Un editor perdido en Random House

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La habitación es encantadora. Eso es lo primero que piensas cuando metes la llave en la cerradura oxidada y abres la puerta. Y lo segundo que piensas es que aquí pudo haberse matado Sylvia Plath.

Entonces entras, avientas tu maleta a la cama y abres de inmediato la ventana para disipar el olor a cigarro, vino barato y explosiones de semen pálido. Y luego te pones a mirar la mancha gigante de humedad que devora el techo y a escuchar los gemidos de tus vecinos en la habitación contigua, a tus vecinos cogiendo como si afuera todo estuviera explotando y esta fuera la única oportunidad para vivir el último orgasmo.

Lo que no sabes es que así los escucharás todo el tiempo. Y lo que tampoco sabes es que al final descubrirás que no se trata de una pareja sino de un hombre viejo, ciego y solitario que escucha pornografía sonora todos los días y a toda hora.

Y luego te pones a examinar la habitación con detenimiento. Una cama. Dos sillas. Una mesa. Jarra con agua. Internet inalámbrico. Agua caliente en el baño. Y el resumen es una mierda. Pero luego recuerdas por qué estás aquí. Recuerdas que esta es tu vida. Que a esto te dedicas. Que estás trabajando.

Porque resulta que hay una chica hospedada en la habitación que está frente a la tuya. Y resulta que no es una chica cualquiera. Resulta que es la hija del embajador de Colombia en México y, bueno, resulta que a la chica le gusta hacer enfadar a su padre alojándose en los peores hoteles de las ciudades donde son invitados.

La chica tiene 23 años. La chica piensa que es rebelde. La chica piensa que así lastima su vida resuelta. La chica piensa que puede jugar a perderse. Y también resulta que a la chica le gusta la literatura y que su padre y ella asistirán a la presentación que tu editorial preparó para recaudar fondos en la ciudad la noche siguiente.

Así que la orden de tu editor es clara: “Chico, esto es demasiado sencillo: ella es un jodido cliché. Y es inmadura y vulnerable. Podemos conseguirla si actuamos de forma inteligente. Es una mujer aburrida buscando laberintos y pantanos, buscando algo que de verdad le haga daño. Y ya sabes que no hay nada más fácil que hacer que una chica imagine lo que siempre ha imaginado. Así que búscate una habitación en su hotel y ponte a trabajar”. Entonces aquí estamos.

La primera vez que hablé con ella dijo dos o tres cosas inteligentes. Dijo: “Creo que no hay nada en la universidad que no pueda aprenderse en un hotel de paso”. Y dijo también: “De algún modo las personas muertas que escogieron los libros que debemos leer en la escuela, escogieron los libros equivocados”.

Y las siguientes veces que hablé con ella dijo cosas como: “En la familia te enseñan bailes que tus piernas no pueden bailar y a pensar en cosas en las que no te interesa pensar, y en general en la familia te llenan de regalos pero no saben que las bolsas de tu abrigo deben permanecer vacías porque siempre vas a querer escapar”.

Y dijo algunas otras cosas por el estilo las veces que desayunamos y cenamos en una cafetería mugrienta. Ella siempre pagaba la cuenta porque sencillamente estaba convencida de que yo era un pobre diablo. El caso es que anoche fue la presentación y todo bien. Ella debió de haberme reconocido y debió de haberme odiado. Pero eso no importa demasiado. Desplumamos al embajador. Fin de la historia.

Y ahora mismo ya no estoy en la habitación donde pudo haberse matado Sylvia Plath sino en un hotel supuestamente elegante con una barra libre y con un salón de masajes disponible. Y todo el mundo me felicita porque conseguí hacerlo de nuevo. Y tu editor te dice: «Chico, vaya forma de sacarle la perla a esa ostra». Y tu editor te dice: «Solo a tu edad esas cosas son posibles». Porque esta es tu vida. Porque a esto te dedicas.

Pero a mí ya no me interesa la chica ni los golpes de aprobación en el hombro. A veces puedes despertarte sintiéndote un dios y a veces sintiéndote un imbécil. Así que vuelvo a la cama y me encierro en la habitación. Y creo que estar encerrado en este cuarto es como estar encerrado en una caja fuerte que no te ofrece seguridad, pero de cualquier modo me siento muy bien con mis sueños de cerveza a las 10 de la mañana y me siento muy bien convencido de que puedo estar solo por mucho tiempo. Por mucho más tiempo que cualquier otra persona.

Y me asomo por el balcón, haciendo a un lado un par de cortinas que valen mucho más que la ropa que traigo encima, y veo a todas esas mujeres y a todos esos hombres que hay allá abajo y allá afuera, y pienso en que todos tenemos alguna gracia y en que todos estamos buscando algo que cambie lo que estamos sintiendo, algo que lo cambie de veras. Y cruzo una pierna por encima del barandal. Y lo único que espero es que me cargue a varios hijos de puta cuando caiga y mi cuerpo se convierta en una pintura abstracta sobre su hermoso suelo.

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