
A un adicto le sobran ocasiones para toparse con anécdotas. Los vicios son buenas musas de historias. Sin darte cuenta, reivindicas al polvo, el pobrecito que ni es tan malo y que si no lo quieren es porque no lo conocen. El patito feo moderno. La oveja negra bien blanca. Qué bueno que la abuela falleció y nunca se enteró que su dicho “polvo somos y en polvos nos convertiremos” es la síntesis del estado actual de mi cuerpo.
Hace mucho decidí nadar en un mar blanco, tranquilo, imperecedero. Ir a la deriva en sus aguas profundas, sin esperanza de un rescate futuro. Cada intento por salir desaparecía a la orden de quedarme ahí y no voltear.
Salgo a conducir el Volkswagen del 92, el “Golfo” de cariño. Las tres de la mañana es la mejor hora para manejar. Me pierdo en los cruces de Río Churubusco, hábitat de un mito urbano. A 150 km por hora el motor es música. Acelero, in crescendo sobre Medellín. El semáforo es el director de orquesta. Rojo: un réquiem en Universidad. Hay aplausos, esta ovación se asemeja a un claxon eterno. Llegué, no hay marcha fúnebre.
Es miércoles, día de despensa. Visito mi tienda de confianza. Está cerrada. Llamo a la puerta. Nadie contesta. La urgencia toma el teléfono: mi drug dealer está enfermo. Para no quedar mal o para deshacerse de mí, me proporciona el número telefónico de un colega. “Llámale y dile que te manda el Nahual”, expresa.
Pasaron dos días para que me comunicara con el nuevo contacto. Contestó una mujer. Su voz suave y entonación directa no dieron posibilidad a una súbita sorpresa.
—¿Cómo conseguiste este número?— respondió sin que yo haya emitido una palabra. Mencioné la situación y el nombre previamente indicado. Esto fue suficiente para que me tomara la orden. Que sea lo mismo de siempre, pensé.
Me citó en una calle de la colonia Del Valle. En la primera entrega, Regina tenía la política de observar a su cliente antes de decidir venderle o no. Tardó 15 minutos en presentarse. —¿Eres el cliente del Nahual?— declaró una joven mujer. La blusa azul strapless, benditamente ceñida a su cuerpo, los pantalones entubados de mezclilla sin bolsas traseras, emisarios de su belleza interior, sus tenis Adidas bicolor y el cabello oscuro y ondulado, jerarquizaron mis sentidos, discriminando al oído. No era consciente de que los estupefacientes, antes de consumirlos, provocaban alucinaciones tan hermosas.
Repitió sutilmente ante el obvio hecho de que no la escuché. Dije sí, como si mi vocabulario para ésta y futuras conversaciones se redujera a ese monosílabo. Me preguntó mi edad y si estudiaba, contesté con sinceridad ambas preguntas. Continúo cuestionándome sobre mis datos personales, mis hábitos de consumo y gustos musicales. Su incisiva entrevista vaticinaba una aprobación comercial.
—¿Has visto una zanahoria de cerca?— ultimó sin réplicas.
—Sí, no tienen piel de durazno— respondí con la certeza de que no existía una respuesta correcta. Dibujaste una sonrisa; había entrado a tu cartera de clientes.
Conversamos de cosas, de esos temas tan importantes que les llamamos cosas para no quitarles la envergadura con un nombre que reduzca toda su esencia.
—México es un chiste mal contado— dijiste mientras comías un dulce de tamarindo que hallaste en tu bolsa Nike. —Nadie nos dice que somos parte de la broma más grande jamás contada: pobres vendiendo alegrías, mariachis persiguiendo coches, niños trabajando, adultos desempleados, guarderías instaladas en bodegas, políticos sin cerebro y narcos sin cabeza…— argumentaste interrumpida por una carcajada.
—¿De qué te ríes?— pregunté. Te detuviste unos minutos en lo que recuperabas el aire. —Un ex novio que era narquillo, me decía que desde el primer momento en que me vio, había perdido la cabeza por mí. Ayer apareció decapitado en La Prensa. Se le cumplió.— Volviste a reír.
Después de esa muestra de humor, me entregaste el pedido. La cantidad siempre fue la misma: dos gramos de cocaína, 50 pesos de marihuana y un chocolate Carlos V. Este último parte de un detalle que Regina tenía conmigo. “El chocolate es afrodisíaco”, expresaba no sin antes exponer su teoría de la vida: “El mundo es un constante estímulo para el asombro, el humano nace íntimamente ligado a esta condición hasta que un tercero lo pone en rehabilitación. Los sentidos se manifiestan a toda hora, ellos son los que nos recuerdan nuestra capacidad original. Lo demás, el Sistema, la Cultura, el Estado, son dosis de amnesia. Las drogas funcionan como un recordatorio, sólo eso.”
Estas tertulias se repitieron bajo el mismo protocolo. Comprar fue un pretexto para leerte con mayor frecuencia. Inadvertido, en una suerte de efecto que esta relación cliente-consumidor generó, reduje mis índices de ingesta alucinógena. Como beneficio a largo plazo, tendría provisiones de sobra para aquel Apocalipsis impuntual.
—Me llamo Regina— confesaste después de tres meses de reuniones. Tu nombre fue una adivinanza que nunca atiné. Desconocía en qué momento específico tenía que usarlo, así que cuando te mostrabas dueña de toda tu belleza, le quitaba la humilde consonante de en medio y me rendía a tus pies. En las ocasiones que hacíamos música con tus gemidos, te llamaba Re, con la esperanza de subir de tono y llegar al Si. Y en ese contexto, desbordando confianza en tus piernas, me aventuraba a practicar idiomas con la rima de tu nombre.
Regina no mezclaba negocios con placer. Así que realizamos un acuerdo del que ninguno de los dos se enteró: concurriríamos en el mismo lugar y a la misma hora para practicar acciones muy similares. Si yo perdía mi pantalón, casualmente, tú extraviabas tu blusa, si a mí se me olvidaba la moral, tú invocabas al exhibicionismo y si nos empeñábamos en separarnos, coincidíamos en encontrarnos.
Desertamos de viejas costumbres y nos unimos a nuevos vicios. Regalaste tu celular, yo intercambié la televisión por una máquina de escribir. Nos pusimos fuera de existencia.