Dolor y verdad
Estoy en un hotel viejo. El cuarto es pequeño y austero: el colchón tiene una silueta en el centro, el tapiz en las paredes se desmorona arbitrariamente y en una esquina, junto a la ventana, hay una mesa de madera y un televisor sin volumen que funciona más como lámpara.
Llevo varios días sin salir. A veces uso el room service, a veces prefiero no comer. Tomo agua del lavabo, duermo escasamente y fumo demasiado. No abro las cortinas ni enciendo la luz. Solo dejo prendido el televisor para que ilumine el fondo.
Los primeros días escribí cuentos cortos. Empecé con uno sobre las cosas inusuales que suceden mientras esperas bajo la lluvia. El cuento estaba bien. Era cíclico. Con ritmo y lírica. Dos personajes y un diálogo brutal. Pero le faltaba algo y entonces lo olvidé y escribí otra cosa. Esta vez una escena sobre la trivialidad de nuestros días. Todo pasaba en una pool party con chicas frívolas y drogas duras. El texto lograba transmitir lo absurdo de esta generación. Pero otra vez, algo no me gustaba.
Pasaron días sin que escribiera una línea. Lo intenté varias veces pero todo lo que tecleaba estaba falto de sustancia. Luego las cosas empeoraron. El cuarto necesitaba aire. Había ceniza en todos lados y el gerente llamaba para pedirme que me fuera. Todo indicaba que esta crisis concluiría el aislamiento.
Entonces sucedió. En la que parecía ser mi última noche en el hotel escuché que alguien golpeaba la puerta. No era un leve puñetazo, sonaba más como si la estuvieran pateando. En todo el tiempo que llevaba aquí, a petición mía, nadie había interrumpido mi estancia. Y menos así.
Abrí la puerta. No había nadie.
Tomé el teléfono para quejarme con el gerente pero justo antes de marcar, miré el televisor. En la pantalla un hombre y una mujer conversan. Es la escena de una película que sucede en un hotel. Debe ser de noche porque el cuarto está parcialmente iluminado. No hay sonido pero tampoco mucho diálogo.
Lo que me llamó la atención de la escena no fueron los detalles fílmicos sino el hecho de que no distinguía ninguno de los rostros. Entonces me acerqué al televisor y me di cuenta de que los dos personajes en la pantalla éramos nosotros. Es decir, ella y yo.
Entonces, en el televisor, tomo su mano y la acerco hacia mí. Ella no se queja y hace que me siente en un sofá. Ahora estoy frente a ella y la tomo por la cintura y ella pone mi cabeza ahí y siento su blusa en mi cara. Entonces observo mi rostro en la pantalla y me doy cuenta que estando en su cintura nada parece molestarme. Que con ella la incertidumbre no pesa tanto y las cicatrices son compartidas. Y que es inútil todo esto. Distinguir entre dolor y verdad. Evadir los minutos sin alterar el espacio. Usar los recuerdos como analgésicos. Y sobre todo, ver mi cara en su cintura, me hace entender que con ella puedo escribir. Escribir jodidamente bien.
Entonces vuelven a tocar la puerta. Esta vez no es un ruido estridente. Me asomo y es el gerente. Me pide que le pague lo que le debo y yo le doy todo mi dinero. Y me quedo unos días más, observando el televisor.


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