El adiós es pretérito

Victor-Morales-LM

Daniela tenía una forma especial de recogerse el cabello. Algo que para muchos podía haber sido un gesto leve y común, en ella era la imperceptible señal que auguraba un hecho fortuito.

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Recuerdo su largo cabello. La manera en que lo peinaba con instrumentos mundanos e improvisados como si al hacerlo confirmara que los estados de gracia se pasean entre nosotros y que es cuestión de una pausa, una distracción voluntaria, para poder toparse con ellos.

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Al voltear, ella hablaba con un hombre ingrávido de incipiente barba. El hombre cargaba una maceta con demasiado cuidado. La sostenía como si estuviera abrazando a alguien conocido.

Este encuentro no me sorprendió. La gente se acercaban a Daniela con una indescifrable frecuencia y ella los atendía sin vacilar. Mientras el hombre explicaba con ademanes ligeros algo relacionado con la maceta, Daniela recogió su cabello con una mano, lo pasó al hombro izquierdo y colocó un pasador. Con la nuca despejada, le dio un par de billetes al hombre y este le entregó la maceta como si se arrancara un apéndice.

Cuando se separaron, el hombre se marchó sin despedirse. Tenía la mirada fija en la maceta que ahora cargaba Daniela.

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La maceta se quedó junto a la ventana del cuarto. Todos los días Daniela la observaba con la infinita esperanza de ver crecer algo de la tierra.

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De la maceta, un día como si nada, brotó una pequeña planta verde con insinuaciones cromáticas en rojo y amarillo. Con el retoño entre nosotros, la atmósfera del cuarto se volvió diferente.

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Hoy no cogimos por culpa de la planta.  Según ella, el crecimiento de la planta puede ser interrumpido por la secreción desmedida de hormonas, lo cual genera que se desconcierte y crezca para el lado que no debe crecer.

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Después de tres meses de sexo mediocre, en la maceta apareció una flor. Es una flor pequeña, de tallo liso. Lo que más nos gustó de la flor fueron su grandes pétalos. Se degradaban del rojo al amarillo con una viveza contagiosa.

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Olía a humo dulce. Daniela lloraba en el piso, junto a la ventana. Tenía abrazada la maceta con la misma mirada que el hombre tuvo al alejarse de ella. Le pregunté qué había pasado y no contestó. Cuando se calmó y todo fue silencio, me senté a su lado.

—Se incendió —dijo en un agradable lloriqueo—. De repente comenzó a salir fuego de los pétalos sin que estos se quemaran. Entonces corrí por agua al baño y cuando regresé a apagar la llama fue como si la planta me estuviera esperando para extinguirse, porque en cuanto me fijé en ella y pude ver los colores del fuego, la flor se desvaneció en cenizas.

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Desde el incidente de la flor, Daniela no ha vuelto a peinarse.

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El adiós es pretérito. Una serie de sucesos inadvertidos —la lejanía anticipada, el ímpetu fallido, la decepción explícita— que al acumularse configuran la distancia.

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Cuando volví ese día, solo estaba la maceta, olvidada a propósito.

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Recuerdo su largo cabello. La manera en que lo peinaba con sus dedos como si al hacerlo estuviera conversando con el aire y el cielo.

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