Lodo y anhelo

Nacemos y nos morimos. Todo lo demás es una puta ilusión. Dios no existe. El alma no existe. Sólo tenemos decisiones, enfermedad y muerte.

El destino es un adicto que se rasca la panza el domingo a medio día. La cajera del supermercado se llama Fernanda, pero a nadie le importa. Y en general todo es caos y gente que opina. La gente odiosa que habla y respira. Malabares ensayados. Monos adiestrados.

Los perros de mi colonia se enamoran de sus pulgas y el policía de la esquina conquista a un prostituto. Pero todo es un sueño, mi amor. Todo es un sueño. El mundo está en tus dedos. La luna es el sol de los muertos. ¿Mis párpados? Ojeras del desconsuelo. ¿Mi cuerpo? Un saco de hueso y pellejo.

Guardo en una mochila de niño barcos de papel y piezas perdidas del rompecabezas que no terminé. Cartas de amor con lágrimas y semen. Mis vuelos. La cruda de ayer.

No hay café y los trastes apestan a pollo y ajo. Reviso los periódicos en internet. Allá va la esperanza, corriendo detrás de un sicario. Las noticias dicen lo mismo que hace cinco años. Lo mismo de ayer. De mañana.

Y vuelvo a la cocina a partirle el corazón a un mango. Pero no lo toco. Pienso en tus labios. No es romanticismo sencillo: es partir un mango mientras pienso en tus labios.

Se supone que no debería contarte mis sueños. Se supone que yo no debería escribir. Pero anoche me soñé frente a un espejo, mirando el horror. Mi cara tenía grietas de viejo y sonreía, con manchas de moho. Era mi yo verdadero. Ese maldito yo.

Y luego todo se revela: quien fui hace dos minutos ahora está muerto y no hay futuro. ¿Te das cuenta? Nunca existimos. Somos pasado remoto. Somos polvo, lodo y anhelo. O soy un manojo de nervios con miedos si no estás.

Pero todo es un sueño, mi amor. Todo es un sueño.

Rompecabezas/IV

El sueño siempre espera cuando el corazón no puede descansar. Recostado en una banca de un parque público, contemplo la noche a través del follaje de los árboles enjaulados, donde el brillo más potente proviene de las antenas en los edificios circulantes. Incluso, los vagabundos yacen, muertos e invisibles, en la banqueta. La mirada se aleja de ellos para perderse en el nihilismo del cielo. Retumban las hojas y el viento, marcando el ritmo que seguirán las próximas horas.

—Un peso, valedor —susurra un personaje ambulante mientras sostiene una mona en su mano. Lo ignoro e insiste, no se marcha.

—No estés chingando — digo y se aleja.

“La libertad de elección es una quimera ideológica. Nadie elige nada en esta vida. Si acaso, se reducen las opciones a un cúmulo de posibilidades establecidas”, pienso sin saber si lo que reflexiono tiene algún tinte de lógica. Ahí, en el limbo de mis ideas, una ametralladora de memorias, recién cargada, se deja azotar en la verde nostalgia de esta noche. Reminiscencias fosforescentes iluminan tus contornos. Yo aparezco en acuarela, diluido en las bifurcaciones de nuestros encuentros.

Sin cita previa, se asoman los romanticismos de vieja escuela que me negué a olvidar: usar el correo postal como forma exótica para decir “me importas”, ver películas en VHS para hacerme de una personalidad magnética o cocinarte una pasta italiana resignado a nunca lograr el sabor gourmet de tu figura.

Como un oráculo en oferta, evoco futuras imágenes. La panografía de nuestros días aún está incompleta; es la pieza huérfana de un rompecabezas.  La cercanía de un tipo me interrumpe. Se para frente a mí a recitar un monólogo. De nuevo, lo ignoro.

—O aflojas la cartera, mijo o te lleva la verga —insiste amenazador.  Mi respuesta es inmutable. Suelta un chiflido y aparecen otros dos personajes en similar atuendo: tenis Jordan combinados con un disfraz lleno de lentejuelas de colores y afiches a San Judas Tadeo; un collage ambulante de simbolismos religiosos. Me paro y sacrifico mi cigarro. El primero suelta un golpe a mi cara, lo esquivo. Le regreso su gesto y cae. El segundo ataca mis costillas, me rompe una. El tercero, para no quedar fuera, acierta un rodillazo en mi estómago. Caigo y una cascada de patadas sucede. Se escucha un silbido que detiene el flujo de impactos. Hago una revisión de rutina, no me quitaron nada y aún respiro decentemente.

Apenas logro alzar la cabeza y veo que el vagabundo que desdeñé, me ayuda a levantar. —Sí te chingaron, carnal —comenta con la mano en la nariz. Le doy las gracias y compartimos el cigarro derribado, ahora analgésico y combustible. Puedo caminar, me esperas en tu departamento.

Messenger

Ella acaba de iniciar sesión.

Ella dice que le gustaría desaparecer, que el día menos pensado se larga del país sin dejar una pista. Yo le prometo no decir nada, como tantas promesas que no voy a cumplir.

Quisiera tener más secretos que guardarle: las peleas con su padre, su cicatriz o su edad, los momentos en que más se odia, la tristeza con su gato, las cosas en las que va a fracasar. Quisiera cambiar sus hábitos, darle mis miedos idiotas, mi desesperanza que brinca de aquí para allá.

El estado de Ella ahora es Ocupado y es posible que no responda.

No te preocupes, le digo: todo va a salir mal. A todos nos gusta naufragar, morir es sólo un decir, todos estamos muertos de tanto vivir.

Ella está escribiendo un mensaje…

Dice que todo se complica, que estar despierta es una fatiga, que madurar es una enfermedad, me platica lo aburrido que es ver amanecer y saber que sigue siendo la misma. Es lo común, le escribo, nuestro nacimiento es un error que pasamos la vida tratando de arreglar.

Fíjate, le digo, el mundo es un gran desierto amarillo y la gente es la mierda que dios olvidó. Fíjate, le insisto, no me gusta la fruta, camino despacio, le ladro al semáforo, te llamo desde teléfonos públicos para colgar, y escribo todo y todo lo que escribo es por ti. Pero me salvo si estás.

Ella está escribiendo un mensaje… Pero lo borra.

Yo estoy escribiendo un mensaje… Pero lo borro.

Nuestro miedo. O la pena.

Le pregunto si cree en la inmortalidad. Dice que no, pero ha tardado en contestar.

El estado de Ella ahora es Disponible. Nunca reveles tus contraseñas o los números de tus tarjetas bancarias.

Estoy convencido de que nunca morimos, le explico: Tú eres la misma que no recuerda quién ha sido. Yo tengo una vida que ya he vivido. Y antes, muchas veces, ya nos hemos conocido. Qué angustia no recordar cómo termina siempre nuestra historia.

El estado de Ella ahora es Desconectado. Recibirá tus mensajes la próxima vez que inicie sesión.

Rompecabezas/III


A un adicto le sobran ocasiones para toparse con anécdotas. Los vicios son buenas musas de historias. Sin darte cuenta, reivindicas al polvo, el pobrecito que ni es tan malo y que si no lo quieren es porque no lo conocen. El patito feo moderno. La oveja negra bien blanca. Qué bueno que la abuela falleció y nunca se enteró que su dicho “polvo somos y en polvos nos convertiremos” es la síntesis del estado actual de mi cuerpo.

Hace mucho decidí nadar en un mar blanco, tranquilo, imperecedero. Ir a la deriva en sus aguas profundas, sin esperanza de un rescate futuro. Cada intento por salir desaparecía a la orden de quedarme ahí y no voltear.

Salgo a conducir el Volkswagen del 92, el “Golfo” de cariño. Las tres de la mañana es la mejor hora para manejar. Me pierdo en los cruces de Río Churubusco, hábitat de un mito urbano. A 150 km por hora el motor es música. Acelero, in crescendo sobre Medellín. El semáforo es el director de orquesta. Rojo: un réquiem en Universidad. Hay aplausos, esta ovación se asemeja a un claxon eterno. Llegué, no hay marcha fúnebre.

Es miércoles, día de despensa.  Visito mi tienda de confianza. Está cerrada. Llamo a la puerta. Nadie contesta. La urgencia toma el teléfono: mi drug dealer está enfermo. Para no quedar mal o para deshacerse de mí, me proporciona el número telefónico de un colega. “Llámale y dile que te manda el Nahual”, expresa.

Pasaron dos días para que me comunicara con el nuevo contacto. Contestó una mujer. Su voz suave y entonación directa no dieron posibilidad a una súbita sorpresa.

—¿Cómo conseguiste este número?— respondió sin que yo haya emitido una palabra. Mencioné la situación y el nombre previamente indicado. Esto fue suficiente para que me tomara la orden. Que sea lo mismo de siempre, pensé.

Me citó en una calle de la colonia Del Valle. En la primera entrega, Regina tenía la política de observar a su cliente antes de decidir venderle o no. Tardó 15 minutos en presentarse. —¿Eres el cliente del Nahual?­— declaró una joven mujer. La blusa azul strapless, benditamente ceñida a su cuerpo, los pantalones entubados de mezclilla sin bolsas traseras, emisarios de su belleza interior, sus tenis Adidas bicolor y el cabello oscuro y ondulado,  jerarquizaron mis sentidos, discriminando al oído. No era consciente de que los estupefacientes, antes de consumirlos, provocaban alucinaciones tan hermosas.

Repitió sutilmente ante el obvio hecho de que no la escuché. Dije sí, como si mi vocabulario para ésta y futuras conversaciones se redujera a ese monosílabo. Me preguntó mi edad y si estudiaba, contesté con sinceridad ambas preguntas. Continúo cuestionándome sobre mis datos personales, mis hábitos de consumo y gustos musicales. Su incisiva entrevista vaticinaba una aprobación comercial.

—¿Has visto una zanahoria de cerca?— ultimó sin réplicas.

—Sí, no tienen piel de durazno— respondí con la certeza de que no existía una respuesta correcta. Dibujaste una sonrisa; había entrado a tu cartera de clientes.

Conversamos de cosas, de esos temas tan importantes que les llamamos cosas para no quitarles la envergadura con un nombre que reduzca toda su esencia.

—México es un chiste mal contado— dijiste mientras comías un dulce de tamarindo que hallaste en tu bolsa Nike. —Nadie nos dice que somos parte de la broma más grande jamás contada: pobres vendiendo alegrías, mariachis persiguiendo coches, niños trabajando, adultos desempleados, guarderías instaladas en bodegas, políticos sin cerebro y narcos sin cabeza…— argumentaste interrumpida por una carcajada.

—¿De qué te ríes?— pregunté.  Te detuviste unos minutos en lo que recuperabas el aire. —Un ex novio que era narquillo, me decía que desde el primer momento en que me vio, había perdido la cabeza por mí. Ayer apareció decapitado en La Prensa. Se le cumplió.— Volviste a reír.

Después de esa muestra de humor, me entregaste el pedido. La cantidad siempre fue la misma: dos gramos de cocaína, 50 pesos de marihuana y un chocolate Carlos V. Este último parte de un detalle que Regina tenía conmigo. “El chocolate es afrodisíaco”, expresaba no sin antes exponer su teoría de la vida: “El mundo es un constante estímulo para el asombro, el humano nace íntimamente ligado a esta condición hasta que un tercero lo pone en rehabilitación. Los sentidos se manifiestan a toda hora, ellos son los que nos recuerdan nuestra capacidad original. Lo demás, el Sistema, la Cultura, el Estado, son dosis de amnesia. Las drogas funcionan como un recordatorio, sólo eso.”

Estas tertulias se repitieron bajo el mismo protocolo. Comprar fue un pretexto para leerte con mayor frecuencia. Inadvertido, en una suerte de efecto que esta relación cliente-consumidor generó, reduje mis índices de ingesta alucinógena. Como beneficio a largo plazo, tendría provisiones de sobra para aquel Apocalipsis impuntual.

—Me llamo Regina— confesaste después de tres meses de reuniones. Tu nombre fue una adivinanza que nunca atiné. Desconocía en qué momento específico tenía que usarlo, así que cuando te mostrabas dueña de toda tu belleza, le quitaba la humilde consonante de en medio y me rendía a tus pies. En las ocasiones que hacíamos música con tus gemidos, te llamaba Re, con la esperanza de subir de tono y llegar al Si. Y en ese contexto, desbordando confianza en tus piernas, me aventuraba a practicar idiomas con la rima de tu nombre.

Regina no mezclaba negocios con placer. Así que realizamos un acuerdo del que ninguno de los dos se enteró: concurriríamos en el mismo lugar y a la misma hora para practicar acciones muy similares. Si yo perdía mi pantalón, casualmente, tú extraviabas tu blusa, si a mí se me olvidaba la moral, tú invocabas al exhibicionismo y si nos empeñábamos en separarnos, coincidíamos en encontrarnos.

Desertamos de viejas costumbres y nos unimos a nuevos vicios. Regalaste tu celular, yo intercambié la televisión por una máquina de escribir. Nos pusimos fuera de existencia.

Lo peor de todo

Lo peor de todo no son los bailes que no bailas ni las estatuas mugrosas de un parque que te miran mientras caminas de noche fumando y pateando una lata de refresco.

Lo peor no es cumplir años ni saber que te haces viejo y que los sueños que tuviste un día ahora son parte de una agenda adicta a convertir los pendientes en fracasos. Lo peor de todo es la espera: hacerte grande esperando a que ella te quiera.

Y ver cómo las mejillas se le recogen a un lado como el telón de un teatro: ver que cada una de sus risas es una noche de estreno. Y tú miedo. Las cosas tristes que piensas, las ilusiones que te quedan, las arañas colgadas de tu techo. Los recuerdos.

Lo peor de todo es escribir miserias que dan risa, ser el protagonista de una novela mexicana idiota, un galán de circo. Lo peor son los detalles porque aburren y perseguirse la cola como un perro, que te pares en la fila del supermercado a buscarla entre frutas orgánicas y tintes para el pelo.

Lo malo es que hoy sea lunes y el pinche frío, que los pies se me entuman y no estés conmigo. Lo malo es ser todo lo que he sido. Y el ridículo.

Lo peor de todo es mi cepillo de dientes, una taza, mis libros, la silla o la ventana. Lo malo es no saber qué se esconde debajo de la cama. Y mi pesadilla diaria: soñar que un día despierto. Lo peor de todo es escribir esto a falta de talento.

Estoy seguro de que hay doscientos millones de cosas peores, y que en todas aparece ella. Pero déjenme en paz. Hoy no voy a escribir ni una puta palabra más.

Rompecabezas/II

Era casi la una de la tarde cuando la vi en la fila del autobús. Recuerdo la hora por mi obsesión crónica con el reloj de pulso. Ese accesorio intransigente con mis hábitos, testimonio permanente de mi incapacidad genética para la puntualidad. Pese a ser objeto de odio, no podía deshacerme de él: son de esas ilusiones que me gusta creer.

Aquella ocasión el boleto de abordaje abandonó mi bolsillo y ahí estaba ella, con un extra de amabilidad y mano alzada, sostenía otro ticket pobremente impreso. Ya en el transporte, dos asientos, estratégicamente juntos, nos invitaron a hablar de trivialidades. Hubo un silencio corto hasta que tu abrigo negro se hizo presente. Te recargaste en mi hombro, improvisaste una cobija. Colocaste los brazos dentro del refugio; tus manos bailaron tango sobre mi regazo. La bragueta del pantalón fue seducida por los dedos.

—Él no tiene la culpa de que tú te hayas levantado tarde— susurraste.

Treinta minutos después llegamos. Salimos a la calle para encontrarnos con pasillos y pisos viscosos, donde los zapatos jugaban alquimia con sustancias desconocidas. Tú percibiste un obstáculo en el ambiente: el puesto de tacos de longaniza, suadero, tripa y cabeza le otorgó una pesadez particular a ese aire de por sí viciado.

Caminamos sobre las banquetas de una terminal de autobuses. Las coladeras transportaban los desperdicios de la jornada y sin embargo, el paisaje se pintaba de luz. Disimulaste una sonrisa. Avanzaste sin hablar. Pasamos cerca de un chofer de microbús que conversaba con el vendedor de tamales: No porque me veas gordo, no significa que no puedo descohibirme, contó el primero con mucha lisonja mientras un par de tatuajes amorfos se asomaban en la galería conceptual que era su panza.

A una cuadra de tu casa, en tu puesto favorito de aretes, te detuviste. Tomaste un par turquesa. Los elevaste a la altura de tu cara, reconociendo su afinidad con tus orejas. Como amuletos, se movieron hipnotizados. Negociaste con el vendedor, un hippie delgado con ojos taciturnos. Acordaron el precio.

Solté mi mano. Cayó apenas detenida por el brazo. Elevada en el sótano del cielo, predecía un viaje ligero. Otra mano, la tuya, chocó con ella. Pelearon un poco hasta que descubrieron su compatibilidad. Se abrazaron a la idea de su conexión.

En la entrada del edificio continuo al tuyo, había dos tipos. Uno con bigote, robusto y moreno, llevaba una cadena de oro en el cuello. El otro, de corpulencia mediana, modelaba un atuendo deportivo rojo. Usaba gafas oscuras. Tu mano se alejó de la mía, de repente. Mi palma sudaba. No era mi sudor. Parecías conocerles.

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Porquería o consuelo

Mira, la mitad de mis intenciones para contigo son malas. No soy precisamente un tipo común. Sueño que dios se viene en mi cara y espío a mi vecina por la ventana del baño mientras se levanta las tetas con un sostén mágico. A mí se me escurre la pasta de dientes por mis labios de perro triste mientras tengo una erección.

Mira, soy un fraude y soy causa perdida, soy la equivocación que quiero que abraces. Soy la sonrisa idiota que me regresa un espejo y soy un paracaídas que no abre, una bomba de tiempo que no mata a nadie, el reloj que gira al revés.

Mira, el metro me parece un manicomio de gente que está demente y no lo sabe, el paradero es un corral de puercos que venden discos pirata y las calles son ríos con peces muertos que caminan sin saber a dónde ir.

Mira, en mi casa hay hormigas y con la renta venía incluido un gato flaco al que le puse «Porquería». Cada tres minutos pasa un avión que imagino son proyectiles de un dios cruel que un día darán en mi ventana y matarán a mi vecina (con su mágico sostén).

Mira, cómo te diré, eres la diferencia entre agonizar y estar muerto. Me das ratitos de estúpido consuelo y luego me clavas una lanza en el costado. Y yo no soy el Jesucristo de un cuento para estar resucitando un domingo a medio día.

Mira, a las cinco de la mañana veo montañas amarillas, cielos mugrosos, luces naranja, una hoguera encendida y dos perros durmiendo. No es una alucinación romántica, son sólo dos jodidos perros durmiendo. Hoy es un día soga al cuello, de llamarte, de dudas, de considerar un médium para hablar con mis muertos.

Mira, con suerte y soy  lo peor que pudo haberte pasado. Puedo darte caos y cosas rotas, sin remedio. Dame alucinaciones y desmayos, pequeñas recetas de confusión, inteligencia o ternura. Dame batallones de malos pensamientos que sitien mi cabeza e impidan el paso, incluso, a unas tetas tan fabulosas como las tuyas. Y que el mando de mi cabeza lo tome un piloto automático programado para estrellarse. Y lo que quede después de eso, los pedacitos que sobrevivan al choque, será lo que soy. Y seré tuyo.

carlos sánchez

Más que en Balbuena

“Vete a la Viga” me dijiste esa noche, antes de dejarme solo en el último metro; todo por irte a Taxqueña con el primer hijo de puta que te pudiste encontrar. Si hasta parece que lo sacaron de lo más hondo del Río de los Remedios… Mujer, terminaste por tirarlo todo al Canal de San Juan.

Me cuesta trabajo entender que el viaje ya llegó al final. Que no hay correspondencia en tu estación y que el vagón hay que desalojar. Ya no veo la luz al final del túnel, sólo queda incertidumbre y oscuridad.

Si tan sólo te hubieras dado cuenta de que eras para mí el asiento vacío en hora pico, por el que peleé para descansar de tantos empujones y malas caras. Porque te encontraba algo más que en Balbuena; eras mi Talismán.

Ha transcurrido un mes o más, y me he dedicado a recorrer cada estación intentando olvidarte. Pasé por Eugenia, Santa Anita y Candelaria. Me quedé un momento en Zaragoza esperando a que un apretujón como los de Hidalgo por la mañana te borrara del mapa de una vez por todas. Pero no sucedió.

Tu ausencia me ha dejado parado entre dos estaciones. En medio de la nada la desesperación me consume, el aire se me acaba y el espacio se me hace ínfimo. Mi metro no avanza. Ya comienzo a mentar madres y a patalear.

Sé que tu amor por mí está más allá de Ciudad Azteca; y eso ya es mucho decir. Me reprochaste que me sentías lejos, que tú estabas en Xola y yo en Cuitláhuac. Aunque aquello fue sólo un pretexto para que me vieras la cara en Vallejo y me dieras la patada en Tepalcates.

Hoy tengo que hacer el transborde sin un rumbo fijo. Estoy entre Cuatro Caminos y Pantitlán; en la búsqueda incesante de La Paz que ya no tengo desde que no duermo al imaginarte en Pino Suárez mientras aquel cabrón contempla Lindavista, y se pasa de Chabacano hasta Aculco como si fueran de la misma línea.

fermín blanco

Rompecabezas/I

Desde que recuerdo, he tenido dificultades con los principios: la primera mordida a un sándwich, el despertar matutino, leer Tosltoi y sobre todo, una historia.

En fin, justo ahí empezaré: Regina está muerta. Dicen que la muerte es el final de todo e inmune a palabras necias, escapo de los hechos que no logro entender.

Ella yace sobre sábanas azules. Inmóvil. Aún me parece escuchar su respiración en lo vago de mi memoria. Petrificado, contemplo en el viejo diván la disolución de su silueta con lo diáfano del escenario. Permanezco quieto para no despertarla.

Al otro extremo, el despertador de Regina interpreta su melodía. Agradezco este avance tecnológico y presto atención a la canción con la que le gustaba levantarse: “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia,  tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí”. A la par, el disco de acetato en mi cabeza hace resonar la colección completa de sus incongruencias.

Regina odiaba dormir con frío. Apelaba a razones de salud para disimular su travesía a mi pecho. Entre cobijas aplastantes y ya en un sueño profundo, sus movimientos revelaban el atuendo invernal con el que combatía las noches. Quizás ahora, —te vi sin que me vieras, te hablé sin que me oyeras, al verla en esa posición, impávida y atemporal, al fin comprendí su cálido comportamiento en la inmensidad resultante de este cuarto sin ella y toda mi amargura se ahogó dentro de mí.

El contexto me embargó, liberando su tenue voz en mis oídos. La imagen de su esencia se impregnó en mis ojos, destilando a través de ellos, un poco de vulnerabilidad. —Y sin embargo sigues,  unida a mi existencia y si vivo cien  años, cien años pienso en ti.

sergio solís

El último refugio

Esto no es lo que parece. No somos literatos, somos escritores; como tantos pero con más sentimiento de culpabilidad que todos. Tenemos miedo de la oscuridad y del tiempo, por eso nos dedicamos a una actividad tan arrogante. Esto no es un blog literario, es un cuaderno de disparos fallidos.

Y aquí estamos, rascándonos las manos y sacando mentiras y conejos, nuestras penas y desconsuelos, volviéndonos locos a paso lento, ladrando nuestros enojos y los celos. Aquí estamos, maquillando de literatura nuestra imaginación torcida, haciéndonos daño y subiendo el ego.

¿Qué otra cosa es la escritura sino el último refugio y el primer patíbulo? Donde se vierten palabras, se chorrean insatisfacciones. Escribir es aceptar un tanto de misantropía para provocar millones de admiraciones. Y aún así, vemos en letras. Avanzar es retroceder si giramos la perspectiva. No buscamos sublimarnos a través de la literatura, sólo [sobre]vivimos con la idea de que no todo está lleno de mierda.

ernest vail

fermín blanco

sergio solís

sergio b. huidobro