Rompecabezas/IV
El sueño siempre espera cuando el corazón no puede descansar. Recostado en una banca de un parque público, contemplo la noche a través del follaje de los árboles enjaulados, donde el brillo más potente proviene de las antenas en los edificios circulantes. Incluso, los vagabundos yacen, muertos e invisibles, en la banqueta. La mirada se aleja de ellos para perderse en el nihilismo del cielo. Retumban las hojas y el viento, marcando el ritmo que seguirán las próximas horas.
—Un peso, valedor —susurra un personaje ambulante mientras sostiene una mona en su mano. Lo ignoro e insiste, no se marcha.
—No estés chingando — digo y se aleja.
“La libertad de elección es una quimera ideológica. Nadie elige nada en esta vida. Si acaso, se reducen las opciones a un cúmulo de posibilidades establecidas”, pienso sin saber si lo que reflexiono tiene algún tinte de lógica. Ahí, en el limbo de mis ideas, una ametralladora de memorias, recién cargada, se deja azotar en la verde nostalgia de esta noche. Reminiscencias fosforescentes iluminan tus contornos. Yo aparezco en acuarela, diluido en las bifurcaciones de nuestros encuentros.
Sin cita previa, se asoman los romanticismos de vieja escuela que me negué a olvidar: usar el correo postal como forma exótica para decir “me importas”, ver películas en VHS para hacerme de una personalidad magnética o cocinarte una pasta italiana resignado a nunca lograr el sabor gourmet de tu figura.
Como un oráculo en oferta, evoco futuras imágenes. La panografía de nuestros días aún está incompleta; es la pieza huérfana de un rompecabezas. La cercanía de un tipo me interrumpe. Se para frente a mí a recitar un monólogo. De nuevo, lo ignoro.
—O aflojas la cartera, mijo o te lleva la verga —insiste amenazador. Mi respuesta es inmutable. Suelta un chiflido y aparecen otros dos personajes en similar atuendo: tenis Jordan combinados con un disfraz lleno de lentejuelas de colores y afiches a San Judas Tadeo; un collage ambulante de simbolismos religiosos. Me paro y sacrifico mi cigarro. El primero suelta un golpe a mi cara, lo esquivo. Le regreso su gesto y cae. El segundo ataca mis costillas, me rompe una. El tercero, para no quedar fuera, acierta un rodillazo en mi estómago. Caigo y una cascada de patadas sucede. Se escucha un silbido que detiene el flujo de impactos. Hago una revisión de rutina, no me quitaron nada y aún respiro decentemente.
Apenas logro alzar la cabeza y veo que el vagabundo que desdeñé, me ayuda a levantar. —Sí te chingaron, carnal —comenta con la mano en la nariz. Le doy las gracias y compartimos el cigarro derribado, ahora analgésico y combustible. Puedo caminar, me esperas en tu departamento.


Sigo muy enamorado de Regina en un mundo de chacas y rateros, buen capítulo, y la imagen está chingona.
Está muy chido el proyecto, también lo que publican, me gusta tu estilo Sergio,
ya me estoy haciendo adicto al blog, tú hiciste el dibujo?
Está muy bien hecho me agrada, me ha gustado todo, felicidades a los tres, sigan igual!!!!!