La chica que definió al resto de las chicas

ernest vail//

foto-moonrise-kingdom-21-083

Hace muchos años conocí a una niña pequeña. Quiero decir un poco más pequeña que yo. Ella tenía unos 10 años y yo tal vez 12. Y era una chica que no parecía bonita a primera vista pero que cuando te acercabas a ella tenía algo extraño que te atraía como un pozo de los deseos atrae a una moneda.

Ella vivía a un lado de mi casa y casi siempre parecía no saber qué estaba haciendo. Siempre tenía la mirada perdida, como si su carne y sus huesos estuvieran aquí pero ella se hubiera marchado a otra parte. Como si su cuerpo fuera una armadura abandonada por un caballero demente que se fue a pelear desnudo todas esas guerras que no entiende.

Y mi madre decía que la niña llevaba dos años sin decir nada a nadie pero también decía que no era muda ni tenía algún defecto. Y un día escuché a su madre contarle a mi madre que la niña escribía cartas todo el tiempo. Cartas enormes a las que nunca ponía destinatario y que luego metía en sobres sin dirección y las llevaba al correo. Cartas para nadie y a ninguna parte.

Un día sus padres tuvieron que salir y la niña rara pasó la tarde en mi casa. Mi madre me pidió que tratara de ser amable con ella y yo intenté hacer que me contara algo sobre aquellas cartas pero no pude sacarle una sola palabra porque yo no podía ser amable con nadie. Lo que sí pude fue comprobar que ella era extraordinariamente bonita, no de la forma en que las niñas suelen ser bonitas sino bonita de otra manera.

Luego sus padres se mudaron y no volví a saber nada de ella, pero la verdad es que hubiera dado una pierna por recibir una de esas cartas que ella mandaba a nadie y a ninguna parte.

Y ahora, con las flechas que me ha clavado el tiempo y los años en los huesos, entiendo mejor lo que perseguía aquella chica. Recuerdo que ella podía pararse a mirar a los demás sin moverse un solo centímetro y recuerdo que lo único que hacía era ver cómo pasaban todos, sin ser capaz de seguirlos en su esfuerzo y sin tener ni la más remota curiosidad por saber adónde se movían todos.

Y ahora, con el tiempo afilado por mil cuchillos, entiendo por qué aquella chica prefería mirar desde su cama todo lo que se va y todo lo que viene con igual indiferencia y sin tener ganas de estar arrepentida de nada.

Y ahora, con la melancolía de tantos días imbéciles y extraños, me parece que ella definió de algún modo el tipo de chica que puede hacer que yo me llene la cabeza de pólvora y después me siente tranquilamente a esperar a que se consuma un cigarro. Ya sabes, ese tipo de chica a quien puedes preguntarle cómo van las cosas y ella te responde que nada va bien pero que así es como va todo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *