Nadie nos verá pasar

Toda mi vida he querido ser un poeta maldito. Si alguien me hubiera preguntado a los ocho años qué era lo que realmente me habría gustado ser, ¿sabes lo que habría contestado? ¡Coño, lo único que realmente quiero ser es un poeta maldito, besar a las chicas bonitas y luego echarme a correr! Eso es lo que yo les hubiera respondido. Pero si no lo preguntan cómo diablos lo iban a saber.
Y quería probar ciertas drogas y subir un poco, dormir la menor cantidad de tiempo y quería sentir que mi cabeza y mi cuerpo no corrían por la misma calle. Luego quería mantenerme solo por muchas horas y al mismo tiempo rodeado de mucha gente. Quería sentir un dolor extraño y quería poder explicarlo de una forma confusa. El problema es que nunca nadie me preguntó qué es lo que yo realmente quería ser. Y así es como llegué aquí. Con la más absoluta incomprensión.
La única persona que lo supo fue una chica a la que se lo conté cuando teníamos 16 años, y se lo conté porque fue la única forma en la que ella aceptó acostarse conmigo, pero el polvo fue tan malo que al final me dijo, chico, olvídate de tus sueños, es más fácil que dios se vuelva ateo a que tú consigas eso. Ahora sé que lo dijo porque el polvo fue malo y no porque de verdad quisiera hacerme daño. Aunque en realidad el polvo no fue tan malo. Porque ningún polvo es malo.
El caso es que yo seguí en mi camino. Leyendo las cosas que no están en los estantes de la escuela ni en la biblioteca de nuestros padres. Bailando, descuartizado y ebrio, por las calles que nadie pisa cuando tiene 16 años. Comiendo mal, sin futuro, pero manteniendo el estilo. Haciendo a un lado las flores de la juventud y sumiendo la cara en la mierda. Noches de hierba. Noches de ácidos. Noches de probar cosas que te hagan sentir bien. Que te hagan sentir más rápido que el autobús al que tus padres quisieron que te subieras. Que te hagan sentir más listo que el chico al que tus padres quisieron que te parecieras. La sensación de estar lejos. Tan lejos como puedas estar. Tan lejos de ellos. De lo que quisieron que fueras. Más cerca del choque. A punto del colapso. De no necesitar a nadie.
Y es tiempo de festejar todo eso. De ver algunos cambios. Y puedes venir conmigo. Deberías venir conmigo. Porque a un lado del camino no vas a ver nada. Pasaré tan rápido que no verás nada. Por eso tienes que estar junto a mí e ir tan rápido como yo vaya. Iremos tan rápido que nadie nos verá pasar. Iremos tan rápido que despeinaremos a todas las personas que no nos preguntaron a tiempo lo que queríamos ser de verdad. Y les diremos: hey, puedes creer en mí o no creer, o puedes irte a la mierda y luego morirte, estoy haciendo lo que puedo, no esperes que sea distinto. Sí, les diremos eso. Pero tienes que venir conmigo. Porque de otro modo nada tiene el menor puto sentido.

«¡Hey, puedes creer en mí o no creer, o puedes irte a la mierda y luego morirte, estoy haciendo lo que puedo, no esperes que sea distinto!» Es lo que quisiera gritarle a muchas personas. Increíble, como siempre. Besos!
Mi estimado, otro gran trabajo, siempre me resulta una grata sorpresa leerte, este texto en especial me hace sentir identificado y darme cuenta que no soy el único loco por ahi aparentando no estarlo. Saludos!!!
Este es el Carlos que yo conozco carajo, me encantó!!