Nada ocurrirá mañana

//sergio solís

Frost-LM

—Si tuviera que contarte mi historia empezaría con esta azotea —le digo para impresionarla.

La verdad es que no tengo ni puta idea de dónde estoy, desde hace tiempo. Ella tampoco parece saberlo pero de algún modo esta incertidumbre tiene sentido.

Como ninguno de los dos sabe cómo llegamos aquí, parece normal seguir adelante. Sentados al borde del edificio, el frío comienza a vulnerarnos. Desde aquí vemos un perro vagar por la calle en busca de comida. Es un perro astuto que nos causa simpatía. Al lado opuesto, edificios con luces de colores proyectan una red de sombras que atraviesan el reverso de un espectacular y se reflejan en nosotros. Nos dan un aspecto siniestro y, quizás por ello, callamos por un buen rato.

—Podría escribir sobre esto —interrumpo bruscamente—. Podría hacer que tu sonrisa nunca muriera o que los excesos no perdieran vigencia. Escribiría un texto tan largo como tus piernas y tan hondo como los dos abismos cobardes a los que llamas pupilas.

En cuanto termino de decirlo, de la bolsa de su chamarra saca dos diminutos pedazos de cartón. Con una confianza hasta ahora oculta, toma mi mano y coloca dentro uno de ellos.

—Nada ocurrirá mañana —la escucho mascullar débilmente. Y entonces comprendo, por la forma como lo dice, que esta chica tuvo que haber sufrido un poco para llegar a tan brillante conclusión.

Cuando la miro de nuevo, las luces detrás suyo están fuera de foco; lo que antes eran estrellas alargadas ahora son círculos de colores. De repente, se lleva la mano a la boca en un gesto delicado. Imito su ademán con menor gracia y nos callamos. El frío se nos metió desde hace rato. La quijada no podría estar más entumida. De nueva cuenta vemos al perro pasar. Ya no busca nada. Lleva un hueso grande en el hocico. Al notarlo, ella sonríe mordiéndose el labio inferior.

Yo, por mi parte, sonrío arrogante y la miro detenidamente. Hay una tristeza particular en su rostro que la exime de cualquier acusación y que al parecer, también es reveladora. Porque de alguna forma, en esta ansiedad prolongada, sé que tiene razón: nada ocurrirá mañana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *