fuerte tormenta de su nuevo andar.

Ezequiel subió la cremallera y regresó al departamento ignorando la panacea que poseía en la entrepierna. Que un hombre como él tuviera un don tan particular no se prestaba a debates esquivos, sino a ese mandato que impide a los marginados convertir agua en vino.

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