Consideraciones sobre el acto de morir en un desierto

Un día cualquiera, eso que llamamos desierto de pronto deja de serlo. Un día, cuando atardece, un hombre lo atraviesa caminando, lo llena, lo habita y termina pareciéndose al paisaje, a la tierra yerma, al polvo, a las piedras ajadas por su propia eternidad. Un día, los mares cristalinos de silencio se quiebran con el ruido de sus pies arrastrándose en la nada, prontos a llegar a su reposo, a la casa de madera muerta en medio de los valles, descubierta algún día, hace tiempo, por este hombre hecho de arrugas empolvadas que hacia allá se dirige hoy. Es el último viaje de su vida, lo sabe, aunque a su manera lo hace bien acompañado, mientras arrastra una carreta donde duermen para siempre su mujer y su única hija, frías, uno diría casi eternas, vestidas para viaje, rigor mortis, alguna mosca camina por las pieles que anteayer a esta hora estaban vivas todavía, aunque ya untadas por la enfermedad, por la peste de la que tanto escucharon hablar como terrible rumor.

Nadie juzgue, ni señale, ni condene a este hombre, que condenado ya está… a la peste misma, tal vez, o cuando menos a una simple y llana soledad —no sabemos qué es peor, ojalá nunca lo sepamos—. Por eso es que ha elegido arrastrarse hoy hasta el centro del desierto, o hasta el centro de sí mismo, da lo mismo, tanto se parecen. Ahí va y lo acompañan a su último refugio sus muertas, su familia, a su sepulcro disfrazado de cabaña. Hacia allá va, aunque menos a esperar su propia muerte que a cuidarlas, a peinarlas, a lavarlas, a abrazarlas, a decirles buenos días, hasta mañana, qué calor hace o a contarles cualquier cosa mientras reposan en camas y sillones con toda la muerte al aire, mientras terminan de volverse polvo, tierra, larvas, grietas, viento, hueso, costra, agua. Mientras terminan de morir como se debe.

1 comentario en «Consideraciones sobre el acto de morir en un desierto»

  1. Bongui, Bongui

    Estimado Caver, me da gusto observar que tu pluma hace mucho que ya no se quiebra con las rocas primigenias de aquel mundo primigenio del que provienes; eso ya quedó atrás, tan atrás como el descubrimiento del fuego y las orgías bajo el silencio de un mundo sin edificios. Ahora tu pluma se desliza suavemente sobre cualquier terreno, incluso el virtual. Es un placer leerte apreciado amigo. Espero que nunca encuentres un sitio cómodo en el cual se refugien tus letras; ojalá que tus palabras entintadas en pixeles caminen siempre por laberintos que te lleven a nuevas formas y nuevas maneras de contar tus historias. Cuídate mucho y salud por los cavernarios letrados.

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