El pozo
//sergio solís
Don Saúl acaba de morir. Su muerte fue por causa natural, mientras dormía. Nada extraño para una persona de su edad. Lo que no es normal, al menos para un lugar como éste, es el alboroto que ha causado la última voluntad del viejo: ser enterrado en el antiguo pozo del pueblo.
Aunque Don Saúl fue un hombre bueno, no lo fue tanto como para agitar al pueblo de tal forma: poco más de 60 personas se encontraba afuera de la casa del difunto, comentando el asunto del entierro como si se tratase de un escándalo. Para algunos era una locura. Cómo podía ser, decían. Para otros había que respetar el último deseo de Don Saúl. No es bueno meterse con los muertos, afirmaban solemnemente.
Antes de morir, además de dejar clara su última voluntad, Don Saúl había mandado a llamar a su nieto favorito: Emiliano. Quizás presintió su inminente partida y pidió que éste lo fuera a ver. Tenía tanto tiempo sin saber de él que ya lo extrañaba. Emiliano no podía negarse a la solicitud del abuelo, así que al siguiente día salió hacia el pueblo que prometio olvidar hace más de 10 años.
Para Emiliano, volver a aquel pueblo era un fastidio. Justo eso. ¿Por qué su abuelo le pedía regresar a un pueblo como ése, con sus gallinas sueltas y las cortinas que hacían de puertas? Las malditas cortinas. No había pensado en ello hasta ese momento pero siempre detestó la ineficacia de esas telas floreadas. Pero estaba decidido. No podía quedar mal con el abuelo. No con él.
Tras el viaje de nueves horas, Emiliano bajó del autobús y quedó varado en medio de la carretera. A lado del camino pavimentado estaba la única vereda que llevaba al pueblo, de ahí en adelante el trayecto se hacía a pie. Emiliano caminó por largo rato y se percató que el lodo que pisaba era diferente. Esa referencia, la de verdadero lodo, hizo que recordara sus días de infancia. Pensó en las mareas verdes y quietas que se estancaban en horizontes lechosos y quemados. Y entonces recordó, cuando el sol a plomo le comenzaba a curar la miopía, que sino hubiera sido por su abuelo nunca habría salido de aquí. Que el dinero que el abuelo le dio fue su boleto de escape.
Emiliano había caminado varios minutos. Faltaba poco, lo sabía. Pero algo en el cielo, una pequeña y repentina nube de lluvia que parecía seguirlo, lo forzó a acelerar el paso. No tardó mucho en llegar. La casa del abuelo estaba justo en la entrada del pueblo, por lo que de inmediato notó el tumulto de gente afuera de la puerta principal. Sin que nadie se lo dijera porque Emiliano observó las miradas compasivas e hipócritas de todos, supo que su abuelo había muerto.
Don Saúl fue enterrado en el pozo. Nadie se opuso a esto en cuanto Emiliano dispuso que se hiciera lo que su abuelo había pedido. Es lo mínimo que podemos hacer por el viejo, argumentó ante las protestas absurdas de la gente.
Después de sobrellevar por dos días los funerales de su abuelo, Emiliano se dispuso a regresar a la capital. Cuando se despedía de los familiares que seguramente no iba a extrañar, una de sus tías le dio un paquete. Se lo había dejado el abuelo. Era una caja de cereal envuelta en cinta canela con el nombre de Emiliano escrito con plumón negro. Parecía su letra.
Emiliano regresó a su hogar sin tocar el paquete. En cuanto acabó de desempacar, observó la caja de cereal tirada en el piso y sin pensarlo mucho la recogió y la abrió. Dentro había un videocasete, un VHS para ser exactos. Emiliano quedó intrigado por el contenido. No entendía la relación que el abuelo podía tener con un VHS. Pero más allá de eso, lo que verdaderamente no lograba comprender era la razón por la cual el abuelo le había dejado aquel paquete tan extraño.
La videocasetera empolvada que Emiliano tenía en su departamento y que no había tirado por nostalgia estudiantil, funcionaría perfectamente para reproducir la cinta. Por fin serviría de algo, dijo para sí Emiliano. El videocasete resultó ser una película en blanco y negro de los 50´s. Una película que de primer instancia mostraba paisajes con frondosa vegetación y cielos con nubes enormes y rápidas.
Mientras más tiempo pasaba Emiliano viendo la película, más de estos paisajes aparecían. Y mientras más paisajes sucedían, más grande era el sentimiento de familiaridad que lo abordaba. Había algo que conocía en los escenarios que mostraba la película. Algo que no lograba nombrar pero que le generaba confianza.
Emiliano continúo viendo la película. La trama, la cual dedujo desde el principio, iba de unos exploradores en busca de un tesoro perdido. Nada parecía que fuera a sorprender a Emiliano hasta que en una de las escenas los exploradores llegan a un pueblo muy pequeño y pobre. De pronto, una mujer llora desconsolada y les pide ayuda: su hijo ha caído a un pozo. Los exploradores, uno de ellos forzado por el otro, deciden rescatar al niño. El niño es sacado del pozo con vida.
En cuanto el niño aparece a cuadro, escupiendo buches de agua y abriendo sus grandes ojos negros, Emiliano se da cuenta de que hay algo más que los paisajes. Que la sensación de familiaridad se intensifica con este rostro, y en especial con los ojos del niño. Emiliano detiene la cinta y se fija intensamente en la cara del niño. Los ojos, de negra inocencia, no pueden ser otros.
Sorprendido y feliz, como cuando se encuentra dinero en la calle, Emiliano confirma lo que ya sospechaba: ese niño, el niño rescatado, es su abuelo. Y ahora lo entiende. O cree entenderlo. El pozo es el mismo pozo donde fue enterrado su abuelo.
Cuando la película termina y la pantalla se torna azul, Emiliano piensa en los cielos de su abuelo. Sonríe.

