Elizabeth Taylor y un elevador
—¿Qué te pasó en el ojo? —interrogó consternada la señora Ordóñez al salir del elevador. Al igual que Gonzalo, la vecina regordeta de apenas metro y medio de estatura vivía en el piso nueve. El casquete corto en el cabello rojizo de ésta, confirmaba el desahogo estético inherente de su edad. Gonzalo, vestido con el atuendo de un oficinista que liberado del traje opta por la desfachatez convencional, respondió cualquier cosa: un tropiezo, un asalto, una alergia. Para su fortuna, la puerta del elevador semiabierta lo excluyó de un próximo interrogatorio de la señora Ordóñez que, para satisfacer su curiosidad, pensó «Qué buen madrazo».
Al entrar al ascensor, Gonzalo reconoció otra presencia femenina: una silueta joven, delgada y trigueña que probablemente ya había visto pero que no ubicaba con precisión. Ambos pertenecían a una generación sin memoria, ya no se diga histórica, sino inmediata.
Ema, indiferente a socializaciones vecinales y obligada por el encierro, arrinconó a Gonzalo con la mirada. Ya sea por la misericordia innata que se exprime de las heridas recién inflingidas o por la variación cromática en la cara de un desconocido, Ema concentró su interés en la expresión de Gonzalo. Una expresión dócil que contrastaba con la rabia que suponía la lesión.
A su vez, Gonzalo inspeccionó los detalles de su acompañante. Le pareció una belleza común que sobresalía sólo por el color de sus ojos: un verde eléctrico como de agonizante vegetación. Él, admirador de las excentricidades ópticas de un país mestizo, se internó en la melancolía que habitaba en esa mirada. Se aventuró a afirmar, para sí mismo, que por ojos como ésos las personas se abandonan a prolongar sus temores.
—¿Y ese ojo? —preguntó Ema inspirada por un súbito sentimiento maternal.
—Un pequeño altercado —mintió Gonzalo disfrazando de contingencia su extravagancia. Era consciente que no podía revelar el origen de aquel moretón que ahora le daba cierto misterio. ¿Acaso se atrevería a destruir con la verdad la simpatía de una mujer? ¿Qué valor tendría confesar que aquella constancia de su hombría era autoinfligida?
Se podría deducir que golpearse la cara a uno mismo no implicaría la menor dificultad. Pero para Gonzalo, dueño de unos puños de clase media, fue necesaria la perseverancia. Después de despojarse del autoestima de emergencia y tras dos intentos fallidos —uno impactó la nariz y el otro el cachete— acertó un contundente puñetazo en el ojo izquierdo. No es que Gonzalo fuera masoquista, pero sí se admitia como otro cobarde asalariado que desdeñaba llegar temprano a trabajar y al cual, por frecuencia de uso, se le habían agotado los pretextos.
Antes de que una sensación de remordimiento actuara sobre él, la tenue iluminación de un letrero metálico lo hizo percibir el fin del trayecto. Al abandonar el elevador, se sonrieron y siguieron de largo. Gonzalo calculó la probabilidad de que aquel encuentro se repitiera; Ema, por asociación, recordó a Elizabeth Taylor. Ambos olvidaron preguntarse el nombre.

