Las hormigas
S. Solís
El chico es escritor independiente. Free lance. Hace un par años publicó unos cuentos que le dieron cierto prestigio y ahora escribe su primera novela. En realidad no tiene mucho éxito. Pasa por una etapa improductiva: desde hace seis meses no escribe. Apenas pedazos de papel con subtramas y diálogos que más que ser un mapa, son pensamientos random faltos de coraje. La evidencia de su desidia.
Cuando el chico notó que ya no tenía dinero, que las pocas regalías se habían extinguido, se propuso realizar un cambio. No podía perder más tiempo. Tenía que alejarse de lo que había funcionado hasta entonces.
El plan era simple: conseguir un lugar fuera de su círculo social, comprar los víveres necesarios para evitar salir y ponerse a escribir. Escribir sin pensar. Escribir sin pretensiones literarias. Escribir por reflejo. Después vendría el Arte. Primero necesitaba estructura, algo concreto que pudiera destruir.
Al chico le gustaban los lugares antiguos. Habitaciones dañadas que se mantenía en pie. Vestigios. Heridas pasadas. Lugares vulnerados. Esa clase de mierda romántica que se supone debía inspirar. Cuando consiguió una habitación de este tipo tomó la computadora, una maleta con ropa, compró víveres y se mudó. El cuarto estaba en el último piso de un edificio con forma de torre. Había una ventana en el rellano de la escalera que daba al edificio contiguo. La ventana quedaba justo a la salida del cuarto.
La primera semana se terminaron las provisiones. No quedaba nada. Ni una lata, ni un sobre de azúcar. El chico no podía darse el lujo de salir por más. Tenía que escribir. Entonces recordó la historia de un pintor europeo de la posguerra que produjo muchas de sus obras bajo alucinaciones provocadas por el hambre. El tipo solo comía cosas rancias y bebía hasta perder el sentido. Pintaba abstracciones parecidas a bacterias, parásitos y muerte en óleo y acuarela. Falleció antes de los cuarenta.
Esa noche el chico intentó escribir. Después de un lapso corto se detuvo. Algo en el ambiente le impedía continuar. Se paró y fue al lavarse la cara. Los platos sucios se repartían por todo el cuarto. A veces se tropezaba con latas en el piso. Había fruta podrida y colillas en las repisas. Y a un lado de la parrilla unas moscas dormían. Tras observar el cuarto en su totalidad, lleno de basura y tristeza, el chico tomó la computadora y se puso a ello.
Cuando la narración comenzaba a tomar ritmo, un plato blanco con migajas lo distrajo de nuevo. De primera instancia se fijó únicamente en la claridad del plato pero cuando observó con mayor detenimiento, notó que por el plato se paseaba una hormiga. Sonrío al ver el contraste que el pequeño punto negro hacía sobre la superficie blanca.
Decidió no molestarla y continuó escribiendo. Probablemente no se encontraba en su estado más lúcido. No había comido en días pero ahora eso no importaba porque tenía que escribir. Entonces tecleó un par de diálogos que sucedían en un autocinema. Había una mujer y un hombre metiéndose cocaína mientras veían Casablanca. Cuando llegó a la mitad del diálogo, notó que una letra se movía de su lugar. Hizo zoom sobre la pantalla y vio que lo que en realidad se movía no era una letra sino una hormiga. Una hormiga más pequeña de lo normal.
El chico no la quitó de la pantalla. Se quedó observando sus leves movimientos hasta que de repente otra hormiga se incorporó sobre la pantalla. Esta hormiga, a su vez, fue seguida por un par más y con ellas otro par. De ambos lados las hormigas fueron llegando a la pantalla. Se movían con ímpetu en un baile preciso. Cuando las hormigas se detuvieron, el chico llevó el cursor a ellas. Al pasar el cursor por debajo, observó algo distinto. Las hormigas, detenidas sobre el monitor, formulaban una palabra como continuación del último párrafo.
Sin pensarlo mucho, el chico escribió delante de las hormigas. La formación era una palabra normal. Nada extravagante. Nada revelador. Pero que al momento de seguirla, desató en el chico una serie de puntos y palabras que terminaron en 15 páginas de narrativa sólida. Los párrafos que antes parecían vacíos ahora eran líneas de violencia y ritmo que atravesaban la pantalla. Nada de paja verbal. Lo que escribió en ese momento era lo mejor que había escrito desde hace tiempo.
Después de escribir los ojos le ardían. Cuando dejó de teclear, las hormigas se movieron ahuyentadas. Ninguna en la misma dirección. Entonces el chico se paró de la silla y fue con ellas. Con el cuerpo en cuclillas y a paso pequeño, fue siguiéndolas hasta la puerta de salida. Sin hacer ruido, la abrió y se quedó mirando. Era de noche y apenas se distinguía la diferencia tonal entre los pequeños puntos negros y el oscuro piso de madera.
Las hormigas treparon por la pared del rellano y huyeron por la ventana. Todas sin excepción fueron al otro edificio y se perdieron en la oscuridad. El chico sonrío tristemente y regresó a su cuarto. Durmió hasta el día siguiente. Era sábado.
@esesolis