La gravedad que Newton olvidó
Estoy en el aeropuerto. Otro viaje. Otro dolor. La ilusión de la geografía. De avanzar. De estar llegando a alguna parte. De largarte. Como si no supiéramos que todo movimiento nos hace daño. Como si no supiéramos que moverte implica desplazarte en el tiempo. Una fuerza de atracción natural hacia el deterioro y la muerte. La gravedad que Newton no descubrió.
Estoy a punto de viajar al otro lado del mundo y me pregunto si allá estará lloviendo y si las personas saludan diferente y si se medican contra el dolor o si se medican contra el tedio.
Y hay una chica sentada a mi lado y yo espero que no me hable y creo que no me hablará porque tiene la mirada perdida en su iPhone y habla con su novio o con su médico o con su madre o con un extraño de otro continente. Pero me habla. Dice que la bolsa delantera de mi maleta está abierta. Y es cierto. Y mientras la cierro, ella dice:
─Es curioso. La gente en los aeropuertos camina como si no supiera que afuera de estas salas de espera el mundo existe. Podrían estar viviendo en la luna y daría mismo.
─No hay tanta diferencia entre este aeropuerto y el mundo de afuera ─le digo mientras me acomodo las Ray-Ban y miro cómo cruza una pierna sobre otra─. Puedes creer que sí pero lo cierto es que no hay tanta. En realidad el mundo es una gran sala de espera. Ya sabes: naces, creces y te amarras los zapatos todas las mañanas del resto de tu vida hasta que un día te enfermas y te mueres. Luego solo hay polvo estelar. Y ese mismo proceso de deterioro se ha repetido y se repetirá con todas las personas que quieres. Es cuestión de esperar. Es solo tiempo. Y el desenlace del tiempo siempre es la muerte. Una historia bastante aburrida, la verdad.
─Vaya, no es la mejor conversación que podríamos tener antes de subirnos a un avión ─me dice mientras se ríe y se limpia de la nariz una gota de sangre. Lo hace de un modo tan discreto que uno piensa que debe haberlo hecho cientos de veces para que casi nadie lo note.
Yo no menciono nada sobre la sangre ni me río con ella. Aunque lo cierto es que me gustaría sonreírle. Y de hecho me esfuerzo. Pero el gesto no me sale. Lo que me sale es una cara descompuesta, como un idiota cansado. La cara de un dios angustiado.
Y luego ella dice que es profesora de Algo en la Universidad de Algo y yo digo que eso está muy bien y me acomodo las gafas. Y me dice algo acerca de la forma en que hemos evolucionado las personas y la escucho un poco pero luego mi iPhone vibra y lo tomo y volteo a ver la pantalla pero sin concentrarme en absoluto en lo que dice el mensaje. En realidad, hago lo que hacemos todos: no veo mi teléfono para informarme, lo veo como si celebrara un ritual moderno: agacharte, rendirte ante la pantalla. Desconectarte.
Cuando vuelvo a poner atención ella sigue hablando sobre la naturaleza humana y sobre la forma en que hemos evolucionado. Y yo vuelvo a mirar mi teléfono mientras le digo que en realidad somos criaturas que no deberíamos existir, seres que operamos bajo la ilusión de tener una identidad, programados con la total garantía de que somos alguien cuando de hecho todos somos nadie. Y le digo que lo más honesto sería negar esa programación. Dejar de reproducirnos. Caminar de la mano hacia la extinción.
Luego ambos nos quedamos mirando a la gente correr por los pasillos, personas viniendo de ningún lugar para ir a ninguna parte, y entonces su teléfono suena con un timbre medio infantil y lo revisa y lo mete de nuevo a la bolsa de su abrigo y me dice:
─Es contradictorio que pienses eso y que en cambio hayas vivido tantos años. Debes tener por lo menos 27. Quiero decir que debe haber algo que te haga levantar cada mañana.
─La respuesta, obviamente, es mi programación ─le digo─, la ilusión de estar haciendo algo cuando en realidad estoy repitiendo un ciclo. Los mismos sueños y las mismas ambiciones que ya han tenido miles. Y no tengo valor para suicidarme.
Ella me mira con una mezcla de ternura y compasión. Esa mirada que las mujeres tienen cuando ven a un gato o a un perro desamparados. Una conexión maternal. Empatía ante la desgracia. Y aunque no puede ver mis ojos porque tengo puestas las Ray-Ban, estoy seguro de que intuye que hay algo de juego en lo que digo, que he aprendido a manipular las palabras para colocarme en la posición del chico que necesita ser salvado. Soy un gato en adopción. Un perro abandonado. Un revolver con balas de lástima.
Sin embargo me pone nervioso la forma en que no para de limpiarse la sangre que sale de su nariz. A estas alturas ya debe saber que lo he notado. Me da igual porque en ese momento mi teléfono vibra de nuevo y es un Whatsapp de M. Dice que al final estará libre y que podrá recogerme cuando baje del avión. Yo le digo que vale y le digo que gracias y le digo que estoy aburrido y M me pregunta si aburrido en el aeropuerto y yo le digo que aburrido de todo lo que hubo antes y de lo que habrá después del aeropuerto y M dice que descanse un poco durante el vuelo y yo le digo que vale otra vez y guardo mi teléfono.
M es una chica especial. El tipo de chica que te dice que la soledad no te enseña a estar solo sino a ser único y que te dice que el mundo no es más que un “ninguna parte” universal y que por eso nunca tenemos adonde ir.
El caso es que cuando guardo mi teléfono la chica del aeropuerto me pregunta si tengo papel higiénico y le digo que no y luego volteo a verla y tiene una hemorragia severa que no puede contener con su mano y la sangre le ha ensuciado los dientes y mientras habla su aspecto es tétrico y de algún modo poco real y le digo que voy a pedir ayuda y dice que no, que todo estará bien y saca una servilleta usada y de la servilleta saca un panqué rosa y se lo comienza a comer y con cada bocado le desaparece una parte del cuerpo, primero una pierna, luego otra, enseguida un brazo y al final donde estaba la chica del aeropuerto no queda nada. Solo un vacío rutinario.
Lo que sí queda es la servilleta arrugada con algo escrito en ella: “En la eternidad, cariño, nada puede crearse y nada cambia. Por eso la muerte inventó el tiempo para hacer crecer las cosas que luego mataría. El secreto es que nunca morimos, que siempre estamos naciendo. Naciendo en la misma vida. Y ese es el terrible destino. Estamos atrapados en esa vida en la que seguimos despertando”.
Lo siguiente que recuerdo es a mí llegando al otro lado del mundo y a M sonriendo en el aeropuerto. Y me recuerdo contándole lo que vi y la historia de la chica en el aeropuerto y le muestro la servilleta con el mensaje escrito y me dice que de hecho está escrito con mi letra y que, por cierto, tengo un poco de sangre seca en la nariz.
Le digo que tal vez es la señal de que algo se está transformando en mi cabeza, el aburrimiento evolucionando en pánico y el pánico en locura y al final vendrá la muerte. Y M me dice que siempre soy tan dramático, que tal vez solo podría ser la idea para una novela y que eso está fantástico.

