Lo único que puedes hacer cuando caes

Ernest Vail

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

1

En la realidad, él pregunta:

—¿Qué veías?

Cuando digo “él” me refiero a S., no a Thom Yorke. A Thom Yorke solamente lo escucho en mi cabeza.

Así que cuando digo que “él” me pregunta algo me refiero a que S. me hace una pregunta, la cual escucho lejana, como si él estuviera muerto y me estuviera gritando desde otro planeta. Pero no está muerto. Está junto a mí, ambos mirando la ciudad fea y despiadada pero a la vez adictiva y de algún modo seductora desde la ventana de un departamento del piso trece de un edificio viejo, o sea un edificio con historia, y desde este piso trece la altura resulta intimidante pero a la vez tentadora. El caso es que está amaneciendo y ambos miramos hacia una mañana que no es distinta de otras mañanas, ambos bajo un cielo que es el mismo cielo que en otras del mundo. Aunque tampoco es que conozca muchas partes del mundo.

—No veía nada —le digo—. Había empezado con cerveza y debí quedarme ahí porque la cerveza es segura, la cerveza es algo que puedes controlar. El problema es que después empecé a mezclar cerveza y whisky y durante un rato me sentí francamente bien. Luego llegó el tequila y la verdad es que para mí el tequila es la muerte. Esos vasos cortos bebidos de un trago te rompen el equilibrio. Así que no veía nada. Trataba de ponerme de pie pero no lo conseguía. Y notaba cómo me caía la sangre por la cara, me había abierto una ceja al caer, estaba tirado en la calle con una ceja rota y toda esa sangre en la cara y todo estaba oscuro aunque supongo que ya estaba amaneciendo.

—Muy jodido todo —dice él—.

—Sí.

Lo primero que quiero decir es que S. es una especie de amigo. Algo así. ¿Pero significa algo eso? Me refiero a un significado real. Supongo que no.

En cualquier caso, en mi cabeza Thom Yorke ahora dice:

2

Llamé a S. porque puede entender las palabras que salen de mi boca. Interpretarlas. Sabe que lo que digo no es lo que quiero decir. Lo llamé porque puede sacar conclusiones. Y también porque vive cerca y viene cuando se lo pido. Y porque puede conseguir hierba y pastillas rojas y polvo blanco.

—Pero de alguna manera me sentía muy bien —le digo—. Estaba en el suelo pero mi cabeza seguía funcionando perfectamente y pensaba en viajar a Milán porque ahí es donde estaba ella y hubo un tiempo en que ambos habíamos hablado mucho de Milán y de la posibilidad de pasar allí algún tiempo. Pensaba en que ella se había ido y yo seguía ahí y estaba tirado en la calle sangrando y pensando al mismo tiempo en Milán más de lo que nunca había pensado en eso y me sentía bien. Como si estuviera en medio de una canción.

—¿Y qué pasó luego? —me dice—. Límpiate la sangre.

—Pues lo único que uno puede hacer cuando cae. Aprender a disfrutarlo. Has pasado el trago más amargo. Entonces te arrastras por el suelo. Siempre he creído que lo bueno de estar abajo es que ya no tienes que pretender nada. Estás abajo y ya no puedes defraudar a nadie. Ya no puedes decepcionarte a ti mismo.

—¿Y quién es ella? La “chica Milán”. No habías hablado nunca de ella.

—Ya, no. Oye, gracias por venir por mí. Pensé que tal vez estarías ocupado. O algo así.

—Estaba pintando, terminando un cuadro.

—Ya.

—¿Quién es la “chica Milán”?

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

3

—Trabajamos en la misma editorial. Fue un poco antes de que me echaran. La primera vez que la vi estaba recargada en un coche en el estacionamiento y por la forma en que estaba recargada en ese coche parecía que estuvieras viendo una ametralladora recargada en una pared. Se le acercaban los chicos de siempre, ya sabes, chicos que no conocía y chicos con los que ya había estado. Y ninguno de esos chicos le interesaba de verdad. Los chicos de afuera eran los únicos que le parecían un poco mejores, igual que siempre te parecen mejores los paisajes del extranjero. Supongo que por eso se fue a Milán.

—¿Y qué más?

—¿Seguro que no estabas ocupado?

—No, estaba pintando. Ya te lo dije. Pero igual necesitaba dejarlo un poco. Me empezaban a doler los ojos.

—Vale. Lo que sé de ella es que una vez estuvo en un tipo de relación rara con un profesor que se suicidó porque tenía cáncer y no quería esperar a ver cómo su cuerpo se devoraba a sí mismo. Y eso la marcó. Lo que sé de ella es que le dio a ese tipo lo que un hombre puede esperar de una chica pero él nunca la trató muy bien. Supongo que él actuaba así porque en realidad estaba asustado y quería que ella también estuviera asustada. Porque a veces el miedo es la forma más intensa de unirte a alguien.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

4

—Otra cosa que sé de ella es que solo le gustan las canciones tristes. Y creo que su hermana se casó con un médico que cura usando solo música clásica y escuché que su padre le prendió fuego a su perro una vez. Los vecinos decían que no era una familia normal. Pero era una familia con un montón de dinero y en ese caso, como sabes, no importa si son raros o no. Ella siempre decía que hubiera podido manejarse muy bien solo con un par de desgracias pero que la vida que le tocó sencillamente la dejaba sin opción. Yo le decía que el origen de sus problemas eran sus zapatos rojos y ella se reía. Lo que sé de ella también es que los chicos que querían entenderla o quererla o unirse de algún modo a ella tenían que entender que eso no iba a suceder. Que ella es como una mina que solo sirve para destrozar a un buen soldado a la vez.

—Ya. ¿Y por qué la dejaste de ver?

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

5

—Bueno, ella decía que para mí todo giraba alrededor de mis personajes y no de la gente real. Que yo no era una persona sino muchas personas y que no todas le gustaban. Y que cuando no pensaba en eso entonces pensaba que todo giraba en torno a mí. Que era la típica mentalidad de escritor. Y casi siempre la de un escritor mediocre. Decía que hay por lo menos tres millones de cosas que no dependen de mí y que por lo tanto no puedo cambiarlas y que todas son importantes. Y decía, creo que en broma pero quizás no, que las cosas que no dependen de mí no voy a poder cambiarlas nunca y que las otras, las que sí están a mi alcance, lo más seguro es que tampoco pueda. Y también decía que yo nunca estaba en las fotos.

—¿En qué fotos?

—En todas la fotos. Decía que yo no era alguien con quien se pudiera contar. Que eso quedaba claro cuando se ponía a mirar las fotos de nuestros viajes y yo no aparecía en ninguna. Viajamos mucho juntos. Por trabajo, quiero decir. Y decía que en las fotos solo estaba ella. Como si solo hubieran sido sus viajes. La única foto donde yo estaba era donde aparecía dormido en el avión. Era todo. Y yo le decía que no me gustaban las fotos. Las de ella sí pero las mías no.

—¿Y qué decía ella?

—Que dentro de muchos años yo iba a poder negarlo todo porque no había pruebas. Y que eso la hacía dudar sobre la fe que yo tenía en “nosotros”. Yo siempre le dije que podía hacerme una foto cuando quisiera pero ella decía que ese no era el problema. Que el problema es que quería verme junto a ella dentro de un montón de años y que yo estaba luchando por no estar ahí.

—¿Y lo hacías intencionalmente? Me refiero a no estar en las fotos.

—Bueno, entonces le decía que no pero ahora pienso que sí. Supongo que en realidad no quería estar en sus fotos dentro de un montón de años. Pero es que dentro de un montón de años no quiero estar en ninguna parte.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

6

—Ya, entiendo —me dice—. Vamos a fumar —Luego saca papel y hierba y en menos de un minuto lo tiene listo—.

—Vale —le digo—. Ella también hablaba de la casa que tendríamos. Del jardín lleno de perros, de los techos altos. Y mientras ella hablaba yo iba recorriendo mentalmente los cuartos de esa casa inexistente con el mismo miedo que a veces recorro las cosas reales. Un día le pregunté por mi cosas, que cómo estaban acomodadas en esa casa imaginaria. Y ella dijo que mis cosas siempre estarían empacadas. Las suyas acomodadas pero las mías siempre en cajas y en maletas y en bolsas. Porque yo siempre iba a querer huir. Y yo seguía recorriendo esa casa mentalmente, buscándome, y no veía nada mío. Como si no viviera ahí.

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

7

—Ten, fuma. Y límpiate la sangre.

Luego viene la subida de la hierba y de inmediato el momento de contemplación y el momento de sentirte bien sin saber decir cómo te sientes. Porque no es bien, es diferente. Y sentirte diferente siempre es mejor que no sentir nada.

—La última vez que la vi me dijo que al principio necesitaba estar sola aunque quería estar conmigo y que ahora en cambio necesita estar conmigo aunque quiera estar sola. Era una queja. Pero un par de días después de decirme eso renunció, le dijo adiós a todo, aunque en realidad no se despidió de nadie, se compró un boleto para Milán y no he vuelto a verla.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada. Al parecer fuimos increíblemente felices en esos viajes que ella recuerda. Aunque no haya fotos que lo demuestren y aunque yo no lo recuerde. No recuerdo los viajes ni recuerdo que hayamos sido felices. De hecho empiezo a olvidar muchas cosas que se supone que pasaron. Ella insiste en que ese es el problema de que no haya fotos. Que lo vamos a olvidar todo.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas cuando las cosas ya pasaron.

Luego fumamos.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas si las cosas nunca pasaron.

Luego fumamos.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas si las personas no existieron.

Y cuando terminamos de fumar, él me pregunta.

—Ella no es real, ¿cierto? Nos la estamos inventando.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

8

Y abajo la gente pasa. Pensando que va a algún sitio. Que se mueve para algo. Y yo me miro en el reflejo de la ventana.

Y miro mi cara sangrando. Y me miro hablando solo. Respondiéndome. Fumando.

Y este día vuelve a ser igual al resto de todos los días. Con gente inexistente teniendo conversaciones inexistentes en mi cabeza y en Milán y en cualquier otro lado.

@ernestvail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *