Quizás el vago murió

Adherirse a una creencia resulta improductivo en estos tiempos. Pensar que un ser desconocido otorgue favores sin esperar nada a cambio se asemeja más a una fábula decimonónica que a un evento posmoderno. No es raro, entonces, que Matilde no simpatizara con manifestaciones de altruismo. Y pese que gustaba de hechos estadísticamente poco probables, no dejaría su suerte a un extraño.

El jueves último de cada mes, Matilde salía litúrgicamente de su casa en Vallejo y viajaba a Taxqueña, ida y vuelta, con un solo fin: encontrar los números de la lotería. El viaje en trolebús le permitía observar las luces de Eje Central y, con un esfuerzo inusual, localizar aquellas fundidas que sabotearan el ostentoso fulgor de la ciudad.

El insoportable ruido que atestaba la calles por el día, impedía a Matilde concentrase en la búsqueda. Cómoda con la reducción de estridencia ocurrida al anochecer, sentía a tope su clarividencia y se envalentonaba a interpretar las luces con la seguridad propia de una quiromántica que deduce el futuro de simples líneas en la mano.

Absorta en su misión, Matilde no percibió el ascenso de un vago al trolebús. Distinguió una bolsa de mandado multicolor pero no prestó atención al individuo que la sostenía. El vago exhibía un gesto de éxtasis; recién había ingerido un frasco de Benzedrina caduca. Sin importarle la escasez de público, el vago ofreció un discurso incomprensible pero de una oratoria admirable.

Aunque para Matilde la perorata fue común y corriente, un regocijo atravesó su interior. Se presentó antes sus ojos una ráfaga de números a una velocidad tal que no pudo contener. Preocupada por atrapar los dígitos que le cruzaban la cara, apuntó en su antebrazo tantos como pudo. Cuando terminó de apuntar, el vago no estaba.

Un poco aliviada del arrebato, quiso relacionar los números que vio con las luces que logró aislar. ¿Habrá sido aquella marquesina parpadeante el 7 que pintó en su antebrazo? ¿O el semáforo descompuesto el 2 que tenía casi tatuado? La verdad no importa mucho, pensó. Lo había conseguido por cuenta propia.

Sobra decir que la pequeña fortuna que Matilde consiguió hace mucho se extinguió. Matilde aún no cree en la suerte por lo que ha intentado repetir el mismo escenario centenares de veces. Muy dentro de ella sospecha que quizás el vago murió.

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