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El chico dice: “No vale la pena que sepas su nombre porque de cualquier modo no la conoces, pero es tan bonita como tener a dios de frente”. Pero el amigo del chico dice: “Yo creo que eres un mentiroso hijo de puta y que te la estás inventando”.
Eso pasa los sábados por la noche. Los chicos hablamos de mujeres a las que supuestamente conocemos pero nunca decimos sus nombres.
Y aunque hoy es sábado por la noche estoy un poco harto de toda esa mierda y me he quedado en casa para acumular nuevas desgracias. Y me he quedado en casa porque ya no me entusiasma hacer lo mismo de siempre: fiestas y sonrisas y otro nombre que después no voy a recordar o voy a recordar pero no voy a querer mencionar en la conversación del sábado siguiente.
Así que me he quedado en casa y de pronto he escuchado que algo hace ruido debajo de la cama. Y no es lo mismo de siempre, quiero decir que no es solo miedo. Y podría asomarme pero ahora mismo no tengo un revolver en las manos y aunque lo tuviera no sabría cómo usarlo.
Al final decido acercarme y es cuando esa cosa pequeña sale y empieza a hablarme. En realidad lo único que hace es interrogarme.
─¿Chico, qué demonios hay en tu cabeza?
─No lo sé. Creo que estoy cayendo todo el tiempo.
─¿A qué te refieres con eso?
─A que me siento como si perteneciera a una generación a la cual la muerte ya no quiere y entonces tuviéramos que vivir para siempre.
─¿Y eso te molesta?
─Bueno, no digo que no me guste. De hecho amo esta era. Conectarme a Facebook y creer que mi opinión cuenta. Fumar porquería, automedicarme y desviar la atención. Negar la realidad.
─¿Entonces por qué no fuiste a la fiesta?
─Sé que debería de haber ido y sonreír y aprenderme un nombre. Pero tengo la sensación de que las cosas pequeñas empujan con demasiada fuerza y que podrían derribarme.
─¿De qué mierda estás hablando?
─De que a veces me siento fuera de todo pero eso no quiere decir que no envidie a muchos de los que están dentro de todo.
─¿Y te has sentido así siempre?
─Solo últimamente. Deberías verme en mis días buenos. No escribo para nada esta basura inmortal. Escribo mensajes privados por Facebook a 20 chicas distintas. Y ni siquiera el mismo mensaje sino mensajes distintos con vidas distintas.
─¿Entonces en general estás bien?
─En general todos estamos bien. Solo me inquieta no saber qué eres y por qué me estás hablando.
─¿Te doy miedo?
─Es solo que creo que finalmente me he vuelto loco de alguna de las mil formas posibles en las que podemos hacerlo.
─¿Qué estabas haciendo antes de hablar conmigo?
─Me masturbé una vez y luego me puse a ver fotos viejas. Creo que siempre fui mejor en el pasado.
─¿Y qué piensas hacer el resto de la noche?
─Voy a ponerme a escribir frases de muerte en Facebook. Y mensajes privados.
─¿Por qué lo haces?
─Porque todas las chicas tienen el corazón roto.
─¿De veras te crees esa mierda?
─No, pero suena mejor decir eso a decir que las estoy utilizando. Que mejoro mi estilo. Que son mi taller literario.
─¿Así que piensas escribir un libro?
─Bueno, no se trata solo de un libro. Voy a escribir cien mil putas palabras que cambien el curso del mundo. Incluso tengo un título. Va a llamarse: Hoy el cielo se derrite en un azul pálido y las nubes son pequeñas y el sol está hermoso y todas las mujeres del mundo deciden morir desangradas.
─¿Y por qué las mujeres decidirían morir?
─Porque los hombres no lo hemos hecho bien. Tuvimos nuestra oportunidad y decidimos acabar con ellas. Tal vez no lo entiendas pero si salieras un poco a la calle te darías cuenta. Por todas partes hay mujeres tristes armadas con espadas en las miradas. Han perdido la fe. Sobre todo si son bonitas. Son las que peor lo están pasando porque saben que hay más tipos buscando hacerles daño.
─¿Y hay alguien a quien escribas especialmente?
─Bueno, sí.
─¿Y por qué es especial ella?
─No sé, creo que porque jamás me ha tomado en serio.
─¿Y qué vas a hacer cuando se dé cuenta de que no es a la única a quien escribes?
─Creo que ya se ha dado cuenta. Pero está dejando que me acerque lo suficiente porque supongo que solo le queda una bala y no quiere fallar.
─¿Estás enamorado de ella?
─Creo que sí pero de un modo extraño. Del mismo modo en que Cristo se enamoró de sus clavos o que un preso se enamora de su celda o que un enfermo terminal se enamora del dolor que le recuerda que sigue vivo.
─¿Y cómo se llama?
─Bueno, no vale la pena que sepas su nombre porque de cualquier modo no la conoces, pero es tan bonita como tener a dios de frente.