Rompecabezas/II
Era casi la una de la tarde cuando la vi en la fila del autobús. Recuerdo la hora por mi obsesión crónica con el reloj de pulso. Ese accesorio intransigente con mis hábitos, testimonio permanente de mi incapacidad genética para la puntualidad. Pese a ser objeto de odio, no podía deshacerme de él: son de esas ilusiones que me gusta creer.
Aquella ocasión el boleto de abordaje abandonó mi bolsillo y ahí estaba ella, con un extra de amabilidad y mano alzada, sostenía otro ticket pobremente impreso. Ya en el transporte, dos asientos, estratégicamente juntos, nos invitaron a hablar de trivialidades. Hubo un silencio corto hasta que tu abrigo negro se hizo presente. Te recargaste en mi hombro, improvisaste una cobija. Colocaste los brazos dentro del refugio; tus manos bailaron tango sobre mi regazo. La bragueta del pantalón fue seducida por los dedos.
—Él no tiene la culpa de que tú te hayas levantado tarde— susurraste.
Treinta minutos después llegamos. Salimos a la calle para encontrarnos con pasillos y pisos viscosos, donde los zapatos jugaban alquimia con sustancias desconocidas. Tú percibiste un obstáculo en el ambiente: el puesto de tacos de longaniza, suadero, tripa y cabeza le otorgó una pesadez particular a ese aire de por sí viciado.
Caminamos sobre las banquetas de una terminal de autobuses. Las coladeras transportaban los desperdicios de la jornada y sin embargo, el paisaje se pintaba de luz. Disimulaste una sonrisa. Avanzaste sin hablar. Pasamos cerca de un chofer de microbús que conversaba con el vendedor de tamales: No porque me veas gordo, no significa que no puedo descohibirme, contó el primero con mucha lisonja mientras un par de tatuajes amorfos se asomaban en la galería conceptual que era su panza.
A una cuadra de tu casa, en tu puesto favorito de aretes, te detuviste. Tomaste un par turquesa. Los elevaste a la altura de tu cara, reconociendo su afinidad con tus orejas. Como amuletos, se movieron hipnotizados. Negociaste con el vendedor, un hippie delgado con ojos taciturnos. Acordaron el precio.
Solté mi mano. Cayó apenas detenida por el brazo. Elevada en el sótano del cielo, predecía un viaje ligero. Otra mano, la tuya, chocó con ella. Pelearon un poco hasta que descubrieron su compatibilidad. Se abrazaron a la idea de su conexión.
En la entrada del edificio continuo al tuyo, había dos tipos. Uno con bigote, robusto y moreno, llevaba una cadena de oro en el cuello. El otro, de corpulencia mediana, modelaba un atuendo deportivo rojo. Usaba gafas oscuras. Tu mano se alejó de la mía, de repente. Mi palma sudaba. No era mi sudor. Parecías conocerles.


habrá desenlace?