Cuento para dormir

Me pides que te cuente una historia para dormir. Yo no sé contar historias, ni chistes, ni ovejas. Me pides, entonces, que invente una. Te respondo que todas las historias ya se inventaron pero insistes en oírme hablar. Y hablo.
Te confieso, mientras me hundo en tus muslos transatlánticos, que nunca aprendí a nadar. Que soy pésimo en geometría pero aún así, anhelo caer en la perpendicular calculada por tus piernas y espalda. Te explico que en Júpiter hay 63 lunas, que Marte es rojo, que las estrellas me cagan y que mis ojos se ecplipsan en el color indombale de los tuyos.
Lanzo datos duros para adormecer tu interés particular en la firmeza que se agazapa bajo las cobijas. Como resultado de la conversación o sólo como efecto natural del sueño, bostezas amablemente. Consciente del éxito de mi plan, tomo el periódico y te leo las mismas noticias de siempre: «Mil muertos en un lugar al que nunca he ido», «Crisis económica en un país que no puede estar más jodido», «Crece consumo de droga y yo ya no tengo». Aviento ese efímero pedazo de papel y te advierto, en voz baja, que el pesimismo es la fuente de nuestras alegrías.
Ahorco mis dedos con tu cabello y percibo que estás dormida. Tus labios, todos, se emblandecen. El húmedo aliento que llevas dentro hace estragos en tu cuerpo y se fuga, como cada noche. No te mueves, sabes que regresará arrepentido a suplicarte que lo recibas de nuevo. Y tú, mitad buena mitad estúpida, lo abrazarás. Le dirás que no pasa nada, que entre, que lo perdonas. Lo besarás y le harás el desayuno.
No te hablaré de la vida: sólo es una palabra aburrida y desgastada. Tampoco afirmaré que la ausencia es nociva. No, es una causa perdida de la que te enamoras. ¿Y sabes? Creo que estoy enamorado.

«Que el pesimismo es la fuente de nuestras alegrías».
¡Qué buen texto!