Los titulares

Supuso que sería fácil. Nada en las fotografías indicaba lo contrario. Las esquirlas de vidrio regadas en la acera, el cuello roto levemente inclinado y el cuerpo flojo sin peso, figuraban como detalles incidentales, meros adornos. Lo que realmente importaba a Clara era la expresión impresa. ¿Han notado lo radiante que se ve un rostro abatido en la prensa roja?

Aunque a Clara parecía no preocuparle el precio que exigían los titulares, nunca pensó que ser asesinada costara tanto trabajo. A esta conclusión llegaría más tarde, pero de inicio, el periodismo rojo se le arrojaba como la advertencia de una ciudad desmoronándose. Por ello, no habría más que esforzarse un poco para conseguir ese último éxtasis que gustaba de manifestarse en la desgracia.

Como parte de su plan, Clara solía pasear por las zonas que los periódicos mencionaban en sus notas: desde colonias con asalto a mano armada hasta bulevares repletos de yuppies ebrios. Cualquier escenario que sugiriera tragedia se inscribía a su riguroso itinerario.

Digamos que hasta ahora, Clara había fracasado. En alguna ocasión logró ver un hombre atropellado al cual los paramédicos ya atendían. Pensó que había llegado tarde y endureció su rutina. Aquellos paseos nocturnos no dejaban nada al azar. Las rutas, que de por sí eran inquietantes, se habían convertido en una excentricidad con proyecciones estadísticas y monitoreos virtuales.

Una noche, de regreso de una construcción vial en obra que formaba parte del itinerario, un par de vigas colgantes se balancearon rítmicamente sobre Clara. Este suceso, que para un supersticioso hubiera significado una señal, para Clara, una racionalista recién convertida, carecía de importancia.

Varias cuadras después, mientras mentalmente repasaba la visita de la próxima noche, un hombre se dirigió hacia ella sin que ésta lo notara. Cuando Clara alzó la vista, el hombre la amenazaba con una navaja. ¿Por fin tendrían sentido todos los lugares deambulados? ¿Por fin se haría de ese rostro rebosante de alegría?

Lo que siguió no fue dramático. Clara sabía que oponerse al asalto justificaría un ataque, pero también sabía que hasta ahora, esa táctica no había funcionado. Fue así que Clara, con la vehemencia propia de alguien obsesionado, improvisó una serie de insultos tan soeces, que podrían haber enardecido a un cantinero. Sin mucha gracia, el hombre clavó la navaja en el vientre de Clara y huyó.

Clara estuvo muy poco tiempo consciente tras el ataque. El médico que la atendió en el hospital, comentó que pese a toda la sangre perdida, Clara había llegado con vida y, lo más extraño de todo, había llegado sonriendo.

Cuando Clara despertó en las horas siguientes, el médico la recibió con el periódico del día del ataque. En la portada aparecía el agresor sepultado por un derrumbe ocurrido en la construcción vial que Clara había visitado. Mientras Clara miraba el rostro del hombre, el médico explicaba su actual estado de salud. No habría mucho que lamentar, acaso una cicatriz en lado inferior de su vientre que, en palabras del doctor, funcionaría como un recordatorio de lo afortunada que había sido.

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