Este no es un día especial

//ernest vail

DzwAH

Este no es un día especial. Este es un día cualquiera. Me gustaría que no fuera así pero también me gustaría que los aviones cambiaran su ruta y no pasaran sobre mi cabeza. Lo que intento decir es que el mundo es lo que es y que nosotros somos lo que somos.

Y me gustaría poder mentir y que terminaras por creer que sí, que hoy es un día especial. Que inventaron esa máquina que puede hacer que cierres los ojos y al abrirlos estés en otra parte, esa otra parte donde siempre has querido estar, el lugar que elegirías si alguien te diera la oportunidad de poder escapar. Mentirte tan bien que dijeras que sí, que todo eso puede ocurrir.

El problema es que ambos vemos el mundo sin el velo que tienen los demás. Y sabemos que nada va a cambiar. Y lo vemos así, paradójicamente, porque estamos juntos. Nunca estuvo planeado pero hoy todas las cosas que miro a tu lado son brutalmente reales. Aterradoras.

Ver el mundo contigo es ver que no hay demasiadas oportunidades. ¿Tendríamos más ilusiones si estuviéramos solos? Es probable que sí. Aunque también es probable que solo nuestra nada fuera más grande.

El caso es no nos podemos arriesgar. No me puedo arriesgar a seguir sin ti. Porque creo que lo estamos haciendo bien. Estamos haciendo lo mejor que podemos hacer. Y si sabemos todo esto, entonces vamos a pensar que sí, que hoy es un día especial.

Entonces respira lento. Vuelve a respirar. Tírate a la cama y sigue respirando. Vamos a respirar. A sentir que lo estamos haciendo. Que solo juntos estamos realmente viviendo. Y luego toma mi mano. Toma mis dos manos. Siente el calor. Siente que hay pulso. Siente que respiramos y que hay pulso. Y abrázame fuerte. Tan fuerte que duela. Y si podemos sentir que estamos respirando y podemos sentir nuestro pulso y podemos sentir el dolor de abrazarnos, entonces todo va a estar bien.

Nunca hemos dejado de huir

//sergio solís

Victor-Morales-LM

—Hay estupideces que las drogas nunca podrán atenuar —me dice para alejarnos de la multitud.

Entonces recorremos varias cuadras para evadir a las personas. Seguimos aletargados y tardamos en apartarnos. Cuando el ruido disminuye de forma considerable, nos topamos con un parque vacío levemente iluminado. Mientras nos internamos, bebemos de una pequeña botella azul que al pasar por debajo de las luces, desprende un destello amarillo que se refleja sucesivamente en el piso y en nuestra ropa. Dejamos de caminar cuando el destello desaparece bajo una farola de luz intermitente.

Y entonces ella decide contarme algo. Parece que es una historia personal porque se concentra en no conmoverse. Ha dejado de mirarme y voltea al lado contrario. Queda de perfil viendo a los árboles menos iluminados. Y entonces me habla de un cuadro que soñó.

—Había algo en esa pintura que sentía que me hablaba —comienza a relatar mientras a sorbos bebe de la botella azul—. No era un cuadro grande ni llamativo pero yo sabía que ese cuadro tenía algo que decirme que no lograba comprender porque en el sueño yo me veía a mí misma observar el cuadro por un largo rato sin decir ni una palabra. Nunca me había visto tan ensimismada.

El cuadro, como lo recuerda ella, mostraba un paisaje en tonos verdes y amarillos. Era un bosque atravesado por una mancha verde con leves brochazos de luz. Según los tonos amarillos que se sobreponían al verde de los árboles, el sol se encontraba del lado derecho. El contraste cromático hacían de este cuadro un simple paisaje. Ni bonito ni feo. Solo un bosque con una indescifrable mancha verde.

—Entonces, cuando volteo a ver el cuadro que yo misma estoy viendo, mi mirada se enfoca en esa mancha verde y digo unas palabras que no consigo recordar —me explica como queriendo finalizar. En esta parte interrumpe su relato, me pasa la botella, espera a que beba y la toma de nuevo. Está tan concentrada que no se percata de que nos la hemos terminado.

Cuando ella decide beber de nuevo, siente la levedad de la botella, la mueve un poco y la tira sin romperla. Entonces voltea a verme y con los ojos me dice que mire a la derecha. Observo a lo lejos a un policía. Parece querer alcanzarnos porque camina más rápido conforme se va acercando. Y entonces corremos. Pero lo cierto es que no solo estamos corriendo, sino que estamos huyendo. Y no huimos de un policía, huimos de todas esas cosas que no hemos podido traicionar.

Cuando terriblemente agitados nos detenemos, advertimos que nadie nos sigue. Ella se recarga en una pared mientras yo deambulo en pequeños círculos. Cuando la miro de nuevo, sus ojos tienen un fuego seco que jamás había visto. Y ahí me doy cuenta que esta chica ha huido toda su vida. Que huir es su forma de sobrevivir. Que la permanencia es una cárcel que ha evitado siempre.

Aún con la adrenalina en las venas, caminamos alejándonos. Pero en realidad yo sé que estamos huyendo porque no hay nada que me haga querer voltear atrás.

Tener a dios de frente

//ernest vail

notener

El chico dice: “No vale la pena que sepas su nombre porque de cualquier modo no la conoces, pero es tan bonita como tener a dios de frente”. Pero el amigo del chico dice: “Yo creo que eres un mentiroso hijo de puta y que te la estás inventando”.

Eso pasa los sábados por la noche. Los chicos hablamos de mujeres a las que supuestamente conocemos pero nunca decimos sus nombres.

Y aunque hoy es sábado por la noche estoy un poco harto de toda esa mierda y me he quedado en casa para acumular nuevas desgracias. Y me he quedado en casa porque ya no me entusiasma hacer lo mismo de siempre: fiestas y sonrisas y otro nombre que después no voy a recordar o voy a recordar pero no voy a querer mencionar en la conversación del sábado siguiente.

Así que me he quedado en casa y de pronto he escuchado que algo hace ruido debajo de la cama. Y no es lo mismo de siempre, quiero decir que no es solo miedo. Y podría asomarme pero ahora mismo no tengo un revolver en las manos y aunque lo tuviera no sabría cómo usarlo.

Al final decido acercarme y es cuando esa cosa pequeña sale y empieza a hablarme. En realidad lo único que hace es interrogarme.

─¿Chico, qué demonios hay en tu cabeza?

─No lo sé. Creo que estoy cayendo todo el tiempo.

─¿A qué te refieres con eso?

─A que me siento como si perteneciera a una generación a la cual la muerte ya no quiere y entonces tuviéramos que vivir para siempre.

─¿Y eso te molesta?

─Bueno, no digo que no me guste. De hecho amo esta era. Conectarme a Facebook y creer que mi opinión cuenta. Fumar porquería, automedicarme y desviar la atención. Negar la realidad.

─¿Entonces por qué no fuiste a la fiesta?

─Sé que debería de haber ido y sonreír y aprenderme un nombre. Pero tengo la sensación de que las cosas pequeñas empujan con demasiada fuerza y que podrían derribarme.

─¿De qué mierda estás hablando?

─De que a veces me siento fuera de todo pero eso no quiere decir que no envidie a muchos de los que están dentro de todo.

─¿Y te has sentido así siempre?

─Solo últimamente. Deberías verme en mis días buenos. No escribo para nada esta basura inmortal. Escribo mensajes privados por Facebook a 20 chicas distintas. Y ni siquiera el mismo mensaje sino mensajes distintos con vidas distintas.

─¿Entonces en general estás bien?

─En general todos estamos bien. Solo me inquieta no saber qué eres y por qué me estás hablando.

─¿Te doy miedo?

─Es solo que creo que finalmente me he vuelto loco de alguna de las mil formas posibles en las que podemos hacerlo.

─¿Qué estabas haciendo antes de hablar conmigo?

─Me masturbé una vez y luego me puse a ver fotos viejas. Creo que siempre fui mejor en el pasado.

─¿Y qué piensas hacer el resto de la noche?

─Voy a ponerme a escribir frases de muerte en Facebook. Y mensajes privados.

─¿Por qué lo haces?

─Porque todas las chicas tienen el corazón roto.

─¿De veras te crees esa mierda?

─No, pero suena mejor decir eso a decir que las estoy utilizando. Que mejoro mi estilo. Que son mi taller literario.

─¿Así que piensas escribir un libro?

─Bueno, no se trata solo de un libro. Voy a escribir cien mil putas palabras que cambien el curso del mundo. Incluso tengo un título. Va a llamarse: Hoy el cielo se derrite en un azul pálido y las nubes son pequeñas y el sol está hermoso y todas las mujeres del mundo deciden morir desangradas.

─¿Y por qué las mujeres decidirían morir?

─Porque los hombres no lo hemos hecho bien. Tuvimos nuestra oportunidad y decidimos acabar con ellas. Tal vez no lo entiendas pero si salieras un poco a la calle te darías cuenta. Por todas partes hay mujeres tristes armadas con espadas en las miradas. Han perdido la fe. Sobre todo si son bonitas. Son las que peor lo están pasando porque saben que hay más tipos buscando hacerles daño.

─¿Y hay alguien a quien escribas especialmente?

─Bueno, sí.

─¿Y por qué es especial ella?

─No sé, creo que porque jamás me ha tomado en serio.

─¿Y qué vas a hacer cuando se dé cuenta de que no es a la única a quien escribes?

─Creo que ya se ha dado cuenta. Pero está dejando que me acerque lo suficiente porque supongo que solo le queda una bala y no quiere fallar.

─¿Estás enamorado de ella?

─Creo que sí pero de un modo extraño. Del mismo modo en que Cristo se enamoró de sus clavos o que un preso se enamora de su celda o que un enfermo terminal se enamora del dolor que le recuerda que sigue vivo.

─¿Y cómo se llama?

─Bueno, no vale la pena que sepas su nombre porque de cualquier modo no la conoces, pero es tan bonita como tener a dios de frente.

33

//fermín blanco

33

I can find that hole in the wall
and i know that they never will
The Clash-Bankrobber

Algo llama atención al hombre durante su caminata por el parque. Es un encabezado en el puesto de revistas: ‘Cesan búsqueda de desaparecidos por explosión de corporativo’ .

El hombre se aferra a las monedas de su pantalón. Paga por un ejemplar del diario y busca la noticia desarrollada en la principal de ‘País’, en la página tres.

Ha encontrado su nombre a la mitad del primer párrafo, junto al de alguien más: “y Roberto B, de 52 años, quienes, quedaron desaparecidos durante la explosión en el sótano de un edificio corporativo en la capital, el pasado mes de agosto”.

“Las autoridades indicaron que las labores de búsqueda serán suspendidas, porque no cuentan con el material adecuado para remover los escombros”.

El hombre se queda mirando las fotografías que complementan el texto.

Está petrificado porque acaba de ver  en una de las imágenes su antiguo escritorio plantado en medio de la calle, carbonizado y con pedazos de vidrios encima.

En otra observa la entrada del edificio hecha pedazos; y recuerda cuántas veces la imaginó de esa manera.

La del final del texto lo ha atraído más. Es la carcaza de la laptop de su jefe en un primer plano. La reconoce por el sticker de cara feliz que tiene pegado en el centro. Mira cómo la cara está sonriendo a la cámara, aún quemada y deforme.

Para el hombre, esta es la imagen que mejor define la vida que perdió en la explosión.

Todas las viejas emociones le llenan los pulmones, lo sofocan: el descontento laboral, la soledad tras el divorcio, la sensación de haberse tirado a la mierda sin poner las manos…

El hombre piensa que convertirse en fantasma fue lo mejor que le pudo pasar.

Porque vivo fue un empleado de tercera. Un registro de deudas en el  buró de crédito. Muerto, en cambio, ocupa la primera plana de un diario de circulación nacional. Es Roberto B, la víctima número 33 de la explosión del corporativo. El héroe de la clase trabajadora que murió en el cumplimiento de sus deberes.

Imagina la misa y el homenaje. Quizá habrá una placa dorada con su nombre afuera del baño de empleados.

También la gratitud de sus hijos y la redención con su  ex esposa, porque la cláusula D del seguro de vida dice que el pago es triple cuando mueres en un accidente.

El hombre piensa en que es cierto que se está tranquilo al morir.

Relee la parte del artículo de la suspensión de la búsqueda de cadáveres antes de tirar el diario a la basura.

Sonríe. Se pregunta cuánto tiempo será bueno para otra vida…

Nada ocurrirá mañana

//sergio solís

Frost-LM

—Si tuviera que contarte mi historia empezaría con esta azotea —le digo para impresionarla.

La verdad es que no tengo ni puta idea de dónde estoy, desde hace tiempo. Ella tampoco parece saberlo pero de algún modo esta incertidumbre tiene sentido.

Como ninguno de los dos sabe cómo llegamos aquí, parece normal seguir adelante. Sentados al borde del edificio, el frío comienza a vulnerarnos. Desde aquí vemos un perro vagar por la calle en busca de comida. Es un perro astuto que nos causa simpatía. Al lado opuesto, edificios con luces de colores proyectan una red de sombras que atraviesan el reverso de un espectacular y se reflejan en nosotros. Nos dan un aspecto siniestro y, quizás por ello, callamos por un buen rato.

—Podría escribir sobre esto —interrumpo bruscamente—. Podría hacer que tu sonrisa nunca muriera o que los excesos no perdieran vigencia. Escribiría un texto tan largo como tus piernas y tan hondo como los dos abismos cobardes a los que llamas pupilas.

En cuanto termino de decirlo, de la bolsa de su chamarra saca dos diminutos pedazos de cartón. Con una confianza hasta ahora oculta, toma mi mano y coloca dentro uno de ellos.

—Nada ocurrirá mañana —la escucho mascullar débilmente. Y entonces comprendo, por la forma como lo dice, que esta chica tuvo que haber sufrido un poco para llegar a tan brillante conclusión.

Cuando la miro de nuevo, las luces detrás suyo están fuera de foco; lo que antes eran estrellas alargadas ahora son círculos de colores. De repente, se lleva la mano a la boca en un gesto delicado. Imito su ademán con menor gracia y nos callamos. El frío se nos metió desde hace rato. La quijada no podría estar más entumida. De nueva cuenta vemos al perro pasar. Ya no busca nada. Lleva un hueso grande en el hocico. Al notarlo, ella sonríe mordiéndose el labio inferior.

Yo, por mi parte, sonrío arrogante y la miro detenidamente. Hay una tristeza particular en su rostro que la exime de cualquier acusación y que al parecer, también es reveladora. Porque de alguna forma, en esta ansiedad prolongada, sé que tiene razón: nada ocurrirá mañana.

La chica que definió al resto de las chicas

ernest vail//

foto-moonrise-kingdom-21-083

Hace muchos años conocí a una niña pequeña. Quiero decir un poco más pequeña que yo. Ella tenía unos 10 años y yo tal vez 12. Y era una chica que no parecía bonita a primera vista pero que cuando te acercabas a ella tenía algo extraño que te atraía como un pozo de los deseos atrae a una moneda.

Ella vivía a un lado de mi casa y casi siempre parecía no saber qué estaba haciendo. Siempre tenía la mirada perdida, como si su carne y sus huesos estuvieran aquí pero ella se hubiera marchado a otra parte. Como si su cuerpo fuera una armadura abandonada por un caballero demente que se fue a pelear desnudo todas esas guerras que no entiende.

Y mi madre decía que la niña llevaba dos años sin decir nada a nadie pero también decía que no era muda ni tenía algún defecto. Y un día escuché a su madre contarle a mi madre que la niña escribía cartas todo el tiempo. Cartas enormes a las que nunca ponía destinatario y que luego metía en sobres sin dirección y las llevaba al correo. Cartas para nadie y a ninguna parte.

Un día sus padres tuvieron que salir y la niña rara pasó la tarde en mi casa. Mi madre me pidió que tratara de ser amable con ella y yo intenté hacer que me contara algo sobre aquellas cartas pero no pude sacarle una sola palabra porque yo no podía ser amable con nadie. Lo que sí pude fue comprobar que ella era extraordinariamente bonita, no de la forma en que las niñas suelen ser bonitas sino bonita de otra manera.

Luego sus padres se mudaron y no volví a saber nada de ella, pero la verdad es que hubiera dado una pierna por recibir una de esas cartas que ella mandaba a nadie y a ninguna parte.

Y ahora, con las flechas que me ha clavado el tiempo y los años en los huesos, entiendo mejor lo que perseguía aquella chica. Recuerdo que ella podía pararse a mirar a los demás sin moverse un solo centímetro y recuerdo que lo único que hacía era ver cómo pasaban todos, sin ser capaz de seguirlos en su esfuerzo y sin tener ni la más remota curiosidad por saber adónde se movían todos.

Y ahora, con el tiempo afilado por mil cuchillos, entiendo por qué aquella chica prefería mirar desde su cama todo lo que se va y todo lo que viene con igual indiferencia y sin tener ganas de estar arrepentida de nada.

Y ahora, con la melancolía de tantos días imbéciles y extraños, me parece que ella definió de algún modo el tipo de chica que puede hacer que yo me llene la cabeza de pólvora y después me siente tranquilamente a esperar a que se consuma un cigarro. Ya sabes, ese tipo de chica a quien puedes preguntarle cómo van las cosas y ella te responde que nada va bien pero que así es como va todo.

El pozo

//sergio solís

Pozo-LM

Don Saúl acaba de morir. Su muerte fue por causa natural, mientras dormía. Nada extraño para una persona de su edad. Lo que no es normal, al menos para un lugar como éste, es el alboroto que ha causado la última voluntad del viejo: ser enterrado en el antiguo pozo del pueblo.

Aunque Don Saúl fue un hombre bueno, no lo fue tanto como para agitar al pueblo de tal forma: poco más de 60 personas se encontraba afuera de la casa del difunto, comentando el asunto del entierro como si se tratase de un escándalo. Para algunos era una locura. Cómo podía ser, decían. Para otros había que respetar el último deseo de Don Saúl. No es bueno meterse con los muertos, afirmaban solemnemente.

Antes de morir, además de dejar clara su última voluntad, Don Saúl había mandado a llamar a su nieto favorito: Emiliano. Quizás presintió su inminente partida y pidió que éste lo fuera a ver. Tenía tanto tiempo sin saber de él que ya lo extrañaba. Emiliano no podía negarse a la solicitud del abuelo, así que al siguiente día salió hacia el pueblo que prometio olvidar hace más de 10 años.

Para Emiliano, volver a aquel pueblo era un fastidio. Justo eso. ¿Por qué su abuelo le pedía regresar a un pueblo como ése, con sus gallinas sueltas y las cortinas que hacían de puertas? Las malditas cortinas. No había pensado en ello hasta ese momento pero siempre detestó la ineficacia de esas telas floreadas. Pero estaba decidido. No podía quedar mal con el abuelo. No con él.

Tras el viaje de nueves horas, Emiliano bajó del autobús y quedó varado en medio de la carretera. A lado del camino pavimentado estaba la única vereda que llevaba al pueblo, de ahí en adelante el trayecto se hacía a pie. Emiliano caminó por largo rato y se percató que el lodo que pisaba era diferente. Esa referencia, la de verdadero lodo, hizo que recordara sus días de infancia. Pensó en las mareas verdes y quietas que se estancaban en horizontes lechosos y quemados. Y entonces recordó, cuando el sol a plomo le comenzaba a curar la miopía, que sino hubiera sido por su abuelo nunca habría salido de aquí. Que el dinero que el abuelo le dio fue su boleto de escape.

Emiliano había caminado varios minutos. Faltaba poco, lo sabía. Pero algo en el cielo, una pequeña y repentina nube de lluvia que parecía seguirlo, lo forzó a acelerar el paso. No tardó mucho en llegar. La casa del abuelo estaba justo en la entrada del pueblo, por lo que de inmediato notó el tumulto de gente afuera de la puerta principal. Sin que nadie se lo dijera porque Emiliano observó las miradas compasivas e hipócritas de todos, supo que su abuelo había muerto.

Don Saúl fue enterrado en el pozo. Nadie se opuso a esto en cuanto Emiliano dispuso que se hiciera lo que su abuelo había pedido. Es lo mínimo que podemos hacer por el viejo, argumentó ante las protestas absurdas de la gente.

Después de sobrellevar por dos días los funerales de su abuelo, Emiliano se dispuso a regresar a la capital. Cuando se despedía de los familiares que seguramente no iba a extrañar, una de sus tías le dio un paquete. Se lo había dejado el abuelo. Era una caja de cereal envuelta en cinta canela con el nombre de Emiliano escrito con plumón negro. Parecía su letra.

Emiliano regresó a su hogar sin tocar el paquete. En cuanto acabó de desempacar, observó la caja de cereal tirada en el piso y sin pensarlo mucho la recogió y la abrió. Dentro había un videocasete, un VHS para ser exactos. Emiliano quedó intrigado por el contenido. No entendía la relación que el abuelo podía tener con un VHS. Pero más allá de eso, lo que verdaderamente no lograba comprender era la razón por la cual el abuelo le había dejado aquel paquete tan extraño.

La videocasetera empolvada que Emiliano tenía en su departamento y que no había tirado por nostalgia estudiantil, funcionaría perfectamente para reproducir la cinta. Por fin serviría de algo, dijo para sí Emiliano. El videocasete resultó ser una película en blanco y negro de los 50´s. Una película que de primer instancia mostraba paisajes con frondosa vegetación y cielos con nubes enormes y rápidas.

Mientras más tiempo pasaba Emiliano viendo la película, más de estos paisajes aparecían. Y mientras más paisajes sucedían, más grande era el sentimiento de familiaridad que lo abordaba. Había algo que conocía en los escenarios que mostraba la película. Algo que no lograba nombrar pero que le generaba confianza.

Emiliano continúo viendo la película. La trama, la cual dedujo desde el principio, iba de unos exploradores en busca de un tesoro perdido. Nada parecía que fuera a sorprender a Emiliano hasta que en una de las escenas los exploradores llegan a un pueblo muy pequeño y pobre. De pronto, una mujer llora desconsolada y les pide ayuda: su hijo ha caído a un pozo. Los exploradores, uno de ellos forzado por el otro, deciden rescatar al niño. El niño es sacado del pozo con vida.

En cuanto el niño aparece a cuadro, escupiendo buches de agua y abriendo sus grandes ojos negros, Emiliano se da cuenta de que hay algo más que los paisajes. Que la sensación de familiaridad se intensifica con este rostro, y en especial con los ojos del niño. Emiliano detiene la cinta y se fija intensamente en la cara del niño. Los ojos, de negra inocencia, no pueden ser otros.

Sorprendido y feliz, como cuando se encuentra dinero en la calle, Emiliano confirma lo que ya sospechaba: ese niño, el niño rescatado, es su abuelo. Y ahora lo entiende. O cree entenderlo. El pozo es el mismo pozo donde fue enterrado su abuelo.

Cuando la película termina y la pantalla se torna azul, Emiliano piensa en los cielos de su abuelo. Sonríe.

Un editor perdido en Random House

//ernest vail

La habitación es encantadora. Eso es lo primero que piensas cuando metes la llave en la cerradura oxidada y abres la puerta. Y lo segundo que piensas es que aquí pudo haberse matado Sylvia Plath.

Entonces entras, avientas tu maleta a la cama y abres de inmediato la ventana para disipar el olor a cigarro, vino barato y explosiones de semen pálido. Y luego te pones a mirar la mancha gigante de humedad que devora el techo y a escuchar los gemidos de tus vecinos en la habitación contigua, a tus vecinos cogiendo como si afuera todo estuviera explotando y esta fuera la única oportunidad para vivir el último orgasmo.

Lo que no sabes es que así los escucharás todo el tiempo. Y lo que tampoco sabes es que al final descubrirás que no se trata de una pareja sino de un hombre viejo, ciego y solitario que escucha pornografía sonora todos los días y a toda hora.

Y luego te pones a examinar la habitación con detenimiento. Una cama. Dos sillas. Una mesa. Jarra con agua. Internet inalámbrico. Agua caliente en el baño. Y el resumen es una mierda. Pero luego recuerdas por qué estás aquí. Recuerdas que esta es tu vida. Que a esto te dedicas. Que estás trabajando.

Porque resulta que hay una chica hospedada en la habitación que está frente a la tuya. Y resulta que no es una chica cualquiera. Resulta que es la hija del embajador de Colombia en México y, bueno, resulta que a la chica le gusta hacer enfadar a su padre alojándose en los peores hoteles de las ciudades donde son invitados.

La chica tiene 23 años. La chica piensa que es rebelde. La chica piensa que así lastima su vida resuelta. La chica piensa que puede jugar a perderse. Y también resulta que a la chica le gusta la literatura y que su padre y ella asistirán a la presentación que tu editorial preparó para recaudar fondos en la ciudad la noche siguiente.

Así que la orden de tu editor es clara: “Chico, esto es demasiado sencillo: ella es un jodido cliché. Y es inmadura y vulnerable. Podemos conseguirla si actuamos de forma inteligente. Es una mujer aburrida buscando laberintos y pantanos, buscando algo que de verdad le haga daño. Y ya sabes que no hay nada más fácil que hacer que una chica imagine lo que siempre ha imaginado. Así que búscate una habitación en su hotel y ponte a trabajar”. Entonces aquí estamos.

La primera vez que hablé con ella dijo dos o tres cosas inteligentes. Dijo: “Creo que no hay nada en la universidad que no pueda aprenderse en un hotel de paso”. Y dijo también: “De algún modo las personas muertas que escogieron los libros que debemos leer en la escuela, escogieron los libros equivocados”.

Y las siguientes veces que hablé con ella dijo cosas como: “En la familia te enseñan bailes que tus piernas no pueden bailar y a pensar en cosas en las que no te interesa pensar, y en general en la familia te llenan de regalos pero no saben que las bolsas de tu abrigo deben permanecer vacías porque siempre vas a querer escapar”.

Y dijo algunas otras cosas por el estilo las veces que desayunamos y cenamos en una cafetería mugrienta. Ella siempre pagaba la cuenta porque sencillamente estaba convencida de que yo era un pobre diablo. El caso es que anoche fue la presentación y todo bien. Ella debió de haberme reconocido y debió de haberme odiado. Pero eso no importa demasiado. Desplumamos al embajador. Fin de la historia.

Y ahora mismo ya no estoy en la habitación donde pudo haberse matado Sylvia Plath sino en un hotel supuestamente elegante con una barra libre y con un salón de masajes disponible. Y todo el mundo me felicita porque conseguí hacerlo de nuevo. Y tu editor te dice: «Chico, vaya forma de sacarle la perla a esa ostra». Y tu editor te dice: «Solo a tu edad esas cosas son posibles». Porque esta es tu vida. Porque a esto te dedicas.

Pero a mí ya no me interesa la chica ni los golpes de aprobación en el hombro. A veces puedes despertarte sintiéndote un dios y a veces sintiéndote un imbécil. Así que vuelvo a la cama y me encierro en la habitación. Y creo que estar encerrado en este cuarto es como estar encerrado en una caja fuerte que no te ofrece seguridad, pero de cualquier modo me siento muy bien con mis sueños de cerveza a las 10 de la mañana y me siento muy bien convencido de que puedo estar solo por mucho tiempo. Por mucho más tiempo que cualquier otra persona.

Y me asomo por el balcón, haciendo a un lado un par de cortinas que valen mucho más que la ropa que traigo encima, y veo a todas esas mujeres y a todos esos hombres que hay allá abajo y allá afuera, y pienso en que todos tenemos alguna gracia y en que todos estamos buscando algo que cambie lo que estamos sintiendo, algo que lo cambie de veras. Y cruzo una pierna por encima del barandal. Y lo único que espero es que me cargue a varios hijos de puta cuando caiga y mi cuerpo se convierta en una pintura abstracta sobre su hermoso suelo.

Amor: un tríptico

//sergio huidobro

I

 Donde reina el amor, sobran las leyes

Platón

En diciembre de 1993 era corresponsal de guerra para una radio pública local con oficinas en las afueras de Florencia. Asignados a cubrir fuentes de la parte bosnia durante el sitio de Sarajevo, logramos concretar tres entrevistas con combatientes emplazados en la periferia de la ciudad. El primero de ellos, de profesión filólogo, declaraba: “El amor a esta causa está llevándola lejos, y nos dará la victoria”. Los dos siguientes, un repartidor de comida y un ex empleado de gobierno, coincidían en atribuir la lucha y la resistencia a un amor desmedido por la libertad de su raza. Dos días antes de partir, fuimos testigos directos de un enfrentamiento desde nuestro hotel. A pocos metros de distancia, cayó como piedra un joven que no rebasaba los quince años, fulminado por dos tiros de fusil que lo atravesaron por la nariz y la tráquea. En el homicida, que alcancé a ver por unos segundos, reconocí al filólogo de días atrás.

Regresamos a casa un viernes. Al llegar a casa mi mujer, que estaba embarazada, me abrazó y después de unos minutos en silencio, dijo en mi oído: “Amor”. Rompí a llorar.

II

El corazón tiene razones que la razón no comprende

Pascal

La quinta noche de mi servicio en la Policía Federal fue la más difícil de mi período ahí. Recibimos una llamada reportando gritos en un departamento del Centro. Al llegar, encontramos a una mujer de unos treinta y cinco años y al cuerpo de una niña, de año y medio de edad, ahogada en una cazuela de peltre en el lavadero de la terraza. Durante la toma de declaración, la mujer se declaró culpable a la primera oportunidad y explicó que la niña, hija suya, había sido diagnosticada con VIH por tres médicos diferentes. Todos le auguraban pocos meses de resistencia, meses dolorosos, agónicos, que no podían un final diferente al habitual. Las últimas dos semanas, dijo, la vida de su hija había sido un infierno, y no era más que el inicio.

Aunque lo intenté, no lograba disimular mi desprecio, pasmo y contrariedad. No me dijo nada hasta que hubieron de asignarle una celda. Mientras se la llevaban, alcanzó a decirme: “Este es su trabajo, pero le puedo decir que usted nunca ha amado a nadie. Si supiera bien lo que es amar, usted no me vería así, como me ve.»

III

 La raíz de todas las pasiones es el amor.

De él nace la tristeza, el gozo, la alegría, la desesperación.

Lope de Vega

En la última mañana de sus ochenta y tres años de vida, un hombre se levanta y desayuna carcomido por la sensación de que, precisamente ese día, hay algo que tiene que hacer. Por la tarde, tendido en el sillón y con la vista fija en un programa vespertino de concursos y espectáculos, recuerda que es el cumpleaños número diez de su nieto, a quien ha prometido llamar para darle una sorpresa y anunciarle un regalo largamente prometido: un campamento en Vancouver el próximo verano. Lo apunta todo en un papel, con ánimo de no olvidar nada. Al acercarse al teléfono, se da cuenta de que no recuerda el número. Tres hora más tarde, sigue sin recordarlo. Solloza, pero el rumor de su nariz es silenciado por el ruido del televisor, la repetición de un programa de bromas grabado en Miami varios años atrás.

Lo que es y lo que nunca debió ser

//fermín blanco

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=UXFUnnoSphY&w=480&h=340]

Lunes, 20:00 pm. Track 2 del Zeppelin II: “Lo que es y lo que nunca debió ser”. La cama es aburrida y más bien deprimente cuando estás solo y colgado de la mediocre mota del Chopo…

El periodismo apesta. Lo único es que nadie lo advirtió a tiempo aún cuando todos lo vislumbrábamos.

E-mail, Facebook, Twitter, Pinterest, el jodido WordPress; ya nadie necesita que cuenten su historia porque ahora tenemos toda esa clase de mierdas.

En México, Facundo cobra un millón de pesos por 10 posts desde su cuenta de Twitter; en España, El País despide por correo y con un miserable finiquito a 129 periodistas con hasta 30 años de trayectoria. ¡El macho alfa de la prensa escrita Iberoamericana! No quieres pensar cómo será el golpe aquí:

“La prensa diaria es el principio maligno del mundo morderno, y el tiempo no hará sino poner de manifiesto este hecho con una claridad progresiva. La capacidad de degeneración del periódico es de una sutileza ilimitada, puesto que siempre puede hundirse más y más en su elección de lectores. Al final, inflamará a todas esas escorias de la humanidad que ningún Estado ni gobierno puede controlar”-Soren Kierkegaard en Los Últimos años: Diarios, 1853, 55

Reconocer; si quiera pensar esto cuando tienes dos años de haber salido de la carrera de periodismo es, digamos, una patada en las bolas. Es experimentar en pequeño esa sensación después de darte cuenta del fondo absurdo de la vida; que no eres ese milagro que pensabas  que estabas destinado a ser; sino el resultado de casualidades conectadas en un contexto. Que si no hay dios que sepa hacer planes, tú…

Lo llamamos la crisis de los 25. Lo entendemos como el lento proceso de aceptación de todo eso que no controlamos. Lo apaciguamos pagando 100 pesos de hierba a la quincena y escroleando dos días atrás el timeline del Facebook; hasta darnos cuenta de que hay otros que están igual.

En el ‘The Walking Dead’ del periodismo. La historia después del horroroso final.  Ahí me sitúo. Con todo el miedo y la rabia. Con el instinto de supervivencia y la incertidumbre. Sobre todo incertidumbre:

“And if you feel that you can’t go on. And your will’s sinkin’ low

Just believe and you can’t go wrong.

In the light you will find the road. You will find the road”

Led Zeppellin en In The Light/Physical Graffiti

21:03 pm. La voz de Robert Plant y la guitarra de Page se pierden en el silencio al minuto 8´18. La vieja forma de acabar las canciones largas de Zeppelin, dándole fade out. Esa pequeña metáfora de lo que pasa hoy con en día con los mensajes positivos. La pirámide invertida: Lo menos importante siempre va al final…