Rompecabezas/V
El cuarto en el que estoy es gris. La ventana a mi derecha mide, aproximadamente, cuatro metros. Es un día nublado, ha llovido toda la semana. Siento un ancla en mi espalda. Estos 28 años pesan como nunca.
Esa ventana permite la entrada de algunos rayos de sol. Uno se pasea en mi cara, particularmente en mi ojo derecho, el que decías que guardaba girasoles cuando estaba feliz. La posición en la que me mantengo, la cabeza recargada en una almohada, otorga una vista panorámica pero estática. Consigo reconocer el sucio techo, la mesa frente a mí con una jarra de agua y un florero con un alcatraz marchito, el sillón individual en la esquina derecha y el biombo de plástico azul a la izquierda.
No logro escuchar con claridad. Algún tipo de máquina, un reloj o una radio, emite un aullido constante. Escasamente se advierte el estertor de ese aparato moribundo.
Entras, no volteas a verme. Te diriges directo al sillón. Sentada, sacas de tu bolsa un libro. Por la portada arrugada verde azulosa, me parece que es la antología de Felisberto Hernández que te regalé y nunca leíste. Noto algo distinto: tu cabello está peinado con una cola de caballo y fleco levantado, con un poco de crepé; soy fanático de esa composición. Te sientas y lees. Intento hablarte, no respondes.
No insisto en llamar tu atención y me concentró en otras distracciones. Huele a enfermo. El olor es molesto, no por el recordatorio forense, sino por la paranoia cristalina. Nos imagino agonizando en terapia intensiva, empiezo a diagnosticarnos posibles males de salud: tus senos padecerían síndrome de Estocolmo como daño colateral de mis manos enfermas de Parkinson, nuestras lenguas contraerían, a la par, dislalia; mientras las pelvis serían clasificadas como siameses.
Dejas el libro en la mesa. Comienzas a cantar en voz baja: sé que estás nerviosa. Aquel método lo empleas como calmante, un placebo. Tarareas una tonadita que recuerdo de memoria, los susurros se hacen serenata: “I’ve got a cupboard with cans of food, filtered water, and pictures of you and I’m not coming out, until this is all over.” Te levantas a cerrar las persianas. Tu cuello se sincroniza con tus labios:… “And we´ll become silhouettes when our bodies finally go.”
Una fantasmal bata blanca entra seguida por un comité de mujeres en cofias. Entablas un debate con la bata blanca. Una seriedad fulminante inunda el cuarto. Los sonidos se transforman en códigos difusos e indecifrables. En un silencio pasmoso, veo ahogarse un “ya”, un “así”, un “sufriendo” y un “amo”.
La bata blanca se acerca a mí ocupando un lado de mi cabeza. Tú te quedas junto a la mesa. Tus ojos se ven más claros que nunca, parecen tranquilos y perturbados. Te fijas en los míos y veo mi reflejo en ellos.
—Desconéctelo, doctor— solloza Regina.


Hola si me esta gustado , y si tu musa es la de la historia creo que puede ser una historia interminable ; yo no coincido en que tenga que llevar una secuencia me gusto como esta!!!!!!!!! mas tarde no se cuando, cuando mi mente no sea tan convencional te dire más.
Bello!! me encanta tu forma de escribir, tus analogías, tus metáforas… caería en redundancias, simplemente es muy bueno!! 😀