Overwhelming
Llevamos dos días sin dormir. Desde el primer día el departamento tiene un humo viejo que nos irrita los ojos. En el baño una gotera no cesa con su murmullo. Y de las ventanas, en cascada, se filtran algunos rayos de sol.
Y aunque después de esto podríamos dormir una semana, lo único que realmente queremos es mirar el cielo. Y queremos mirar el cielo porque no necesitamos otra cosa. Porque esta idea, la de sabernos inmunes a la complejidad de allá afuera, nos hace creer que el fin es un estado de intermitencia. Que la caída es un vacío favorable. Que el mundo es una nada que no pesa.
Así que nos recostamos boca arriba, fijamos la vista en el techo y decidimos que nuestros ojos pueden traspasar el concreto, el aire, el viento. Y entonces le digo que desde hace tiempo no veía un cielo así. Un cielo como un hoyo negro que devora estrellas, cristales, destellos.
Y no sé si ella lo note pero hay un zumbido eléctrico. Un escalofrío sonoro. Un leve aviso de muerte. Y antes de que este sonido se convierta en un sueño continuo de droga, ella se sienta en el piso, se recarga en la pared más cercana, abraza sus piernas y dice:
—Lo mejor de esto es que no debería de estar pasando—.
Entonces cierro los ojos y pienso que lo que me acaba de decir es lo más cercano que he escuchado a una verdad literaria. Y luego vuelvo a mirar el cielo.

