El miedo de hoy, el miedo de mañana

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Bueno, íbamos a ver la última película de Woody Allen de la cual todo el mundo está hablando y diciendo lo que todo el mundo suele decir de la última película de Woody Allen pero al final entramos a ver una película de zombies porque no estamos de humor para diálogos ingeniosos y cultos y para comentar después algo sobre la fotografía o las referencias intelectuales de las que se supone que se habla tras ver una película de Woody Allen. Así que nos pasamos dos horas viendo cómo un grupo de gente tiene miedo de mezclarse con otro grupo de gente que supuestamente está contagiada y la pasamos muy bien y no tenemos que hablar después sobre ninguna clase de referencia intelectual que se nos haya escapado, lo cual siempre supone algún tipo de alivio.

Luego mientras caminamos le digo que nosotros somos como esa gente que tiene miedo de mezclarse con el otro grupo de gente y ella dice que a qué me refiero y le digo que yo por ejemplo no quiero mezclarme con nadie que considere imprescindible comentar una película de Woody Allen después de verla y ella dice que eso es porque a mí en general no me gustan las personas y como en eso tiene razón le digo que vale y seguimos caminando.

Luego por alguna razón comenzamos a hablar sobre el miedo. Tal vez por ver un espacio vacío donde antes había un edificio o tal vez por ver la cara de una mujer vieja y pensar que un día fue joven o no sé muy bien por qué. El caso es que comenzamos a hablar sobre el miedo.

–Todos nuestros miedos son distintos –le digo–. No hay miedos iguales. El miedo de hoy ni siquiera es el miedo de mañana.

Ella, en cambio, piensa que hay miedos universales. O eso es lo que intenta explicar.

–Es decir, no muchos miedos pero sí el miedo de todos –me dice–. Ya sabes, el miedo a estar ahora y a desaparecer en un segundo. El miedo a hacerte polvo. La muerte. El fin de las cosas que conoces.

–Eso no es del todo miedo –le digo–. Es inconformidad. Nadie está de acuerdo en morirse. Amamos lo que somos. Nos gusta estar vivos por mucho que insistamos en negarlo. El miedo real son todas esas cosas de las que no estamos para nada seguros. Es decir, la muerte no me da miedo porque sé que va a ocurrir. Lo que me da miedo es saber, por ejemplo, si un día seré el tipo de escritor que quiero ser o si en cambio no seré nada.

—A ver, creo que puedo explicarlo mejor —me dice—. ¿A ti te dan miedo los aviones, cierto? Subirte y que estallen en el aire y todo eso.

—Pues sí.

―Pues ahí lo tienes. Tus miedos son inmediatos y tangibles. Los míos están vinculados a la naturaleza del mundo. Tus miedos empiezan cuando despegan los aviones y los míos cuando los aviones aterrizan.

Luego se queda callada un momento y luego dice:

―Oye, ¿y sabes qué es lo peor de todo?

Ella dice eso igual que dice un montón de cosas. No es que sepa qué es lo peor de todo. Lo dice como un recurso para ligar una conversación. Porque nadie sabe qué es lo peor de todo. Porque lo peor de todo es justo aquello que no sabes, el escenario desconocido, el colapso desbordado de todo lo que pensabas que podía salir mal.

─Lo peor de todo, cariño, es que no estás escribiendo ─me dice─. Lo sé. Sé que tienes ese talento y que no lo estás aprovechando. Te pasas los días pretendiendo. Hablas de escribir. Piensas en escribir. Pero no escribes una mierda. Nada. Cero.

Bueno, sí, ella puede ser cruel, un tipo de crueldad vivificante. Una crueldad honesta. Una parte de eso lo aprendió de mí y otra la desarrolló ella misma. Supongo que es una cualidad de su género.

Me dice eso mientras llegamos a un centro comercial y luego entramos a una tienda especializada en maquillaje y luego una vendedora le ofrece a ella un kit de sombras con veintitrés tonos de rojo y a mí otra vendedora me aplica una prueba de loción para abrir los poros.

─Los escritores tenemos el oficio de callarnos ─le digo─. Nuestro trabajo fundamental es estar callados mucho tiempo. Cuando yo era pequeño metía la cabeza en el agua para ver cuánto resistía. Eso es lo que hacemos los escritores. Meternos debajo del agua y ver cuánto aguantamos. Y luego eso lo escribimos. Nos pasamos una semana o tres años sumergidos. Luego salimos y escribimos cómo fue eso.

Se lo digo mientras reviso Facebook en mi iPhone, sentado en un sofá donde uno se pone esperar a que las chicas tomen diferentes lápices y pinceles y los apliquen como si sus rostros fueran un lienzo. Y la miro a ella, y miro sus piernas y su cintura. Miro la energía que desprende mientras se maquilla, como una diosa preparándose para derrumbar un imperio. Luego sigo revisando Facebook y cruzo una pierna sobre otra y ella me dice que solo prueba un par de tonos más y podremos irnos y yo le digo que vale. Y sigo tomando notas en mi teléfono. A veces la vida es eso: dejar que el tiempo pase y te arrastre con él mientras tú tomas notas y trabajas en una historia.

Luego cambio de aplicación y voy a Spotify y pongo el tercer disco de Animal Collective. Me gusta Animal Collective porque pueden controlar el caos, dirigirlo, encausarlo. Que se compacte y el estallido sea brutal. También esas son las mejores historias, pienso. Las que se contienen hasta que las palabras colapsan y te dicen cosas para las que no estabas preparado.

Luego nos vamos. Me refiero a que salimos de la tienda especializada en maquillaje y vamos a una tienda de trajes. Yo no sé muy bien para qué necesito un traje pero ella está empeñada, así que al parecer tengo que tener un traje y hasta una corbata, y de hecho no está mal porque una vez que me lo pruebo descubro que dentro de un traje soy definitivamente otro y ser otro siempre es bueno.

Así que delante del espejo tengo que reconocer que durante todo este tiempo he menospreciado la importancia de vestir bien y que vestir bien es tan importante como hablar bien y escribir bien y morir bien. Vale, nadie muere bien pero ya saben a qué me refiero. Y el vendedor pregunta si probamos con otra corbata y le digo que vale, que probemos, y por supuesto que ella se ríe porque parezco un hombre asustado por no reconocerse con su traje nuevo. Probamos con otra corbata y el vendedor dice perfecto y ella dice perfecto mirando más al hombre del espejo que a mí mismo y finalmente yo digo perfecto mirando al mismo hombre que ella ve.

Después cenamos en un elegante restaurante del tipo donde es difícil pronunciar lo que se ofrece en el menú, después vamos a casa y lo hacemos tres veces y después, finalmente, nos quedamos dormidos.

@ernestvail

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