Cáncer y delirio
Otra vez una sala nueva. En el centro, una mesa de madera sostiene el caos de basura e instrumentos-hechizos que últimamente frecuento. Dispersas alrededor de la mesa, varias mujeres sentadas en los sillones mueven sus piernas sin dejar de hablar. Los que están parados, en su mayoría hombres, intentan imprimirle algún tipo de vehemencia inusual a sus conversación. Le llaman el rush.
El punto es que desde aquí, recargado en una pared junto a la ventana, trato de pensar en ti. No sé muy bien por qué lo hago pero mientras lo hago un cosquilleo eléctrico atraviesa mis pómulos y en mis brazos, espasmos como pequeños torbellinos me enfrían la piel que está debajo de mi piel.
Es un violento sosiego, me digo. Una tranquilidad impetuosa en la que recuerdo secuencias extraviadas. Sucesos conectados en una línea de hechos irrelevantes. Fragmentos de realidad reciclada.
Cuando repito lo que estoy pensando, me doy cuenta que esto funciona. Que debo escribirlo. Y entonces, en un movimiento invisible saco una pluma de mi chamarra, arranco un pedazo de cartón de una cajetilla abandonada y escribo:
¿Cómo dejarlo todo /
cuándo no hay nada?
En cuanto leo la frase en el cartón recuerdo que a veces no quiero pensar en ti porque cuando lo hago me vuelvo un tanto dramático y escribo frases mortales. Frases que al leerlas de nuevo suenan terriblemente cursis y que más que hacerme pensar en ti, me hacen creer que debería dejar de hacerlo. Entonces volteo el pedazo de cartón y escribo:
La obviedad es un veneno que no mata.
La gente apenas se da cuenta de que hay alguien escribiendo en una cajetilla. Un fusible que no se decide a irse hace que la oscuridad se nos pegue a los ojos. Las lámparas del departamento parpadean constantemente hasta que terminan por fundirse. Alrededor de la mesa los sonidos y euforias disminuyen. Y en estos lapsos sin luz consigo realmente pensar en ti. Y sé que pienso ti porque desde hace meses no puedo escribir de otra cosa. Entonces, en el último espacio vacío del cartón, escribo:
Eres cáncer y delirio
La lucidez suicida
El pop negro de mis días blancos
La rabia y angustia
Al terminar de escribir la luz vuelve. No noto si alguien me mira pero en cuanto subo la vista un tipo me ofrece un cigarrillo. La verdad es que yo no suelo fumar pero esta vez acepto porque nunca a nadie le caería mal un cigarrillo.

