Nuestros vicios similares
Están a punto de matarme. Lo sé porque he hecho cosas de las que nadie estaría orgulloso. Cosas que algún día tenía que pagar. Pero ahora todo eso no importa. Porque afuera golpean la puerta.
Entonces ignoro el caos exterior y me siento frente a la computadora y observo el departamento. Huele a podrido. Hay colillas acumuladas en el librero, la mesa y el atril. En el piso la ropa sucia se mezcla con envolturas del 7 Eleven, y en el escritorio, junto a una pila de bocetos, pastillas de colores delatan mi estado de salud.
Y entonces abro Word y tecleó su nombre. Quisiera escribir una carta pero en realidad nunca me han gustado las cartas. Luego cierro el documento y abro mi mail. Pongo su correo, dejo el asunto en blanco y escribo la primera línea. Pero no hay nada en esa línea. Mi cerebro no está concentrado. Por mi cabeza solo pasa la idea de la ausencia como vicio similar. De la distancia como protocolo de emergencia. De cómo mantenerla lejos es la mejor forma de evitar que se hunda conmigo.
Pero ahora no puedo pensar en eso. Tengo que ser rápido. Escribir para protegerla. Y lo intento de nuevo. Hay algo de lucidez en esta pulsión de muerte.
Entonces escribo sobre nuestros fracasos, de los evidentes y de los que no han llegado. Sobre furia y decadencia. Y cuando escribo esto, mis piernas comienzan a desaparecer. Lo hacen lentamente, de los pies a la cadera. No hay dolor ni extrañeza. Solo se han ido y al parecer no las necesito porque sigo escribiendo.
Y ahora falta menos.
Debo ser conciso. Debo decirle que este tiempo a su lado ha sido inquietante y revelador. Que estar con ella me enseñó que el silencio después del sexo es un leguaje y no una consecuencia. Y que todo esto —los dedos sobre el teclado, el fuego contenido, la confianza delicada— es una mentira que nos decimos para no deshacernos.
Y cuando termino de escribir esto, mi torso empieza a desaparecer. Aún escucho el latido de mi corazón pero no hay rastro físico de él. Solo quedan mis manos y cabeza. Y sé que es cuestión de minutos antes de desvanecerme pero mis dedos todavía responden. Y sigo escribiendo.
Afuera se escuchan gritos. Tratan de entrar a la fuerza. Golpean la puerta tan duro que no va a resistir por mucho. Los libros caen al suelo y el aire se transforma en polvo.
Y ya no queda tiempo. Por eso tengo que irme.
Entonces escribo un final. Un despedida para recordarle que la vida no es nuestra. Que es solo la historia que hemos contando de ella. Y justo al terminar de teclear esto, mis manos y cabeza comienzan a desvanecerse. Y antes de que suceda por completo, con el último dedo de mi mano derecha, alcanzo a darle enviar.

