Sangre y llamas

Comienza a sospechar. Hoy me preguntó, peculiarmente, sobre su libro. No lo he visto, dije. Pero claro que lo había visto. Si yo mismo, desde hace algunos meses, me he dedicado a esconder toda la literatura que pasa por su manos.

El método es simple. Espero un día a que le interese un libro. Si terminando el día el libro sigue en su poder, entonces entro yo. Tomo el libro mientras duerme. Su sueño es de tapa dura por lo que es imposible despertarla. Escondo el libro en mi ropa y lo saco de la casa a la mañana siguiente. Aguanto varios días a que lo extrañe, a que empiece a olvidar la trama o que la frase que tanto la cautivó en un principio, pierda sintaxis al citarla. Cuando está a punto de tomar otro libro resignada por haber extraviado el anterior, hecho que le sucede habitualmente, lo libero.

Misteriosamente, para ella, los volúmenes aparecen siempre en el sillón rojo. El rencuentro casual no tarda en suceder y ella, vorazmente, regresa a la lectura sin hacerse conjeturas sobre su retorno. Su mirada, con el libro en mano, se inunda de reconciliación y no se levanta del sillón hasta terminar el libro.

Esta estrategia, sacada de un (mal) libro policíaco, no la ejecuto para trastornarla. Las razones, aunque egoístas, son más triviales de lo que parecen. Ese sillón rojo se convierte en un templo donde verla leer un libro, cualquier libro, me irradia una necesidad brutal de contar algo y donde ella adquiere un carácter elevado de estatua mutilada a la que es obligado venerar.

Cuando está leyendo y el sillón rojo parece abrazarla, las sombras de su cuerpo son medios tonos que increíblemente le hacen justicia. Y precisamente eso, verla leer, distinguir el arrebato que le sucede cuando sus ojos se mueven insondables por las líneas, me produce un lirismo inusual. Porque cuando ella lee en ese sillón, a mí me dan ganas de contar algo, de improvisar una frase llena de crudeza, de lanzar palabras queriendo atinarle, de aventar un texto como se tira una cachetada que te enfría el pecho en un verano que no es verano.  De escribir y que me lea, con sangre y llamas.

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