Justo como los dinosaurios

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Sientes el estallido de tu cabeza y un dolor en el pecho por la sangre estancada en tus venas. Apenas te mueves. “Todo en exceso es malo, hasta la güeva”, piensas. Aún así, sabes que continuar en la cama a las 2 PM en sábado, es la práctica más sencilla del estoicismo, y por eso es tan común.

Sientes el aire cálido, ya horneado por el sol durante ocho horas, entrando por la ventana. Y con él te llega ese olor a vida que en días laborales no puedes percibir por tu propia sustracción del entorno, originada por el sentido del “propósito” y tu fijación por el dinero.

Escuchas las voces de la gente y los árboles en la calle, todo ese movimiento del que no estás siendo parte. Piensas en la imagen caricaturizada de Dios  tirado en una cama gigante de nubes, escuchando los gritos de auxilio del mundo sin  mover un dedo. Quizá esto sea lo más cercano a la divinidad.

Sólo en este estado parasitario te das cuenta de que la trascendencia es una construcción mental para tranquilizarte en vida, y que da igual si te mueves a cambiar el mundo, o te quedas ahí tirado con las tripas crujiéndote por el hambre. Después de todo, cuando la humanidad se extinga y con ella la historia, el amor y el dinero, probablemente el único rastro que quede sean los huesos petrificados de un tipo echado en cama durante la gran explosión, justo como los dinosaurios.

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