Los tipos duros no duermen

James-Dean-LM

4:00 hrs. Detesto los relatos que comienzan con un despertador. 

5:11 hrs. Me parece que hay algo musical en el azul índigo que precede al amanecer. Un silencio melódico que te enfría las venas.

6:15 hrs. ¿Han notado el haz de luz blanca que aparece en los ojos cuando se miran al espejo? ¿Ese destello que se extingue con las horas? ¿La forma en que la energía se fuga sin poder ser contenida?

9:53 hrs. Aún no comenzamos a filmar. La actriz protagónica es una maniática de Televisa —otra— que busca darle un giro a su carrera haciendo cine. Uno de sus delirios, por ejemplo, le impide aparecer en el set antes de las doce. Todos saben que no aparece porque le encanta el perico.

11:29 hrs. Y no la juzgo: ¿quién puede estar despierto con tanta luz sin estar drogado? 

12:58 hrs. Hay un baño que nadie usa. Para llegar tienes que salir de la locación y luego bajar por unas escaleras que dan al sótano. Nadie viene a este baño porque en realidad a nadie le gusta estar en un barrio pobre. Un espejo roto y un foco que enciende al tirar de un cordón son lo único que acompañan al retrete. Saco mis llaves de la bolsa, escojo una delgada, tomo la diminuta bolsa de mi cartera y apago la luz. No la necesito para hacer esto. 

12:59 hrs. Cuando la enciendo me veo en un pedazo de espejo y descubro en mis ojos los destellos blancos. Se pasean por mis pupilas como sombras movedizas. Como serpientes en el agua.

18:19 hrs. El celular vibra un par de veces. Es un amigo que opera cámara; tiene una wrap party cerca de mi locación. 

21:55 hrs. Terminamos de filmar. Nadie sonríe porque acabamos dos horas tarde. Salgo sin despedirme de nadie. Los demás corren a sus casas. A descansar. Van a casa por rutina. Para ellos el hogar es una recompensa, la materialización de su esfuerzo. Pero los tipos duros no duermen. Los tipos duros no vuelven a casa.

22:49 hrs. Antes de entrar mi amigo me ofrece un par de líneas. Para despertar, dice mi amigo. También dice que esta cocaína ha mantenido al crew con vida. Dice que hasta el director la probó. 

23:27 hrs. La fiesta es en la locación de una película. Una bodega de techos altos de principios del siglo XX: paredes derrotadas en tonos mostaza, trabes de madera corroídas, ventanales tapizados con papel viejo. Es el tipo de lugar pobre y destruido que le fascina a los burgueses.

24:00 hrs. La gente está ebria. No se requiere mucho para que un cuerpo agotado termine eufórico. Los veo bailar en su propio sitio. Aún es muy temprano para convertirse en bestia.

01:09 hrs. Una chica de Arte entra a la fiesta. Sé que es de Arte porque es la última en llegar. Esta chica pertenece a esa categoría de criaturas salvajes que suelen dejarte herido.

02:14 hrs. La chica se acerca. O quizás yo me acerco a ella. El punto es que al final estamos a escasos centímetros el uno del otro. Ella parece un poco aturdida. O quizás soy yo el aturdido y por eso es que la veo así. Entonces ella acerca su cara sin moverse de su sitio y toma mi brazo. O quizás soy yo el que me acerco y tomo el suyo.

4:07 hrs. No sé en qué momento entramos juntos al baño pero ahora nadie nos observa. A esta distancia y con la luz sobre nosotros, por primera vez en la noche veo sus ojos totalmente iluminados. Y ahí están. Los pequeños destellos blancos más tristes que haya visto. Y entonces me fijo bien y puedo ver la inestabilidad encapsulada. El sinsentido en común. El virus de la vida.

4:24 hrs. Escucho que tocan la puerta. Una mujer desesperada grita por su turno. Antes de salir la chica coloca unas gotas en mi lengua. Y salimos del lugar.

6:45 hrs. En quince minutos tengo llamado. Estoy en una cama que no es la mía. Otra vez la música que no suena. Volteo y ahí está ella, acostada a mi lado. Sus ojos están cerrados pero sé que me escucha cuando le digo que tengo llamado. Y me voy.  Me voy antes de que suene el despertador.

Todas las preguntas simples de las mujeres

─¿Qué hacías antes?

─Antes tenía un trabajo. Ya sabes, uno de esos que te atan todos los días y en los que piensas durante las noches y hacen que todos los minutos te parezcan iguales. Dormía poco, dos o tres horas cada noche y todo el tiempo me sentía al principio de algo y al final de algo. Los días formaban una caída en espiral y en general me mantenía con la sensación de estar herido.

─Vaya, es una respuesta complicada para una pregunta tan simple.

─Las preguntas de las mujeres nunca son simples porque las mujeres siempre son algún tipo de realidad compleja. Las mujeres nunca son nada.

Cuando termino de decirle eso me arrepiento pero ya es demasiado tarde. Eso pasa todo el tiempo. Abres la boca solo para asesinarte. Te tiendes trampas con tu supuesto ingenio. Entonces mejor das otro trago y miras al resto de la gente como si entre ellos estuviera alguien que pudiera salvarte. Pero todos están revisando Facebook en sus teléfonos. Entonces mejor te sigues hundiendo. Otro trago. Nada de esto te importa realmente. Otro trago. Nada de fotografías junto a tu obra. Otro trago. Nada de firmar ejemplares. Otro trago. Nada de ser el joven genio que la literatura estaba esperando. Sencillamente quieres escribir diez mil palabras que funcionen como selección natural evolutiva: que desaparezcan las personas que no puedan con ellas. Entonces algo te despierta de tu ensueño. La chica sigue frente a ti. Y la chica sigue preguntando:

─¿Y cómo te sientes ahora que haces lecturas en voz alta y firmas autógrafos y te hacen preguntas simples que son complejas?

─Lo único que ha cambiado es que tengo más amigos en Facebook.

─No pareces un chico de amigos ni de Facebook.

─Ni tú una chica de libros.

─Vaya, es fácil desatar tu odio.

─Pero es odio contra mí mismo.

─Tú no te odias. Tú te amas demasiado.

─Demasiado amor hace daño. Es lo que nos han enseñado los sabios.

Luego otro trago. Mañana tienes que dar una lectura en una librería que odias. ¿Habrá más de cien personas? Por la noche cena con tu editor. Tienes comezón en el codo desde hace tres días. Nota mental: podrías morir de melanoma de piel, de linfoma cutáneo, de sarcoma de Kaposi. ¿Por qué la gente habla de esa forma horrible y vulgar? Parecen cerdos masticando palabras. Entonces vuelves a la realidad. La chica vuelve a preguntar:

─Leo lo que escribes desde que tenías un blog con un par de amigos.

─Son tropiezos. Antes tropezaba todo el tiempo. Creo que tropezar siempre implica algún tipo de accidente.

─¿En qué momento decidiste escribir en serio?

─Bueno, un día estaba esperando cruzar una calle por la noche y me di cuenta de que todas las luces se encendían y se apagaban en el mundo sin que yo importara. Las luces de los cines y los restaurantes y los coches y los semáforos y las ambulancias. Así que decidí hacer que mis dedos fueran interruptores que pudiera controlar.

Luego bajas la vista. Luego notas que alguien pisó la punta de tu zapato. Luego no recuerdas qué desayunaste esta mañana. ¿Por qué cada segundo del tiempo nos apuñala la vida? Nota mental: La comezón en el codo también puede ser un histiosarcoma maligno o carcinoma de Merkel, pero eso no importa porque igual te vas a morir un día. Otro trago. La chica sigue hablando:

─Pero el cielo no deja de ser negro solo porque tú escribas que es azul claro.

─Me gusta el cielo negro, nunca lo haría azul claro.

─Venga, sabes a qué me refiero.

─Ya lo sé. Solo digo que a veces tienes talento y lo usas para describir el modo en que todo está cayendo.

─¿Pero cómo sabes que lo tienes?

─Todos creen que lo tienen, de otro modo nada tendría sentido.

─¿Pero cómo sabes que eres un elegido?

─Bueno, no lo sabes, es un tiro en la oscuridad, aciertas o eres una persona normal y civilizada, de 9 a 6, te casas y tienes niños.

Nota mental: cierra la boca. Nota mental: La cena con tu editor es el viernes, no mañana. Otro trago. ¿Por qué todo el mundo prefiere la vida que tiene en Facebook? Nota mental: la comezón en el codo también puede ser por las sábanas nuevas. Nota mental: la idea de morir te había excitado. Y luego un trago más antes de escuchar la interesantísima conclusión que la chica tiene sobre mí:

─Creo que uno puede ser muy pesimista o muy existencialista o lo que sea pero también puede enamorarse como cualquier idiota lo haría. Y creo que tú estás enamorado.

─Eso es obvio. Es decir, tengo una novela y esa novela necesitaba un origen, una historia, un tema, una explosión que me dejara cenizas de dónde partir.

─Puedes usar las palabras para defenderte pero en el fondo es como ser un idiota cualquiera. Pero eso no importa, eres tú y todos piensan que a ti no te puede ocurrir eso. Eres la esperanza de los que no pueden conseguir ser amados y que además no les interesa. Eres su ejemplo. Su referente.

Luego terminamos nuestros tragos. Luego me toca el brazo. Luego nos vamos en su auto.

@ernestvail

Overwhelming

Candy-LM-Ok

Llevamos dos días sin dormir. Desde el primer día el departamento tiene un humo viejo que nos irrita los ojos. En el baño una gotera no cesa con su murmullo. Y de las ventanas, en cascada, se filtran algunos rayos de sol.

Y aunque después de esto podríamos dormir una semana, lo único que realmente queremos es mirar el cielo. Y queremos mirar el cielo porque no necesitamos otra cosa. Porque esta idea, la de sabernos inmunes a la complejidad de allá afuera, nos hace creer que el fin es un estado de intermitencia. Que la caída es un vacío favorable. Que el mundo es una nada que no pesa.

Así que nos recostamos boca arriba, fijamos la vista en el techo y decidimos que nuestros ojos pueden traspasar el concreto, el aire, el viento. Y entonces le digo que desde hace tiempo no veía un cielo así. Un cielo como un hoyo negro que devora estrellas, cristales, destellos.

Y no sé si ella lo note pero hay un zumbido eléctrico. Un escalofrío sonoro. Un leve aviso de muerte. Y antes de que este sonido se convierta en un sueño continuo de droga, ella se sienta en el piso, se recarga en la pared más cercana, abraza sus piernas y dice:

—Lo mejor de esto es que no debería de estar pasando—.

Entonces cierro los ojos y pienso que lo que me acaba de decir es lo más cercano que he escuchado a una verdad literaria. Y luego vuelvo a mirar el cielo.

Cáncer y delirio

Van-Gogh-Skull-LM

Otra vez una sala nueva. En el centro, una mesa de madera sostiene el caos de basura e instrumentos-hechizos que últimamente frecuento. Dispersas alrededor de la mesa, varias mujeres sentadas en los sillones mueven sus piernas sin dejar de hablar. Los que están parados, en su mayoría hombres, intentan imprimirle algún tipo de vehemencia inusual a sus conversación. Le llaman el rush.

El punto es que desde aquí, recargado en una pared junto a la ventana, trato de pensar en ti. No sé muy bien por qué lo hago pero mientras lo hago un cosquilleo eléctrico atraviesa mis pómulos y en mis brazos, espasmos como pequeños torbellinos me enfrían la piel que está debajo de mi piel.

Es un violento sosiego, me digo. Una tranquilidad impetuosa en la que recuerdo secuencias extraviadas. Sucesos conectados en una línea de hechos irrelevantes. Fragmentos de realidad reciclada.

Cuando repito lo que estoy pensando, me doy cuenta que esto funciona. Que debo escribirlo. Y entonces, en un movimiento invisible saco una pluma de mi chamarra, arranco un pedazo de cartón de una cajetilla abandonada y escribo:

¿Cómo dejarlo todo /

cuándo no hay nada?

En cuanto leo la frase en el cartón recuerdo que a veces no quiero pensar en ti porque cuando lo hago me vuelvo un tanto dramático y escribo frases mortales. Frases que al leerlas de nuevo suenan terriblemente cursis y que más que hacerme pensar en ti, me hacen creer que debería dejar de hacerlo. Entonces volteo el pedazo de cartón y escribo:

La obviedad es un veneno que no mata.

La gente apenas se da cuenta de que hay alguien escribiendo en una cajetilla. Un fusible que no se decide a irse hace que la oscuridad se nos pegue a los ojos. Las lámparas del departamento parpadean constantemente hasta que terminan por fundirse. Alrededor de la mesa los sonidos y euforias disminuyen. Y en estos lapsos sin luz consigo realmente pensar en ti. Y sé que pienso ti porque desde hace meses no puedo escribir de otra cosa. Entonces, en el último espacio vacío del cartón, escribo:

Eres cáncer y delirio

La lucidez suicida

El pop negro de mis días blancos

La rabia y angustia

Al terminar de escribir la luz vuelve. No noto si alguien me mira pero en cuanto subo la vista un tipo me ofrece un cigarrillo. La verdad es que yo no suelo fumar pero esta vez acepto porque nunca a nadie le caería mal un cigarrillo.

Todas las heridas

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Pensar en ti es un malestar ligero, un dolor suave, revoloteo de patas de hormiga en la garganta, el narcótico para soportar la desilusión de mis vacíos. Imagino que no soy lo que he sido y que me vuelvo tu paracaídas, tu mano izquierda, la alfombra que pisas, tu ropa de chica mala, el gato que te mima y que luego se aprovecha de tus buenas intenciones si lo abrazas.

Es lunes y mi humor es una sombra que baila. Estoy disperso, quiero volar y tomar drogas duras contigo, quiero un mejoral y que luego remuelas aspirinas sobre todas las heridas, sobre las que ya cerraron y sobre las que todavía no provocamos pero que llegarán algún día.

Porque hoy es un día simple y yo no estoy para nadie. Por eso me pongo a predecir tus risas, el color de tu blusa, tu maquillaje y su tono. Pero lo que de verdad quisiera es escribirte sobre la imposibilidad de tus ojos, sobre mi decadencia y su gracia. Pero es que hoy es lunes: día vulgar, día mortal, día común, día/día, una noche de domingo que no acaba.

Y quiero revelarte mis puntos débiles, los llantos que me aguanto, el cuento que es mi vida, la risa contenida hasta que llegues o si no vienes. Luego besarte por todas partes y que confíes en mí aunque yo no sea confiable. Y entonces poner en tus manos todas mis enfermedades y soportar las tuyas, las que tengas, las que no sabes.

Y quiero provocarte suspiros o sonrisas, besos, alegrías, tormentas de emoción, lluvias pasajeras, tardes de sol en la azotea, y provocarte sueños dulces en un mundo que es un panteón, cantarte coros patéticos. Coros de desilusión.

Ya sé que hace mucho tiempo que no te escribía, ya sé todo eso, pero es que todos los días entro en pánico y me estoy cayendo a pedazos incontenibles. Por eso aprovecho esta racha estable y absurda. Para ti.

Y también aprovecho para responderte hacia dónde va todo esto. Porque eso fue lo que preguntaste anoche: “¿Qué sucederá con nosotros? ¿Hacia dónde iremos?”. Creo que a largo  plazo moriremos todos y que nuestros cuerpos se pudrirán. No hay sorpresa. Pero a corto plazo viviremos felices por siempre.

@ernestvail

El adiós es pretérito

Victor-Morales-LM

Daniela tenía una forma especial de recogerse el cabello. Algo que para muchos podía haber sido un gesto leve y común, en ella era la imperceptible señal que auguraba un hecho fortuito.

*

Recuerdo su largo cabello. La manera en que lo peinaba con instrumentos mundanos e improvisados como si al hacerlo confirmara que los estados de gracia se pasean entre nosotros y que es cuestión de una pausa, una distracción voluntaria, para poder toparse con ellos.

*

Al voltear, ella hablaba con un hombre ingrávido de incipiente barba. El hombre cargaba una maceta con demasiado cuidado. La sostenía como si estuviera abrazando a alguien conocido.

Este encuentro no me sorprendió. La gente se acercaban a Daniela con una indescifrable frecuencia y ella los atendía sin vacilar. Mientras el hombre explicaba con ademanes ligeros algo relacionado con la maceta, Daniela recogió su cabello con una mano, lo pasó al hombro izquierdo y colocó un pasador. Con la nuca despejada, le dio un par de billetes al hombre y este le entregó la maceta como si se arrancara un apéndice.

Cuando se separaron, el hombre se marchó sin despedirse. Tenía la mirada fija en la maceta que ahora cargaba Daniela.

*

La maceta se quedó junto a la ventana del cuarto. Todos los días Daniela la observaba con la infinita esperanza de ver crecer algo de la tierra.

*

De la maceta, un día como si nada, brotó una pequeña planta verde con insinuaciones cromáticas en rojo y amarillo. Con el retoño entre nosotros, la atmósfera del cuarto se volvió diferente.

*

Hoy no cogimos por culpa de la planta.  Según ella, el crecimiento de la planta puede ser interrumpido por la secreción desmedida de hormonas, lo cual genera que se desconcierte y crezca para el lado que no debe crecer.

*

Después de tres meses de sexo mediocre, en la maceta apareció una flor. Es una flor pequeña, de tallo liso. Lo que más nos gustó de la flor fueron su grandes pétalos. Se degradaban del rojo al amarillo con una viveza contagiosa.

*

Olía a humo dulce. Daniela lloraba en el piso, junto a la ventana. Tenía abrazada la maceta con la misma mirada que el hombre tuvo al alejarse de ella. Le pregunté qué había pasado y no contestó. Cuando se calmó y todo fue silencio, me senté a su lado.

—Se incendió —dijo en un agradable lloriqueo—. De repente comenzó a salir fuego de los pétalos sin que estos se quemaran. Entonces corrí por agua al baño y cuando regresé a apagar la llama fue como si la planta me estuviera esperando para extinguirse, porque en cuanto me fijé en ella y pude ver los colores del fuego, la flor se desvaneció en cenizas.

*

Desde el incidente de la flor, Daniela no ha vuelto a peinarse.

*

El adiós es pretérito. Una serie de sucesos inadvertidos —la lejanía anticipada, el ímpetu fallido, la decepción explícita— que al acumularse configuran la distancia.

*

Cuando volví ese día, solo estaba la maceta, olvidada a propósito.

*

Recuerdo su largo cabello. La manera en que lo peinaba con sus dedos como si al hacerlo estuviera conversando con el aire y el cielo.

Ocho minutos para explicarlo todo

//ernest vail

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Escribo esto a la velocidad de la luz. Y a escondidas. Tengo solamente ocho minutos para hacerlo. Exactamente ocho minutos. En ocho minutos quitarán la luz como siempre quitan la luz después de las diez de la noche y tendré que volver a esa cama mugrosa y llena de piojos a esperar a que el día comience de nuevo.

Tú dijiste que esto no pasaría. Eso dijiste. O sea que estabas equivocada. Dijiste que a veces la porquería se te amontona y se te quiere meter por las orejas pero que siempre conseguiríamos ponernos a salvo. Bueno, pues eso no es verdad. Porque nadie puede salvarte de nada.

Y ya solo tengo siete minutos. Y sigo perdiendo el tiempo. Me tienen encerrado, eso es lo que quiero decirte. Me tienen encerrado como tienen encerrados a más de trescientos hombres en esta Institución Mental para Gente Perdida. Y se supone que no podemos tener contacto con la gente de afuera. Se supone que nos están curando. Pero la verdad es que nada está cambiando. Porque nada cambia nunca. Porque nadie puede salvarte de nada.

Y ahora solo me quedan seis minutos. Seis minutos antes de que pase el custodio y diga que debemos apagar las luces. Si descubre que tengo una computadora me obligarán a tomar mañana una sesión doble de Risoterapia y del Pequeño Curso para Un Optimismo Renovado. Para eso nos tienen encerrados. Dijeron que éramos un virus y dijeron que podíamos comenzar una Epidemia Mundial de Liberación y Pesimismo. Y cuando lo dijeron sus bocas se abrían apestosas como cloacas. Dijeron que éramos hombres escupidos por dios, evacuados por todos los días de mala suerte del mundo.

Me sobran tres minutos. A lo lejos se escucha cómo el celador grita que a la mierda todas las luces. Pero de momento sigue en el pabellón B, caminado lento y encorvado. Y yo estoy en el C-4. No es que crean que estamos locos, simplemente piensan que nuestro desconsuelo es peligroso. Por eso tratan de ayudarnos. Por eso nos dan por las mañanas un Taller de Relaciones Interpersonales Efectivas y a medio día un Seminario para la Convivencia Feliz y Permanente.

En alguna parte de todo supongo que tienen razón en algo. En alguna parte de todo quienes estamos internados en este sitio nos quedamos sin ambición, sin talento, sin oportunidades. Lo único que nos mantenía fuera del basurero era la pura suerte, y la pura suerte nunca dura. Y es por eso que ellos te mandan aquí. Para intentar salvarte. Salvarte de ti mismo.

Ahora me queda un minuto. Un minuto antes de que todas las luces desaparezcan. Y podría seguir por mucho, muchísimo tiempo, describiendo el círculo, la forma en que a veces caer te levanta. Pero el celador se acerca y tengo que apagar la computadora.

Luego las luces se apagan. Luego recuerdo alguno de los días más felices a tu lado. Luego imagino que tomo una nube, te subo y te empujo, y que eres como la novia sirena de un pirata ahogado. Luego congelo ese fotógrafa. Luego maldigo la oscuridad y el frío. Luego me fastidio a mí mismo.

Aburrido

//sergio solís

Aburrido-LM

Hace varias horas que anocheció. Las mismas horas que llevo caminando por una carretera olvidada en medio de un bosque árido. En los árboles laterales la luna derrama tonos de sombra que serían imperceptibles en la ciudad. Aunque en escasas ocasiones un automóvil ilumina mi trayecto, el camino se mantiene cobijado por un velo azul oscuro que hace prescindible la luz.

Y no me detengo.

Y mientras camino pienso en todas esas cosas en las que no podría pensar rodeado de gente. Pienso que gran parte de mi problema es el ritmo que llevo. Porque no voy al ritmo de los demás ni cuando los demás caminan junto a mí. Porque hace tiempo duermo menos y como menos. Y sobre todo, porque estoy aburrido: aburrido de los rostros que cambian sin aviso, de las historias con nombres de personas que no quiero recordar, de las citas inservibles que se leen en todos lados. Y entonces me doy cuenta que este aburrimiento crónico no es algo nuevo. El silencio siempre ha sido mi forma más honesta de socializar.

Sin quitar los ojos del camino, intento abstraerme por transcursos prolongados. Fracaso. Hay tantos ruidos tenues y luces puntuales que no logro concentrarme. Y entonces, a lo lejos, escucho el sonido de un motor a toda marcha. En menos de unos segundos una luz emerge detrás mío y me rebasa.

Como si todo sucediera en un tiempo ajeno al mío, el coche se detiene en seco a menos de cien metros. Se queda inmóvil sin apagar las luces que por su parte quedan apuntando al bosque en el fondo. Las siluetas de los árboles que resultan de esto se alargan sobre los demás árboles y se asemejan a soldados tristes sin sueño.

Durante el tiempo que tardo en llegar al vehículo, las luces altas permanecen encendidas. A una distancia muy corta distingo que el vehículo es un antiguo coche de carreras. En el horizonte se asoma un azul desvelo que me devuelve energía. Entonces apresuro el paso y me detengo justo a su lado. Me apeo junto a la ventana del copiloto e inclino mi cuerpo para ver quien conduce. En cuanto mi cuello se divisa por el cristal del carro, este apaga sus luces. Del motor se escucha un aullido ronco y el carro acelera. Lo veo partir hasta que el sonido del motor se pierde.

Y vuelvo a caminar.

La huida es un engaño

//ernest vail

bob_she

Esto es lo malo de que el mundo sea redondo. Que ella nunca podrá escapar tan lejos como quisiera. Ni yo. Aunque corramos tanto que vomitemos porque la respiración se nos acabe y los músculos de las piernas se llenen de ácido láctico y duelan tanto como duele mantenernos vivos y mantener la sonrisa y mantenernos pagando impuestos. Lo que trato de decir es que nunca podremos irnos de veras.

Porque esto es lo malo de que el mundo sea redondo. Que por más que corramos siempre volvemos al mismo punto. Que estamos escapando en círculos. Que esta es la vuelta al mundo en una vida. Que la huida es un engaño.

Todas las carreteras y las rutas aéreas son un laberinto que siempre regresa. Y ni yo ni ella vamos a poder escapar para siempre. Solo estamos dando vueltas, revisando opciones, tejiendo un plan que nos haga más tolerable la espera.

Y supongo que eso es lo malo de que el mundo sea redondo, que la historia se vuelve un ciclo, un viejo y gordo libro con el mismo número en todas las páginas. Por eso ella corre tanto. Por eso la sigo. Es la ilusión de estar escapando.

Y mientras tanto afuera llueve y se hace noche y toda la tristeza del mundo no cambia nada. Porque nada cambia nunca. Nada. Luego ella dice: “A pesar de todo a veces las cosas son tan extrañas que te causan risa. Aunque la gente se mate”. Luego me da un beso. Pero darme un solo beso es como dejar a Cristo colgando de un solo clavo.

El día que te vi en un plato de cereal

//sergio solís

Plato-Cereal-LM-OKEs posible que lo esté inventando pero el otro día te vi en un plato de cereal. Sé que a veces digo cosas como esta para hacerte reír y que también muchas veces no digo lo que quiero decir, pero esta vez estoy hablando en serio.

Y es que cuando digo que te vi en un plato de cereal no me refiero a que vi tu rostro dentro del plato. Lo que quiero decir es que veía escenas tuyas sucediendo en el plato de cereal como si este fuera una pequeña pantalla redonda donde se proyectan planos intercalados de tu vida.

En una de las escenas aparece una niña. La niña lleva puesto un vestido morado con líneas blancas horizontales y carga una lupa en la mano. Con el pelo felizmente suelto, camina sobre un lugar lleno de tierra. Se detiene por pequeños lapsos e inclina su cuerpo hacia abajo para mirar el piso a través de la lupa: busca hormigas para quemar.

Aunque la escena carece de tiempo, en este punto comienzo a fijarme en los detalles de la imagen. Noto que el cielo está nublado y que no hay ni un diminuto rayo de luz. Noto también que la niña está descalza y que las hormigas no la muerden. Y lo más extraño, y en lo que pongo mayor atención, es que la niña no se percata de lo nublado del día y sigue con los ojos metidos en la tierra.

En un fundido lento desaparece la escena del plato de cereal. No hago nada por un rato. Cuando dejo de mirar el plato, lo llevo al lavabo y pienso que no creerás ni una palabra de esto. Porque en realidad suena a la clase de historias que los junkies se cuentan entre sí para justificar su constante aislamiento. Y no quiero decir que yo soy uno de esos junkies que evita salir a la calle, pero últimamente me he topado con mucha gente deprimente.

Y lo más probable es que todo esto, lo de verte en un plato de cereal buscando hormigas en un día nublado, sea la forma de decirte que a mi también me gustaría comenzar un incendio, prenderle fuego a los edificios muertos y ahuyentar la ausencia por un momento. Pero la verdad es que tampoco quiero que me hagas caso: es posible que lo esté inventando.